En La Pizarra hemos defendido siempre el papel trascendental que tiene la educación en el desarrollo integral de las personas desde distintos ejes transversales, como la cultura, los valores, su desarrollo cognitivo, y diría yo de lo más importantes, la integración social. Es que el rol del maestro o la maestra va más allá de adquirir o reforzar conocimientos, es un proceso realmente cultural que, si es bien ejercido, nos permite al final conocer mejor nuestros contextos.
En este sentido, el docente debe tener más que la teoría, la consciencia de que su permanencia en la vida de sus estudiantes va a ayudarlos a desenvolverse en la sociedad, a generar pensamientos críticos, proponer ideas o proyectos en función del bienestar común y de sociedades más justas y equilibradas.
Lograr todo esto requiere amor, dedicación, autoconocimiento, y, sobre todo: vocación. Pero, ¿qué pasa con esos maestros o maestras que no tienen vocación? ¿Es posible aprenderla?