Te odio.
Suena duro, ¿verdad?
Pues lo que más me duele, es que al igual que cuando te decía te quiero, tampoco lo entenderás. Como no entendiste que no quería robarte vida ni hacerte mi objeto. Como no entendiste que si no había celos era porque no te interesaba. Como no entendiste nada.
Por eso odio todo esto.
Y odio las veces que te miraba y no me mirabas. Y odio las veces que te gritaba te quiero sin decir nada, y tú, tenías cosas más importantes que entender en tu pantalla. Igual que odié mirar como el sol se ponía sin que entendieras lo que aquel momento para mí significaba, para ti solo una foto, para mí, el aire que tantas veces me faltaba. También odié los polvos cuando al acabar te largabas. Las cenas por sorpresa que dejabas en la mesa para irte a la cama. Odio que nunca pusieras de tu parte. Las seiscientas noches que tuve que estrellarme. Los trenes que dejé escapar, porque se me enganchó la cremallera en tu vagón cobarde. Odio haberte querido, sin que nunca lo notases, lo entendieses, ni valorases. Odio que fueras tan simple. Y yo tan ciego. Tú tan triste. Y yo, tan pusilánime para hundirme en tu juego. Te odio. Y de verdad que lo siento. Porque odiarte, no es más que el recuerdo de que un día los tuve, y rompiste mis sentimientos. Y no te odio a ti. Cada vez que digo te odio, se lo digo al espejo. Por ser tan ingenuo de poder querer hacia fuera, y odiarnos tanto hacia dentro. Porque al fin y al cabo, yo, fui el único culpable de esto. Por excusar en el amor todas las oportunidades, y morir esperando un cambio que nunca sería posible. Porque fuera como fuese, tú nunca lo entendiste.
Y yo,
como un simple cobarde,
sigo guardando un te odio para mí,
y para ti,
sólo un "te quise".
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