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La Mujer Samaritana
Hoy nos encontramos con un Jesús más diferente, menos atractivo, más humano, más como nosotros. Después de dos días de viaje desde Jerusalén, está cansado, sucio y sediento. Está solo, sentado en el brocal del pozo de Jacob. Sus discípulos han ido al pueblo vecino para conseguir alimentos y bebidas. Nadie se ha quedado con él. Estaban demasiado hambrientos o sedientos para quedarse con él. Jesús no podía más y tuvo que sentarse a descansar. O quizás estaba aguardando a la mujer Samaritana y a cada uno de nosotros. Cuantas veces dejamos solo a Jesús, ocupados en nuestros pasatiempos, o disfrutando de nuestros placeres. Y nos olvidamos de los demás.
Es mediodía, el sol está en lo alto del cielo, la parte del día en que todo está quieto y en silencio, salvo el ruido de las cigarras. Jesús mira al agua fresca en el fondo del pozo con un deseo imposible. Una mujer viene sola llevando una jarra en su cabeza, moviendo su cuerpo provocativo. Viene a esta hora para evitar las otras mujeres que están enfadadas con ella, porque les ha robado los maridos. Ella es muy bella y Jesús está lleno de polvo. Dos actitudes diferentes ante la vida: una mujer frívola con un cubo, y un Dios sucio y sediento. Estamos inclinados a mirar más a la mujer que a Jesús.
Ella ignora a Jesús. Judíos y Samaritanos no se hablaban entre ellos. Y una mujer no hablaba a solas con un hombre. Menos cuando su vida estaba muy revuelta. Pero Jesús, venciendo su cansancio, y no teniendo en cuenta su situación pecadora, comienza a hablar con ella. Ahí estamos todos representados en esta mujer, en su situación fragmentada, en su deseo de conseguir agua y ser feliz. Jesús nos da un buen ejemplo de cómo acercarnos a las almas, incluso aquellas que están muy lejos de él. Comienza a hablar con la mujer de lo que le interesa, acerca del agua que viene a buscar al pozo. Nosotros hablamos de lo que nos interesa y encontramos difícil saber qué es lo que les importa a los demás.
Jesús le pide de beber. Un Dios sediento, sin cubo para sacar agua. Lo mismo dice en la cruz: tengo sed. Esas palabras están en todas las capillas de las monjas de la Madre Teresa de Calcuta. Aunque no necesita nada, Dios siempre comienza pidiendo. Está sediento de nuestro amor. Espera que nos demos a él, que lo pongamos como centro de nuestras vidas. Mejor; nos dice lo que realmente nos pasa: que estamos sedientos de él. Somos como el ciervo del salmo que está deseando el agua clara y pura del manantial. Y volvemos cada día a sacar agua del pozo terreno, que nunca nos puede saciar. Nuestro corazón es un cubo lleno de fisuras, imposible de contener el agua sucia que intentamos conseguir de los charcos del camino.
Solo Dios nos puede dar esa agua limpia y fresca. Eso es lo que le dice Jesús a la mujer Samaritana: Yo soy el único que puede darte esa agua viva, que cuando la bebas, no tendrás más sed. Un agua viva, llena de energía, con suficiente alimento para llegar hasta la vida eterna. Entonces, no tendrás que volver a este pozo. No tendrás que buscar otras fuentes para saciar tu sed. Es el agua que brotó de mi costado en la cruz, cuando el centurión abrió mi costado. Es la gracia que brota de la Misa cada vez que venimos a beber de la herida en su costado. ¡Si conocieras el don de Dios!
By Joseph PichLa Mujer Samaritana
Hoy nos encontramos con un Jesús más diferente, menos atractivo, más humano, más como nosotros. Después de dos días de viaje desde Jerusalén, está cansado, sucio y sediento. Está solo, sentado en el brocal del pozo de Jacob. Sus discípulos han ido al pueblo vecino para conseguir alimentos y bebidas. Nadie se ha quedado con él. Estaban demasiado hambrientos o sedientos para quedarse con él. Jesús no podía más y tuvo que sentarse a descansar. O quizás estaba aguardando a la mujer Samaritana y a cada uno de nosotros. Cuantas veces dejamos solo a Jesús, ocupados en nuestros pasatiempos, o disfrutando de nuestros placeres. Y nos olvidamos de los demás.
Es mediodía, el sol está en lo alto del cielo, la parte del día en que todo está quieto y en silencio, salvo el ruido de las cigarras. Jesús mira al agua fresca en el fondo del pozo con un deseo imposible. Una mujer viene sola llevando una jarra en su cabeza, moviendo su cuerpo provocativo. Viene a esta hora para evitar las otras mujeres que están enfadadas con ella, porque les ha robado los maridos. Ella es muy bella y Jesús está lleno de polvo. Dos actitudes diferentes ante la vida: una mujer frívola con un cubo, y un Dios sucio y sediento. Estamos inclinados a mirar más a la mujer que a Jesús.
Ella ignora a Jesús. Judíos y Samaritanos no se hablaban entre ellos. Y una mujer no hablaba a solas con un hombre. Menos cuando su vida estaba muy revuelta. Pero Jesús, venciendo su cansancio, y no teniendo en cuenta su situación pecadora, comienza a hablar con ella. Ahí estamos todos representados en esta mujer, en su situación fragmentada, en su deseo de conseguir agua y ser feliz. Jesús nos da un buen ejemplo de cómo acercarnos a las almas, incluso aquellas que están muy lejos de él. Comienza a hablar con la mujer de lo que le interesa, acerca del agua que viene a buscar al pozo. Nosotros hablamos de lo que nos interesa y encontramos difícil saber qué es lo que les importa a los demás.
Jesús le pide de beber. Un Dios sediento, sin cubo para sacar agua. Lo mismo dice en la cruz: tengo sed. Esas palabras están en todas las capillas de las monjas de la Madre Teresa de Calcuta. Aunque no necesita nada, Dios siempre comienza pidiendo. Está sediento de nuestro amor. Espera que nos demos a él, que lo pongamos como centro de nuestras vidas. Mejor; nos dice lo que realmente nos pasa: que estamos sedientos de él. Somos como el ciervo del salmo que está deseando el agua clara y pura del manantial. Y volvemos cada día a sacar agua del pozo terreno, que nunca nos puede saciar. Nuestro corazón es un cubo lleno de fisuras, imposible de contener el agua sucia que intentamos conseguir de los charcos del camino.
Solo Dios nos puede dar esa agua limpia y fresca. Eso es lo que le dice Jesús a la mujer Samaritana: Yo soy el único que puede darte esa agua viva, que cuando la bebas, no tendrás más sed. Un agua viva, llena de energía, con suficiente alimento para llegar hasta la vida eterna. Entonces, no tendrás que volver a este pozo. No tendrás que buscar otras fuentes para saciar tu sed. Es el agua que brotó de mi costado en la cruz, cuando el centurión abrió mi costado. Es la gracia que brota de la Misa cada vez que venimos a beber de la herida en su costado. ¡Si conocieras el don de Dios!