Jesús camina sobre las aguas
Después de un día ocupado atendiendo la multitud, curando los enfermos, consolando los afligidos y alimentando a las masas, Jesús se retira a rezar. Mientras despide a la gente, los apóstoles se van al otro lado del lago. Ninguno de ellos lo acompaña. Querían alejarse de las muchedumbres. Estaban cansados y sabían que Jesús iba rezar toda la noche. Jesús quería pasar un rato a solas con su Padre Dios. Nosotros también, después de un día atareado, necesitamos rezar. Aunque estemos cansados, debemos encontrar tiempo para rezar. Cuanto más afanados estamos, más tenemos que rezar. En un viaje de Juan Pablo II a las Filipinas, después de un día de muchos encuentros, las monjas fueron a medianoche para preparar la capilla para el día siguiente, y encontraron al Papa rezando, postrado en el suelo.
Desde el monte donde está rezando, Jesús puede ver la barca luchando contra el viento y las olas. La puede ver bien pues es luna llena, cerca de la Pascua. Estas tormentas son frecuentes en el lago, peligrosas para los pescadores. Los Padres de la Iglesia ven en esta barca la imagen de la Iglesia, luchando contra las tentaciones, persecuciones, herejías e infidelidades. Nos quejamos de los problemas en la Iglesia, pero siempre ha habido crisis, muchas veces peores de las que tenemos ahora, y la Iglesia siempre sale adelante. Jesús nos vigila desde la cima. Deja que los apóstoles luchen por un tiempo. Hace lo mismo con nosotros. Nos va bien pasar por problemas y dificultades para hacernos más fuertes. Parece que no nos hace caso, pero está siempre vigilándonos.
En la cuarta vigilia, a las tres de la mañana, Jesús vino caminando sobre el agua del lago. Está dispuesto a venir a ayudarnos cuando lo necesitamos. Un autor dice que Jesús después de rezar, estaba tan inflamado de amor, que no se dio cuenta de que estaba andando sobre las aguas. Pienso que quería darles un susto. Apareció como un fantasma, la túnica blanca iluminada por la luna, en contraste con el agua negra. Les impresionó mucho. Todos gritaron como un grupo de niñas quinceañeras. Tuvo que calmarlos: “Soy yo, no tengáis miedo.” Siempre que perdemos el norte, nos recuerda de esta realidad: estoy con vosotros. No podemos escondernos de Dios. No hay ningún lugar donde no está Dios.
Pedro le pide a Jesús caminar sobre las aguas: “Si eres tú.” No se fía. Jesús le dice que venga. Pedro salta al agua. ¿Qué es lo que sintió en sus pies? ¿Era el agua como una alfombra blanda? Cuando dejó de mirar a Jesús, dándose cuenta de que estaba caminando sobre el agua, comenzó a hundirse. Cuando nos fijamos en el viento, las olas, la corriente, los problemas, las dificultades, nos volvemos pesimistas y comenzamos a hundirnos como Pedro. Tenemos que mantener nuestra mirada en Jesús, especialmente cuando vamos pisando huevos. Eso es lo que significa ser contemplativos: mantener nuestros ojos en el Señor. ¿Dónde los mantengo? ¿Qué es lo que busco?
Pedro gritó: “¡Señor, sálvame!” Jesús alargó su mano y lo sacó del agua. Le podía haber mandado que saliera solo. Pero Jesús está siempre dispuesto a cogernos de la mano y sacarnos de cualquiera agua corrompida en la que nos encontramos. Se lo echó en cara: “Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado? Cuantas veces nos dice el Señor lo mismo: estoy siempre contigo. ¿Por qué no te fías de mi? ¿No te das cuenta que puedo hacer cualquier cosa por ti?
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