Homilías de cuatro minutos

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Homilías de cuatro minutos episodes

  • 20 Domingo A La mujer Cananea

    La mujer Cananea

                Hoy vemos en el evangelio una mujer gentil consiguiendo de Jesús lo que deseaba. Aunque no era judía, obtiene un milagro del Señor. Nos enseña a rezar, a pedir y a conseguir lo que necesitamos. Nos muestra como acercarnos a Jesús. Nos da ejemplo de cuáles son las características más importantes de la oración de petición: fe, humildad y perseverancia. Deberíamos aprender de ella.

                Jesús fue a la región de Tiro y Sidón, cerca de la costa, para alejarse de Herodes y los judíos, que lo buscaban, y aprovechar para estar un tiempo con sus apóstoles sin muchas distracciones. Era una región de gentiles, colonias de fenicios y griegos, gente sin fe en el Dios de Israel. Pero esta mujer se dio cuenta de quien era Jesús y lo que podía hacer por ella. Era su última esperanza y se aferró a ella como a un clavo ardiendo. Tuvo la determinación de pedir a Jesús lo que necesitaba y no cejó hasta que lo consiguió. Su confianza en el Señor fue tan grande, que Jesús alabó su fe: “¡Mujer, qué grande es tu fe!” Jesús no es una persona que alabe a la gente fácilmente.

                La segunda cualidad de su petición es la humildad. Esta mujer Cananea se arrodilla delante de Jesús, chilla tanto que los apóstoles le piden al Señor que la envíe de paseo y no se desanima cuando él la pone en su sitio. Su hija está poseída por un demonio y sabe que solo Jesús lo puede expulsar. Se encuentra en una posición de extrema necesidad. No tiene nada para dar al Maestro a cambio del milagro. Se halla impotente y sin ninguna carta para jugar. Esta es nuestra disposición delante de Dios.

    El mejor ejemplo que nos da esta mujer es el de perseverancia. No se arredra ante las dificultades y no para hasta que consiga lo que quiere. Así tendría que ser nuestra oración. Tenemos que seguir pidiendo lo que necesitamos, aunque parece que Jesús no quiere darnos lo que pedimos. Si seguimos rezando, significa que Jesús nos escucha. Quizás quiera que estemos seguros de que necesitamos lo que pedimos, y su tardanza hace crecer nuestros deseos. Constancia es una gran cualidad de la buena oración.

    Otra lección que esta escena nos enseña es qué poderosas son las madres cuando piden a Jesús gracias para sus hijos. Nos recuerda la historia de Santa Mónica, cuando le pidió a un obispo santo por su hijo Agustín. Este la respondió: “Es imposible que se pierda un hijo de tantas lágrimas.” La historia le dio la razón. El corazón de Jesús es especialmente sensible a estas lágrimas. Lo vemos hoy en el evangelio, y en otras ocasiones como con la viuda de Naim o la madre de los hijos de Zebedeo. Dios escucha de modo especial la oración de los que sufren y saben amar.

     

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  • La Asunción de la Virgen

    La Asunción de la Virgen 

                Hoy celebramos la fiesta de la Asunción de la Virgen María al cielo. ¿Qué podemos decir que pasó en ese día? No tenemos mucha información. San Juan fue testigo ocular y no nos dijo nada. Él nos narró muchas cosas de la vida de Jesús, con toda clase de detalles, pero no quiso decirnos mucho de la vida de María en la tierra. Ella es también nuestra Madre y nos hubiera gustado conocer más de ella. Sin embargo, San Juan prefirió el silencio. Nos era necesario conocer cómo Jesús dio su vida por nosotros, pero no necesitábamos saber cómo nuestra Señora subió al cielo. Es mejor para nuestra imaginación. La podemos dejar más libre. Le costó mucho tiempo a la Iglesia declarar el dogma, en 1950. Ahora podemos dejar que nuestra imaginación vuele con la Virgen al cielo.

                Los Evangelios Apócrifos, esos libros escritos por los primeros cristianos para intentar llenar las lagunas dejadas por los Evangelios originales, dicen que los apóstoles volvieron a decir adiós a nuestra Madre. Dicen que cada uno volvió en una nube, primero San Pedro y luego San Pablo. Quizá San Juan no nos lo dijo porque no le hubiéramos creído. Santiago ya estaba muerto y Santo Tomás, como siempre llegó tarde, porque volvió desde la India. Entendemos que quisieran volver a despedirse. Hoy es un buen día para hacerlo.

                Hay un debate entre los teólogos acerca si la Virgen antes de irse al cielo, murió o se quedó dormida. A ella le hubiera gustado seguir a su Hijo, y morir en la cruz con él. Pero Jesús, como buen hijo, no quiso dejarla que sufriera una muerte tan cruenta. No hay hijo que quiera que su madre sufra. No creo que Jesús quiso que su madre muriera. Dios la quería cuerpo y alma en el cielo, sin que su cuerpo tan hermoso sufriera corrupción. Por eso se durmió dulcemente. Así es como los santos se mueren, durmiéndose poco a poco, de una manera simple y bella. Mueres como vives. Hay una fiesta muy antigua en la iglesia ortodoxa que se llama la Dormición de la Virgen, que data del siglo sexto. La tradición dice que cuando se durmió la pusieron en una tumba, pero cuando llegó Santo Tomás y la quiso ver, la encontraron vacía. No tenemos reliquias del cuerpo de la Virgen.

                ¿Cómo voló al cielo? Dios tiene sus medios. Dicen que fue un transporte de amor. Cuando el amor es muy intenso, puede hacer cosas que la razón no acaba de entender. El amor es loco, soporta todo, alcanza todas las cosas. El amor puede viajar a través del tiempo y del espacio. Podemos viajar con nuestra mente a través de la gente que queremos. El amor encendió los motores de su alma y la subió hasta el cielo.

                La tradición dice que cuando la Virgen subió a los cielos, el velo que cubría su belleza para que no cegara a los humanos, comenzó a levantarse, y dejó deslumbrados a los santos y a los ángeles. Nunca habían visto alguien como ella, ni siquiera en el paraíso. El libro del Apocalipsis intenta describirla, precisamente con palabras de San Juan: “Una señal apareció en el cielo, una mujer vestida de sol, la luna debajo sus pies, y una corona de doce estrellas en su cabeza.” No creo que sea posible describir mejor la belleza de nuestra Madre. Al final San Juan abrió un poco su alma para decirnos algo de ella.

     

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  • 19 Domingo A Jesús camina sobre las aguas

    Jesús camina sobre las aguas

                Después de un día ocupado atendiendo la multitud, curando los enfermos, consolando los afligidos y alimentando a las masas, Jesús se retira a rezar. Mientras despide a la gente, los apóstoles se van al otro lado del lago. Ninguno de ellos lo acompaña. Querían alejarse de las muchedumbres. Estaban cansados y sabían que Jesús iba rezar toda la noche. Jesús quería pasar un rato a solas con su Padre Dios. Nosotros también, después de un día atareado, necesitamos rezar. Aunque estemos cansados, debemos encontrar tiempo para rezar. Cuanto más afanados estamos, más tenemos que rezar. En un viaje de Juan Pablo II a las Filipinas, después de un día de muchos encuentros, las monjas fueron a medianoche para preparar la capilla para el día siguiente, y encontraron al Papa rezando, postrado en el suelo.

                Desde el monte donde está rezando, Jesús puede ver la barca luchando contra el viento y las olas. La puede ver bien pues es luna llena, cerca de la Pascua. Estas tormentas son frecuentes en el lago, peligrosas para los pescadores. Los Padres de la Iglesia ven en esta barca la imagen de la Iglesia, luchando contra las tentaciones, persecuciones, herejías e infidelidades. Nos quejamos de los problemas en la Iglesia, pero siempre ha habido crisis, muchas veces peores de las que tenemos ahora, y la Iglesia siempre sale adelante. Jesús nos vigila desde la cima. Deja que los apóstoles luchen por un tiempo. Hace lo mismo con nosotros. Nos va bien pasar por problemas y dificultades para hacernos más fuertes. Parece que no nos hace caso, pero está siempre vigilándonos.

                En la cuarta vigilia, a las tres de la mañana, Jesús vino caminando sobre el agua del lago. Está dispuesto a venir a ayudarnos cuando lo necesitamos. Un autor dice que Jesús después de rezar, estaba tan inflamado de amor, que no se dio cuenta de que estaba andando sobre las aguas. Pienso que quería darles un susto. Apareció como un fantasma, la túnica blanca iluminada por la luna, en contraste con el agua negra. Les impresionó mucho. Todos gritaron como un grupo de niñas quinceañeras. Tuvo que calmarlos: “Soy yo, no tengáis miedo.” Siempre que perdemos el norte, nos recuerda de esta realidad: estoy con vosotros. No podemos escondernos de Dios. No hay ningún lugar donde no está Dios.

                Pedro le pide a Jesús caminar sobre las aguas: “Si eres tú.” No se fía. Jesús le dice que venga. Pedro salta al agua. ¿Qué es lo que sintió en sus pies? ¿Era el agua como una alfombra blanda? Cuando dejó de mirar a Jesús, dándose cuenta de que estaba caminando sobre el agua, comenzó a hundirse. Cuando nos fijamos en el viento, las olas, la corriente, los problemas, las dificultades, nos volvemos pesimistas y comenzamos a hundirnos como Pedro. Tenemos que mantener nuestra mirada en Jesús, especialmente cuando vamos pisando huevos. Eso es lo que significa ser contemplativos: mantener nuestros ojos en el Señor. ¿Dónde los mantengo? ¿Qué es lo que busco?

                Pedro gritó: “¡Señor, sálvame!” Jesús alargó su mano y lo sacó del agua. Le podía haber mandado que saliera solo. Pero Jesús está siempre dispuesto a cogernos de la mano y sacarnos de cualquiera agua corrompida en la que nos encontramos. Se lo echó en cara: “Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado? Cuantas veces nos dice el Señor lo mismo: estoy siempre contigo. ¿Por qué no te fías de mi? ¿No te das cuenta que puedo hacer cualquier cosa por ti?

     

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  • 18 Domingo A Multiplicación de los panes y los peces

    Multiplicación de los panes y los peces

                De vez en cuando Jesús solía llevarse a sus apóstoles a un lugar desierto, para estar a solas con ellos. Había tanta gente yendo y viniendo, que necesitaban de vez en cuando estar con Jesús, para anunciarles el evangelio sin interrupciones. Cuando llegaron a ese lugar, había una multitud de gente esperándoles. Habían visto hacia donde se dirigían con la barca, y se dieron prisa por la costa para estar allí cuando llegaran. Podemos imaginarnos la decepción de los apóstoles, que estaban deseando pasar unos días de descanso con Jesús.

                El Evangelio dice que Jesús, viendo a la gente, tuvo compasión de ellos. San Marcos dice que estaban como ovejas sin pastor. Comenzó a curar a los enfermos, escuchar sus problemas, consolar sus penas y dar buenos consejos. Jesús está siempre dispuesto a gastar tiempo con nosotros, sin mirar el reloj, aunque estemos muy lejos de él. Tiene un corazón humano, como el nuestro, y se da cuenta de nuestros problemas y dificultades. Después de un día con ellos, los apóstoles le dijeron a Jesús que despidiera la gente, para estar a solas con él. Les contestó que primero debían alimentarlos. Estaban lejos del pueblo cercano y habían venido sin traer alimentos. Jesús se preocupaba de sus almas y de sus cuerpos. No es un hombre con la cabeza en las nubes. Sabe lo que nos hace falta y ha pasado por los mismos problemas que pasamos nosotros.

                La respuesta de los apóstoles fue la esperada: no tenemos comida, no tenemos dinero y las tiendas están lejos. Solo tenemos cinco panes y dos peces, insuficiente para alimentarnos nosotros. Es fácil quejarse. Nosotros lo hacemos a menudo. Jesús les contesta: “Es suficiente; traerme los panes y los peces.” Jesús no necesita nada para sus milagros, pero quiere utilizar nuestros talentos, nuestro tiempo, nuestra voluntad, para que pensemos que le estamos echando una mano. Utiliza lo que tenemos, si se lo damos, sino lo escondemos o lo guardamos para nosotros. Deberíamos entregar a Jesús nuestros panes y peces.

                En el altar de nuestra parroquia tenemos una representación de un antiguo mosaico de Cafarnaúm. Es del siglo cuarto, situado en el lugar donde ocurrió el milagro. Aparecen cuatro panes y dos peces. La gente pregunta porque sólo hay cuatro panes. El quinto es la Eucaristía, que viene al altar cuando el sacerdote dice la Misa. Es el mismo Cristo de hace dos mil años, el mismo que produjo el milagro. Si creemos verdaderamente que Jesús está aquí, volverá a producir el milagro en nuestras vidas. Puede cambiar nuestra humanidad en su divinidad. Puede multiplicar todo lo que tengamos.

                El milagro ocurrió de una manera natural, sin ninguna cosa rara. Jesús puso la comida en dos cestos, los bendijo y se la dio a la gente. Los panes y los peces siguieron saliendo de los cestos sin acabarse. No quiso atraer la atención, o que la gente se diera cuenta del milagro. Comieron el mejor bocadillo de pescadito fresco de toda su vida. El pan estaba caliente, recién salido del horno, y el pez estaba todavía coleando. Por eso quisieron hacerle rey. Jesús siempre nos da lo mejor.

     

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  • 17 Domingo A Parábola del tesoro escondido y la perla

    Parábolas del tesoro escondido y de la perla de gran valor 

                Hoy en el evangelio Jesús nos presenta dos parábolas acerca del reino de los cielos: el tesoro escondido y la perla de gran valor. Ambas son parecidas; nos muestran el gran precio del reino de Dios y lo que deberíamos hacer para alcanzarlo. Pero muestran algunas diferencias: el tesoro apunta más a la abundancia de dones, y la perla indica más su belleza. A todos nos atraen las piedras preciosas y la perlas. Brillan con diferentes luces, admiramos sus colores de gran belleza, y nos gustaría poseerlas a cualquier coste. Las usamos para demostrar el amor que tenemos por nuestros seres queridos. La gente arriesga sus vidas para conseguirlas y otros van a la cárcel por robarlas. Nosotros deberíamos arriesgar nuestras vidas para ir al cielo y luchar para conseguirlo.

                No hay nada como el reino de los cielos. Nuestro corazón anhela por una vida eterna llena de infinitos bienes. Peter Kreeft menciona un experimento mental que solía poner San Agustín: “Imagina que Dios se te aparece y te dice: ‘Te voy a proponer un negocio. Te daré todo lo que pidas: placer, poder, honor, riquezas, libertad, paz en tu mente y buena conciencia. Nada será pecado para ti. Nada te será prohibido y nada te será imposible. Nunca estarás aburrido y nunca morirás. Solo, que nunca verás mi cara.’ ¿No has notado un escalofrío en lo más profundo de tu corazón al oír estas últimas palabras?” El cielo es ver la faz de Dios. Mirar la cara de una persona significa reconocer su identidad, percibir sus sentimientos y admirar su dignidad y belleza.

                ¿Qué es el cielo para ti? Para algunas personas es algo bueno pero lejano, un lugar que les gustaría ir en un futuro, como las Bahamas, o algo que considerarán cuando estén más cerca de la muerte. Mucha gente prefiere la vida aquí más que la eternidad: mejor lo que conozco, lo que puedo tocar; no sé qué pasará cuando muera. Pero el cielo es demasiado grande para cambiarlo por la vida aquí en la tierra. La famosa apuesta de Pascal demuestra que la idea del cielo no es solo un cincuenta por ciento de probabilidad; es todo o nada. Si Dios no existe no pierdes nada; si existe, lo ganas todo; ganas más que pierdes.

                Otra diferencia entre estas parábolas es que el tesoro es algo que uno se encuentra casi por casualidad, y la perla es un resultado de una larga búsqueda. La fe, la vocación, la verdadera sabiduría, el deseo del cielo, son cosas que a veces se descubren de repente, sin buscarlas, y otras veces después de mucho buscar. Si Dios nos las quiere dar, deberíamos estar eternamente agradecidos. Si quiere que las sigamos buscando, es mejor para nosotros. Nos encanta buscar tesoros, algo que nos sabemos lo que es, o dónde se encuentra. Dios como buen Padre que es, quiere que disfrutemos del tesoro que ha preparado para nosotros. Contiene un número infinito de bienes y gracias, diseñado especialmente para nosotros.

                Los dos hombres de las parábolas tienen la misma actitud y consiguen lo mismo. Venden todo lo que tienen, para comprar el campo y la perla, y contra todo pronóstico ambos consiguen la felicidad. Para conseguirla hay que vender todo lo que poseemos; sino no conseguiremos lo que queremos. Es la única manera de ser felices. Una buena pregunta hoy para nosotros: ¿Qué es lo que Dios me está pidiendo que venda para estar más cerca del cielo? San Josemaria decía que debemos andar con los pies anclados en el suelo, y los ojos mirando al cielo.

     

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  • 16 Domingo A Parábola de la cizaña

    Parábola de la cizaña

                Estos domingos las parábolas en el evangelio intentan explicar el reino de los cielos: es casi imposible. Para ello se necesitan un número infinito de parábolas. Deberíamos fomentar el deseo de conocer más acerca de nuestra tierra prometida. Cuanto más conocemos las maravillas de nuestro destino, más nos apresuramos y apretamos el paso. Cuanto más fijamos los ojos en el cielo, más anhelamos nuestro fin. Jesús nos ha preparado un lugar para cada uno de nosotros y tenemos que hacer todo lo posible para llegar ahí. Cuando planeamos un viaje, primero miramos hacia dónde queremos ir y luego vemos como llegar. Nosotros los cristianos sabemos a dónde vamos y conocemos el camino: Jesús es nuestro camino, el único camino. No podemos perdernos, distraernos, entretenernos o pararnos en nuestro caminar.

                Hoy tenemos la parábola de la cizaña. Es fácil de entender porque en los jardines siempre crecen malas hierbas. Dicen que las hierbas no son malas; solo que están fuera de lugar. Molestan a los jardineros y nos recuerdan los obstáculos que encontramos en nuestro camino. Los problemas son compañeros de nuestra vida diaria. Siempre hay cosas que van mal o se desarrollan de una manera diferente de cómo las habíamos planeado. Nos quejamos de los demás, del mal en el mundo, pero nos olvidamos de que nuestro corazón está lleno de cizaña. Es más fácil descubrir las malas hierbas en el jardín del vecino que en el nuestro. Jesús explica la parábola muy bien, retratando el drama de nuestra existencia. Bien y mal, ángeles y demonios: esto es lo que ocurre entre bastidores. No hay gente buena o mala. El bien y mal se encuentran en nuestros corazones todos mezclados. Somos nosotros los que tenemos que extirpar el mal y promover el bien. Al fin y al cabo, el mal es ausencia de bien.

                Los siervos se quejan al amo de que alguien ha sembrado la cizaña. Les contesta que lo ha hecho el enemigo cuando estaban dormidos. Tenemos que estar despiertos, vigilantes. Mientras somos perezosos, el demonio no para. La gente se queja a Dios de cómo deja progresar el mal. Lo mismo le pasó a Santa Teresa de Ávila. Cuando le hizo a Jesús esa pregunta, él le respondió: te he creado a ti. Mientras nos quejamos, el demonio siempre trabaja, nunca para. La buena noticia es que Dios está a nuestro lado, está siempre despierto y sus planes siempre se cumplen.

                Hay tres tentaciones que nos engañan, y que pueden esconder el mal de nosotros. Primero la indiferencia: ignorarlo, no hacer nada, vivir nuestra vida, no es mi problema, no me preocupa; debería inquietarnos, pues los cristianos somos la buena semilla. Segundo es la arrogancia: nosotros somos los buenos, sabemos lo que está bien y ellos son unos ignorantes; si estamos cerca de Dios es porque él nos ha ayudado. Tercero es la violencia: para desarraigar el mal podemos ponerlo en ridículo, abusar a la gente en las redes sociales, lanzar noticias falsas. Lo mejor es hacer lo que hizo Juan Pablo II: diseminar el bien, hablar de Dios, esparcir la buena semilla. Es más efectivo el plantar que desarraigar, el sembrar que el destruir.

                El mal siempre estará con nosotros. No debería preocuparnos. Dios es paciente, misericordioso, y nosotros deberíamos serlo también. ¿Por qué Dios deja que la cizaña crezca con el trigo? Hay diferentes razones. La primera para que esta se convierta en trigo. Dios lo puede hacer. Tenemos experiencia. Siempre hay tiempo para la conversión. Algunos santos han sido primero grandes pecadores. Segundo, para que nosotros seamos mejores. En tiempos de persecución, los cristianos nos hacemos más fuertes. Tercero, Dios es el único que puede sacar bien del mal. Utiliza gente malvada para sus planes, para que nos demos cuenta que siempre se cumple su voluntad.

     

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  • 15 Domingo A Parabola del sembrador

    Parábola del sembrador

                Hoy Jesús nos habla con una parábola. ¿Por qué? Porque nos cuesta entender su mensaje. Jesús necesita utilizar imágenes, comparaciones, ejemplos materiales para explicar las espirituales. Somos cuerpo y alma, y a través del cuerpo descubrimos al alma. El reino de los cielos es tan rico que Jesús necesita utilizar diferentes parábolas, para que podamos entender mejor sus distintos aspectos. Dicen que antes de escribir, el hombre comenzó a pintar primero. Una imagen vale más que mil palabras. Las parábolas de Jesús están grabadas en nuestra cultura. Cuando hablamos del hijo pródigo, el buen samaritano, la oveja perdida, la gente sabe a lo que nos referimos. Recordamos mejor las parábolas que los conceptos abstractos. En nuestra sociedad, donde estamos rodeados de innumerables pantallas, las imágenes nos son muy importantes.

                Hoy Jesús nos propone en el evangelio la parábola del sembrador. Es algo un poco ajeno a nosotros. La mayoría de nosotros no hemos presenciado a un sembrador sembrando semillas. Hoy en día utilizamos máquinas para ello. En tiempos antiguos se hacía con la mano, echando las semillas a voleo. Jesús es el sembrador que nos echa sus semillas, sus gracias, su poder, y somos nosotros los que tenemos que cogerlas y plantarlas en el suelo, para dar fruto. Respeta nuestra libertad y no se impone. Nos deja que seamos nosotros los que aceptemos su semilla, para que sea parte de nuestras vidas, y guardarla. Espera de nosotros una actitud de recibir y custodiar. Deberíamos agradecer su generosidad, pues siempre echa semilla abundante. Podemos malgastarla.

                Para dar más fruto es importante que el sembrador emplee la semilla apropiada. El mercado de semillas es muy lucrativo y las multinacionales están muy interesadas en desarrollar semillas que den más fruto, que sean resistentes a las plagas, que sobrevivan las heladas, que necesiten menos agua. Jesús tiene la semilla adecuada. No hay otra mejor en el mercado. Y es gratis. Es su palabra en la Escritura Santa, el agua que salta hasta la vida eterna en el Bautismo, el pan de vida en la Eucaristía, el buen vino de Cana, el aceite puro de oliva que cura, la absolución en la confesión, la pequeña semilla de mostaza que se convierte en un árbol enorme, el tesoro escondido en el campo, la perla de gran valor, la red que recoge una abundante pesca, el óbolo de la viuda. Su semilla es siempre de buena calidad. Somos nosotros los que la tenemos que hacer fructificar.

                Nosotros somos el suelo que acepta la semilla. Nuestro corazón tiene buena tierra, pero tenemos que prepararla. No puede ser ni muy dura, ni muy blanda. Nuestro corazón a veces está endurecido. Nos cuesta compartir los sentimientos de Jesús. Tenemos que hacerlo más suave, más esponjoso, para que pueda recibir la semilla mejor. Quizá debamos ir con más frecuencia a la confesión, recibirle más a menudo, hacer más actos de contrición, pedir perdón y perdonar. Quizás nuestro corazón es demasiado blando y a la primera dificultad se desmorona. Necesita ser más resistente al viento frio, a las heladas, a la sequía, dar cara a los obstáculos con más determinación. Si nuestro corazón está lleno de piedras hay que extraerlas una a una. ¿Cuáles son las piedras en mi vida que no me dejan ver a Dios? Si tenemos espinas, hay que desclavarlas. ¿Cuáles son las espinas que me hace mirar hacia dentro, que me evitan experimentar el amor de Dios?

                No es suficiente tener una buena tierra. Hay que establecer las condiciones adecuadas para que la semilla crezca. El suelo debe tener suficiente profundidad para que las raíces se desarrollen y las plantas puedan establecerse con holgura. Sino la planta al crecer carecerá de humedad y se secará pronto. Hay que plantar la semilla en el lugar adecuado, cerca de la valla de la oración para resguardarla del frio, utilizar el fertilizante de las buenas obras, regarla abundantemente con el agua de la gracia, matar los gusanos de nuestros vicios. Hay que cuidar la semilla cuando comienza a salir, cubrirla de los vientos contrarios reinantes en nuestra sociedad, dejar que el sol de las buenas compañías la arropen y calienten. No podemos dormirnos y que venga el enemigo y la desarraigue.

     

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  • 14 Domingo A Ser como niños

    Ser como niños 

                “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños.” Dios ama a los niños. Jesús se queja a sus apóstoles: “Dejad que los niños se acerquen a mí.” Los niños creen en ángeles y milagros. Cuando crecemos perdemos la facilidad para las cosas espirituales. Por eso Jesús nos recuerda que, si no nos hacemos como niños, no entraremos en el reino de los cielos. Tenemos que recobrar la habilidad de conectar con lo sobrenatural, la fe de creer en que la otra vida comienza aquí. La eternidad tiene una puerta pequeña y debemos disminuir para entrar. Nuestro ego es demasiado grande. ¿Cómo son los niños? Se me ocurren cuatro rasgos distintivos: humildad, simplicidad, sinceridad y actualidad. Son virtudes importantes para nuestra vida espiritual.

                Humildad. Los niños son pequeños y lo saben. No tienen que pretender o presumir. Su pequeñez está siempre delante de ellos. Te miran de abajo arriba, suben a los árboles, se caen, ensucian, piden ayuda. Están indefensos. Quieren crecer, ser mayores, soñar. Son curiosos, tienen una gran capacidad de admiración, esperan. Todo eso nos ayuda a ver a Dios como padre y tener confianza en él. Somos débiles y le necesitamos. Es la mejor manera de vernos como somos y contemplar nuestra dignidad.

                Simplicidad. La gente ama a los niños porque son transparentes: lo que ves, es lo que es. No saben engañar. Puedes leer su mente mirando a sus caras. Son inocentes, ingenuos, auténticos. Dicen lo que piensan. Sabes a qué atenerte con ellos. Lloran cuando están heridos y ríen cuando están alegres. Nosotros nos pasamos nuestra vida escondiendo nuestros sentimientos, intentando no decir lo que pensamos, pretendiendo ser otra persona. Sabemos engañar, tener diferentes vidas; actuamos diferentes ante diversas personas. Dios nos conoce perfectamente y nos quiere como somos. No tenemos que pretender delante de él. Cuando nos acercamos a él nos dice: quítate este disfraz que no te pertenece. Podemos ser lo que somos delante de él.

                Sinceridad. Los niños pequeños no saben mentir. Todavía no han aprendido el arte de engañar. Dicen que lo que diferencia a un computador de una persona humana es la capacidad de mentir. Es muy fácil cazar las mentiras de los niños, pues inventan asombrosas verdades. Sus madres conocen cuando mienten, aunque no lo muestren, pues estaban allí cuando mintieron por primera vez: no miran a tu cara, mueven sus orejas, tuercen la nariz, fruncen el ceño. Es inútil engañar a Dios; sabe cuándo mentimos.

                Actualidad. No sé cómo nombrar a esta virtud: es el arte de vivir en el tiempo presente. Los niños lo hacen con naturalidad. Están constantemente jugando. No se preocupan del pasado; no existe. No piensan en el futuro; está en manos de sus padres. Se mudan de una sonrisa a un lloro en segundos. Pueden reír con las lágrimas todavía resbalando por sus mejillas. La Escritura Santa dice que Dios juega con los hijos de los hombres. Nosotros nos olvidamos de jugar con él. No tenemos que preocuparnos del pasado: lo hemos confesado. Nuestro futuro está en las manos de Dios, que es un Padre amoroso, que perdona y se olvida.

     

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  • 13 Domingo A Amar a Dios

    Amar a Dios 

                “Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.” Lo que nos dice hoy Jesús suena un poco fuerte. ¿Por qué lo dice? Porque hemos sido creados para amar a Dios sobre todas las cosas. Está inscrito en nuestros genes y es el único camino de ser eternamente felices. Tenemos que poner a Dios primero, centrarnos alrededor de él. La Biblia nos lo recuerda unas cuantas veces: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza.” ¿Es esto posible? Mira a los santos. Lo hicieron con la ayuda de Dios. Dieron sus vidas a Dios. ¿Se puede amar tanto a una persona como dar la vida por ella? Vemos en la historia de la Iglesia una larga fila de gente que han entregado sus vidas a Dios. Si no nos damos a Dios, él no se nos dará a nosotros.

                ¿Cuánto amamos a Dios? ¿Qué es lo estamos dispuestos a hacer por él? ¿Estamos dispuestos a no ofenderle y a seguir su voluntad? Amar es un poco diferente de emociones y sentimientos. Es cuestión de voluntad. Podemos elegir a quien amamos. Puede haber una atracción al principio, pero después es una decisión nuestra. Amamos a Dios con nuestra inteligencia y voluntad. No podemos amar lo que no conocemos. Cuanto más sabemos de Dios, más le podemos amar. Debemos descubrir a Dios para amarlo plenamente. No hay nadie como Dios.

                Pero ¿Cómo me enamoro de Dios? ¿Cómo queremos a los demás? De la misma manera que amamos a los demás, amamos a Dios. Tenemos un solo corazón. Hay gente que piensa que tenemos dos corazones, uno para Dios, y otro para los demás. También podemos pensar que para amar a una persona hay que verla. Pero la gente ama personajes en su imaginación o actores que nunca van a encontrarse. Queremos a los demás pasando tiempo con ellos, haciendo cosas por ellos, dándoles regalos, diciéndoles que cuentan en nuestras vidas, dándonos a ellos, haciendo sacrificios. Es lo mismo con Dios.

                El amor humano depende de otra persona. Esta nos puede abandonar, perder la cabeza, cansarse de nosotros, encontrar alguien mejor que nosotros. El amor de Dios depende solo de mí. Dios está siempre dispuesto, es paciente, esperando, listo para perdonar y olvidar. No encontraremos nadie como él.

                ¿Sabemos amar? Creemos que sabemos, pero quizá solo sabemos amarnos a nosotros mismos. El amar es un arte que hay que aprender y practicar. Con Dios tenemos que dar primero. Pensamos que, porque lo tiene todo y no le falta nada, debe darnos lo que necesitamos. Pero como buen padre, no quiere malcriarnos. Quiere que crezcamos fuertes y maduros, y por eso espera que nos demos primero. Cuanto más nos damos, más recibimos. Nos da más de lo que necesitamos. Él es siempre mucho más generoso que nosotros. El tiempo nos da la razón.

     

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  • 12 Domingo A Cuerpo y Alma

    Cuerpo y alma

                “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma; temed ante todo al que puede hacer perder alma y cuerpo en el infierno.” “No tengáis miedo” es el versículo de la Biblia más buscado en Google. Tenemos miedo del futuro, de lo que no conocemos, de lo que nos pueda pasar. Estas son las primeras palabras que salieron de la boca de Juan Pablo II cuando fue elegido Papa. Era un hombre que no tenía miedo a nada ni a nadie: sobrevivió el nazismo y el comunismo. Jesús nos dice lo mismo hoy: no tengas miedo porque yo estoy siempre contigo. Solo ten miedo de lo que puede matar tu alma: el pecado. ¿De qué tengo miedo? Dicen que conoces a una persona cuando sabes que es lo que teme.

                Nuestra alma puede ser herida, a veces gravemente. Pero como es inmortal, puede ser revivida mediante la confesión. Aunque hay gente que lo niega, sabemos que tenemos alma. No podemos identificarla en el cuerpo, pero tenemos experiencia de nuestros poderes espirituales. Podemos acentuar la unidad del cuerpo y el alma, pues somos uno, o se pueden mirar como dos realidades distintas, separables por la muerte. Normalmente nos preocupamos más del cuerpo que del alma. El cuerpo está siempre delante de nosotros. El alma es más invisible.

                El mundo tenía miedo al Coronavirus, un organismo diminuto y malicioso, porque no lo podía controlar. Sin embargo, no nos dan miedo otros virus espirituales, más peligrosos y que causan más daño: tentaciones, adicciones, vicios, malos pensamientos, los siete pecados capitales. Estas son las cosas de las que debemos tener miedo y protegernos contra ellas.

                Nos ponemos mascaras para no contagiar a otros, pero murmuramos, criticamos y hablamos mal de la gente: estamos echando virus a los demás. Cuidamos una distancia prudencial, pero vemos cantidad de basura en la televisión y YouTube. Nos desinfectamos las manos, pero no limpiamos el alma. Seguimos las reglas de aislamiento decretadas por el gobierno, pero no seguimos lo que Dios quiere que hagamos. Nos preocupa más el cuerpo que el alma. Sin embargo, el cuerpo es reciclable y el alma vive para siempre. No podemos cambiar mucho el cuerpo, como por ejemplo la altura o el color de los ojos, pero sí que podemos hacer mucho para embellecer nuestra alma. Mira lo que han hecho los santos. Debemos darnos prisa porque no nos queda mucho tiempo de vida.

                Tenemos que rezar para ver qué es lo que nos separa de Dios y como podemos protegernos contra esos virus. El Coronavirus viene y va. Los virus espirituales están siempre con nosotros. Debemos rezar para ver como eliminarlos. ¿Qué es lo que me da paz o lo que me enfada? ¿Qué me ayuda a estar cerca de los demás y que es lo que me separa de ellos? ¿Qué me mueve a ser generoso y que es lo que me hace egoísta? En resumen, cuáles son los virus buenos y los malos.

     

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