Durante 1943 los japoneses comenzaron a perder la guerra, pero se negaron tenazmente a reconocerlo. A medida que la situación se fue volviendo más desesperada las tácticas adoptadas por el ejército nipón se tornaron decididamente suicidas. Miles de soldados japoneses sacrificaron voluntariamente sus vidas en ataques "kamikaze" (viento divino) antes que aceptar la derrota, consiguiendo infringir una media de siete vidas del enemigo por cada una de las suyas. Mientras, en los campos de prisioneros, se llegaban a cometer atroces torturas a los prisioneros aliados.