Los judíos de Berea recibieron entonces la Palabra con toda solicitud. No se opusieron a lo que Pablo decía, sino que escucharon. Cuando les explicaba algo “por medio de las Escrituras”, ellos mismos tomaron las Escrituras como fundamento, y no sus propios prejuicios. Así fueron preservados de la envidia que fue fatal para los judíos de Tesalónica.