Uno de los desafíos de una persona diagnosticada con una enfermedad de carácter terminal, es no transformarse en la enfermedad, es decir, lograr mantener una diferenciación entre lo que ella es como persona y aquello que afecta su salud.
Es cierto, muy cierto, que este tipo de diagnóstico trastocan toda la vida, afecta todas las áreas, pero la vida “normal” definiendo como “normal” la capacidad de realizar tareas cotidianas, de incorporarse cada día; no necesariamente ha de ser, en gran parte o totalmente, suspendida.