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El muchacho que comprende cuál es el precio del éxito, se esfuerza mientras le dice “sí” a los libros, al deporte y a la fe, y “no” a la pérdida del tiempo.
Practicar una tradición puede parecer correcto, pero si no concuerda con la Biblia, es posible que estemos haciendo algo simplemente por rutina.
¿Esperaremos que primero nos aflijan las pruebas para buscar después la bondad divina?
Creer en Dios va más allá de aceptar lo que otros te hablen de él; hay que experimentarlo.
Basta con recordar apenas una de las muchísimas profecías bíblicas, para reconocer que sólo la mente del Infinito podría predecir con tanto acierto el curso de la historia.
Cuán frecuentemente estamos dispuestos a creer en Dios, a condición de que él nos dé todo lo que ambicionamos.
La confianza en el Altísimo combate el vacío del alma, nos hace hermanos de nuestro prójimo, e hijos y amigos de Dios.
Mientras el incrédulo desespera ante la prueba y el dolor, el corazón del creyente alienta la esperanza de una solución divina.
En el matrimonio, no se trata de ver quién es más capaz, sino cómo cada uno puede ofrecer lo mejor de sí para la felicidad del otro.
A veces tenemos que sufrir verdaderas sacudidas, para despertar a la gran realidad de que Dios puede ayudarnos, y que debemos acudir a él con mayor frecuencia y confianza.
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