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Ante el dolor de nuestro prójimo, a menudo es preferible hablar menos y comprender más.
Muchas veces la solución para nuestros problemas está a nuestro alcance, pero no la vemos porque la incredulidad y la desesperación ciegan nuestra visión.
Las palabras dichas en contra de otros, pueden herirnos mucho más que a ellos.
Si hemos estado junto a nuestros amigos cuando la vida les sonreía, ¿cómo no estaremos con ellos en medio de su dolor?
Quien se acerque a un enlutado para llevar simpatía y fortaleza, también debería infundirle la seguridad del cuidado protector de Dios.
Es más saludable disfrutar de lo bueno, por escaso que sea, que dedicar tiempo y energía a quejarnos por lo que nos falta.
Aun cuando otros movimientos religiosos ofrezcan esperanza transitoria, no se comparan con la esperanza que Cristo establecerá cuando regrese.
Caballeros, cuando la Biblia nos pide que amemos a nuestras esposas, así como Cristo amó a la iglesia, nos está pidiendo que pongamos nuestras vidas en juego.
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