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Es difícil aceptar que no todo lo que sucede en la vida está bajo nuestro control.
Enojarse no es pecado; el pecado es permitir que el enojo nos lleve a actuar o hablar en contra de la voluntad de Dios.
Antes de tomar una decisión, considera no solo las consecuencias para ti, sino también cómo afectará a quienes te rodean.
La fe se profundiza a medida que compartes el amor de Cristo con otras personas.
Cuando las personas examinen tu vida para verificar si es auténtica, ¿qué van a encontrar?
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