Y llegaste ataviada de aquellos jeans que mostraban esas piernas bien torneadas. Tu blusa no permitía imaginar aquellos vesubios, ya que del escote se asomaban. Tu cabello rubio castaño, brillaba con el sol, a cada paso que dabas, el resplandor me percataba.
Te recibí calmado (casi no temblaba)
Era el momento en el que nuestro encuentro, por fin, después de mucho tiempo se daba.
Tomé tu mano timidamente, al grado que no pude darme cuenta, en qué momento de ella me aferraba. Así como no me percaté en qué momento mi boca se posó en la tuya, yo sólo te besaba.
Tú me correspondiste abrazándome mientras me besabas. Nuestras bocas parecían conocerse, y si no era así muy bien lo disimulaban.
Abrazados, nos quedamos de pie. A las afueras de aquél café. Los coches pasaban como en cámara lenta, el tiempo se detenía afuera de esa puerta.
Nos disponíamos a entrar, una vez que nuestros labios se soltaron, aunque con ganas de seguir pegados. Nuestra mente decía: entra, toma asiento, toma café y pide la cuenta. Pero nuestros cuerpos tenían otro plan, otra agenda.
La palabra motel emergía y bueno, no tengo idea cómo llegamos ahí, pero en ese lugar tras una puerta 203 nos encontraría.
Ya de frente uno al otro, nos mirabamos de arriba a abajo. Eramos depredadores mirando a su presa. Esperando atacar al menor movimiento. Y así fue como me acerqué a ti y comencé a despojarte de toda la ropa.
Te recorría el pecho, besaba tu boca, y poco a poco jugueteaba con tu espalda. Hasta sonrojarte, que tu pecho me pidiera alimentarme. Y así me mantuve un largo tiempo, sintiendome recien nacido que no ha comido, hambriento.
Ignoro en qué momento mis incisivos estaban en tu tanga, sólo podía percibir el olor a durazno que brotaba (De sólo recordarlo ya me dieron ganas) Lo más rico que había olido, como cuando se te antoja un platillo y sólo pretendes disfrutarlo en la cama.
Ya tendida en el lecho (de tantas historias de sexo compartidas) me dispuse a comerte la fruta prohibida (no podría llamarle de otra forma, porque mientras la comía más pecador me sentía) La pasión desbordada, la razón ausente estaba.
Y fue entonces que no recuerdo cuándo me quitaste la camisa. Con tus manos y tus uñas de salón poco a poco me bajabas el pantalón, dejando notar mis ganas de darte duro, como si fuera maratón. La humedad aparecía.
Con tu mano titubeante aunque decidida, tomaste mi hombría y a tu boca la llevaste, dejando tu huella, tu saliva. Marcaste territorio, porque nunca podré olvidar esa habilidad (no quise preguntar de dónde) Sólo me dejé llegar. Y llegué
Me senté sobre la cama y me montaste con tanto fulgor, que en cada sentón se me iba la vida. Yo retenía para alargar la letanía (Esa melodía compuesta de sexo, pudor y lágrimas de agonía) Indescriptible placer.
Te tumbé sobre la cama, mientras jugueteaba a entrar, besaba esos vesubios a punto de hacer erupción (tus pezones te exponían) No podía dejar de comerlos, de lamerlos ¡Carajo! (Nada más me acuerdo y se me abultan las ganas) Era el momento de dejar de ser.
Y así lo fuimos. Nos volvimos marionetas de un acto de pasión y locura. Yo adentro moviendo la cadera. Tú llena de mi, compusimos la canción...toda una orquesta. Una ópera bien dirigida.
Entre tus gemidos y los míos, dejamos más que la vida, el alma. Mientras desbordabamos agua tibia (no podría llamarle de otra forma) Sólo se que eran las ganas que en el deseo ardían, y las fuentes regaban. En ese momento, eras toda mía.
Cuando más prendados nos encontraba, llegó el tiempo de liberar a la vida. Esa que aprisionada aguardaba. Llenarte toda de mi, de mis ganas, de mis deseos, de mi carne entre tus piernas, visitando el cielo. Soltando al alma.
Tus ojos y los míos satisfechos se mostraban. Se miraban curiosos. Como si se reconocieran. Como si la amistad entre ellos fuera eterna. Como si por fin se encontraban.
Y es ahí cuando abrí los ojos.
Me percaté que sólo fue un sueño.
¡Uno glorioso!
Que me llevó a recordar.
Que me llevó al lugar...