Jesús introduce una revelación revolucionaria cuando enseña a orar diciendo: “Padre nuestro”. Aunque en el Antiguo Testamento se menciona a Dios como Padre algunas veces, fue Jesús quien reveló plenamente que la relación con Dios es una relación de familia.
Para los líderes religiosos de su época esto era escandaloso, porque llamar a Dios Padre implicaba una cercanía que ellos consideraban inapropiada. Sin embargo, Jesús insistió en esta verdad: Dios no es solamente un ser supremo distante, es un Padre cercano que ama a sus hijos.
Con el tiempo, en la iglesia esta expresión se ha vuelto tan común que muchas veces olvidamos la profundidad de lo que significa. La revelación del evangelio es que Dios no solo gobierna el universo, también nos adopta como hijos.
El apóstol Pablo lo explica usando la expresión “Abba, Padre”, una forma íntima de decir “papá”. Esto muestra que nuestra relación con Dios no se basa en miedo ni en religión, sino en amor, cercanía e identidad.
Por eso Jesús nos enseña que la oración comienza recordando quién es Dios para nosotros: un Padre amoroso. Cuando entendemos esto, dejamos la formalidad religiosa y aprendemos a correr hacia Él en cualquier momento de nuestra vida.
La conclusión es clara: pertenecemos a un Padre que nos ama simplemente porque somos suyos.