Escríbeme pronto

Turista en tu propia calle


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Querida persona que me lee:

Salir de casa no es una aventura. Es una actividad común y corriente que hacemos a diario sin ponerle mucha cabeza. Pero, ¿acaso no el lugar donde vivimos puede ser mágico?

El año pasado recorrí un par de caminos del artista propuestos por Julia Cameron, la autora que se precia de desbloquear artistas. El mayor hábito que me dejó El arte de escuchar fue salir a caminar y ponerle atención a mi entorno.

Y te quiero compartir eso: recuperar tu barrio. Para ello, en el menú de hoy encuentras:

📚 Un libro sobre una librería escocesa y su dueño.

🤓 Una cuenta de Instagram sobre cómo sacarle partido humorístico al negocio.

🖊️ Un cuento sobre una quinceañera.

💭 Una reflexión sobre el barrio y sus aromas.

Vivir entre libros, olor a papel viejo, regentar una librería. Ser el librero del barrio suena como el sueño, ¿no?… Pues parece que no lo es tanto.

Shaun Bythell es dueño de la librería de viejo más grande de Escocia, ubicada en Wigtown, una localidad de apenas 850 habitantes. Llegar parece complicado. A tres horas de Edimburgo, geográficamente Wigtown está más cerca de Belfast.

Cualquier amante de los libros podría pensar que mantener un negocio de venta y compra de volúmenes es maravilloso. Bythell nos cuenta la realidad: pelear contra el imperio de Amazon, contra clientes intransigentes, conocer personajes que quieren saber más de la vida de uno que de literatura, entre otros muchos accidentes.

Diario de un librero hace pensar en qué implica ser el centro de “conocimiento” de tu localidad y lo engorroso, pero divertido, que también puede llegar a ser. Lo consigues en este enlace.

Die Republik der Brillen, en alemán. La república de los lentes. O de las gafas, pues.

Así se llama una óptica de La Plata, provincia de Buenos Aires, en Argentina.

¿Me he parado ahí? Nunca. Lamentablemente, todavía no conozco Argentina.

¿Tengo ganas de comprar lentes en Argentina? Tampoco.

Aunque por la cuenta de Instagram de esta óptica, me lo pensaría.

La persona detrás de este perfil es Germán Huber, quien un día sí y otro también nos cuenta sus peripecias. Desde quejas por el calor, por el mate mal hecho, por la falta de sentido común. Germán además tiene un excelente gusto musical y sabiduría para compartir.

Sí, también comparte su catálogo de gafas, armazones y tratamientos de lentes, pero eso es el extra.

Alguna vez me enseñaron que para mantener una cuenta de redes de un negocio, el 80 por ciento del contenido no tiene que ver con la venta.

Es cierto. Alégrate el día y date una vuelta por esta cuenta. Aunque Argentina te quede a 10 horas en avión.

Nunca le he preguntado a sus padres si es Ximena o Jimena, con jota. En mi cabeza, Ximenita se escribe con equis; tiene más personalidad así.

Tiene tan sólo 14 años y, sin embargo, somos confidentes. Al menos durante una media hora a la hora de comer. Esta cambia. A veces es a la una y otras a las cuatro. A las dos o tres jamás, que sería lo lógico en este país. Pero hay demasiada gente en la fonda a esa hora.

Ximenita es la meserita de ocasión por las vacaciones. Sus abuelos están detrás de la barra asando carne y dorando tortillas. Sus papás también son meseros.

Ella sí se da el lujo de platicar conmigo, de que su servicio sea más lento. Me cuenta del chico que le gusta, de la chica que le llama la atención. Y sospecho que le gusta más que el chico, pero no se ha dado cuenta.

Yo le digo todo sobre mis hijos, que ya no puedo ver. Es mejor así. Aun con esta información, Ximena no me tiene miedo. Me sorprende. ¿Será que confía por su misma ingenuidad? ¿O que su intuición es más sabia que mi autoestima?

Hace meses, mientras jugaba con la comanda —mi consomé tardaría todavía mucho—, me dio la gran noticia: había escogido el vestido para sus quince años y ya tenía el motivo para la coreografía que ejecutaría con sus chambelanes.

—¿Cómo es? —pregunté.

—Es en jazz. Eso dijo mi maestra.

Buscó la pista.

—Es un remix de “Take Five” de Dave Brubeck —dije, sorprendida por la elección.

—Sí le sabes —contestó.

Le conté entonces que antes tocaba el piano. Lo dejé cuando estaba embarazada.

—¿Por qué? —me cuestionó. —¿No dicen que le hace bien a los bebés?

—Pues sí.

No me atreví a decirle que yo me estaba autocastigando. El piano eran niñerías. Pero ella sí es una niña todavía. Tiene derecho a pensar en jazz y vestidos.

Semanas después, su papá me anunció que cerrarían unos días por la fiesta. Había mucho que hacer.

Cuando compré los audífonos, lo hice pensando en la emoción que vería en los ojos de Ximenita. Una emoción tangible. Me hizo pensar en mis hijos e imaginarlos con los mismos ojos brillando. Así ya fue menos difícil.

Salí de la casa a las cuatro con mi regalo bajo el brazo. Había sido una semana larga. Fui a esa hora para asegurarme de que Ximenita estuviera; al fin y al cabo, ya no eran vacaciones.

Llegué y me topé con una cartulina que tuve que leer tres veces. Se anunciaba que el local cerraría para siempre. La fiesta había salido cara; el derecho de piso incrementó su precio. No decía eso, pero eso deduje.

Regresé a casa con los audífonos sin dueño, derrotada. Sin haber comido. Y sin ojos quinceañeros brillando.

Hace unos días, un amigo de la chamba me convenció para acompañarle a una tienda de perfumes que está a 10 minutos de mi casa.

No es precisamente el local más visible desde la calle y hay que tocar el timbre para entrar. Ya desde ahí, seguro que los incautos no se meten.

La tiendita esta tiene mil quinientos perfumes (no es hipérbole, en serio hay mucho por oler) y se enfoca en perfumería de nicho: en marcas poco conocidas, en proyectos independientes. Mi visita fue una experiencia para volver locos a mis sentidos. Nunca me he considerado una persona con gran olfato, pero puedo decir que a veces, cuando sueño, sueño con aromas incluidos.

Descubrí desde perfumes con botellas con diseños mitológicos como las de Argos, hasta un perfume perfecto para mí este año (se llama Jodhpur 6am) pasando por cosas espantosas. Como perfumes que huelen a genitales masculinos y otros que huelen bastante parecido a vísceras.

Cortesía de una cosa llamada ámbar gris, una piedra que los cachalotes forman y que se ha usado en perfumería desde hace siglos.

Para eso, sólo tengo una palabra: Guácatelas. Iaj.

Pero esta experiencia me recuerda en las maravillas ocultas que todavía encuentro a unas cuadras de mi casa. Tal vez en tu caso no haya una perfumería curiosa pero si la dueña de la verdulería con grandes historias o el mejor puesto callejero de la ciudad.

Por un 2026 con espíritu de Wanderlust.

¿Es tu primera vez? Te dejo más cartas aquí.Con cariño libre de propósitos incumplibles,J. McNamara, aka Geeknifer.

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Escríbeme prontoBy Jennifer McNamara

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