De Larraín podemos tener opiniones tan diversas como lo es su filmografía, pero bien podemos agarrar un puñado de sus película para reponer un debate siempre vigente: ¿Cómo representar en el cine del presente los traumas políticos del pasado? La historia familiar del realizador chileno -inconscientemente, accidentalmente, o no- repercute en la construcción de historias centradas en personajes extrañados con respecto al contexto político que viven: herederos de sus políticas, más abajo o más arriba en la escala social, no participan activamente ni en la represión ni en la resistencia. Sin embargo, dicen algo sobre la ciudad que habitan, sobre el tiempo que viven, sobre los medios y la industria cultural, sobre la violencia, entre otras cosas. Hacemos foco en Tony Manero (2008) y No (2012).