Si giramos el anillo del lente hacia gran angular, si nos alejamos momentáneamente del edificio-caso que se mira el ombligo y se pavonea con sus renderizados follajes rebosantes y paneles fotovoltaicos (que ocultan las baterías de litio), aparece el contexto, el barrio, la ciudad, el área metropolitana, el territorio; aparece el espacio público, los sistemas de transporte y la infraestructura asociada a los larguísimos desplazamientos diarios que deben hacer las personas, con la enorme cuota de tiempo y de vida que se invierte en ello y la absurda contaminación derivada del tamaño de nuestros asentamientos urbanos.
En Chile, hace más de 60 años, el premio nacional de urbanismo, arquitecto Germán Bannen Lay (1928-2019), comenzó a darle forma, dimensión e identidad a la comuna de Providencia; bajo la premisa de que su arbolado urbano era parte del patrimonio a conservar, diseñó una pieza urbana pensándola como ciudad parque, donde su dimensión humana era la principal medida rectora para organizar los consultorios de salud, la red de cafés literarios (desperdigados en la comuna), la creación de zonas preferentemente comerciales (eje Providencia), zonas residenciales mezcladas con usos comerciales y servicios en 1er piso (activación de la calle), la distribución de plazas y parques, entre otros atributos dados por el diseño, configuraron progresivamente un lugar reconocible, habitable, integral.