El enojo no siempre es pecado, pero la ira por lo general sí lo es, y produce efectos devastadores en las relaciones con el prójimo, ya que va acompañada de violencia verbal, física, de desprecio e indiferencia. La ira se sustenta en el orgullo, en hacerme justicia por mi propia mano. Es fruto del resentimiento, del dolor, de la falta de perdón, de la rebeldía, del odio, de la inconformidad y de los deseos de venganza.