La noche aún envuelve la colina sagrada cuando el primer resplandor rosado asoma tras
el Hymettos. En la oscuridad, la Acrópolis no está vacía. Dos guardias, armados con
lanzas cortas y túnicas de lino grueso, caminan en silencio por el períbolo —el muro
que rodea el santuario—. No vigilan contra ladrones; en Atenas, robar en un templo es
un crimen contra la ciudad entera, castigado con la muerte. Vigilan, más bien, contra los
perros callejeros, los curiosos imprudentes y, sobre todo, contra cualquier profanación
inadvertida. Porque aquí, en lo alto de la roca, cada piedra es sagrada.