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Este relato de Luis Soler, comienza así:
Fue el verano pasado, el último día de vacaciones antes de que volviera a su ciudad. Me prestó su libro con la única petición de que lo leyera. A mi, que nunca me había planteado sujetar entre mis manos ningún escrito como no fuera por obligación del colegio. Ella consiguió que me iniciara en el mundo de las historias escritas en papel. Mientras todos mis amigos seguían con devoción las ociosas propuestas del cine, bajo todo pronóstico, yo me había rendido a la literatura, quizás tontamente enamorado de Marina a raíz de su petición:
• Si me quieres, léelo. Y cuando vuelva, me lo devuelves y me dices a ver qué te ha parecido.
Hubiera hecho cualquier cosa que me pidiera. Antes de aquellos, de nada sirvieron los imperativos de la escuela ni de mis padres. Era un caso perdido en clase de lengua. Hasta que Marina me hizo creer que encontraría un mensaje secreto e íntimo escrito en esas páginas.
Era mediodía y a las seis de la tarde llegaría Marina. Esta vez su familia había alquilado un chalet más alejado de la playa. Tendría que sacar la bicicleta del garaje y pedalear ocho kilómetros, pero no me importaba lo más mínimo. Deseaba con todo mi corazón volver a verla y explicarle cómo había reconocido nuestra propia historia en la de los dos protagonistas del libro. Y que deseaba llegar al final de esa historia con ella, si es que el verano nos lo permitía.
El libro de Marina, convertido en mi Santo Grial, en un codiciado objeto, lo escondí con devoción en el fondo de una pequeña maleta con combinación que tenía en mi habitación. Sin embargo, en mitad del invierno nos mudamos al otro lado del pueblo porque mis padres encontraron un chollo; una casa más grande donde acomodarnos y con espacio para una oficina para mi padre y con otra oficina para mi madre. Realmente, dos habitaciones independientes donde poder desarrollar sus videoreuniones sin molestarse.
¿Dónde habría quedado mi maleta?
By Cadena SEREste relato de Luis Soler, comienza así:
Fue el verano pasado, el último día de vacaciones antes de que volviera a su ciudad. Me prestó su libro con la única petición de que lo leyera. A mi, que nunca me había planteado sujetar entre mis manos ningún escrito como no fuera por obligación del colegio. Ella consiguió que me iniciara en el mundo de las historias escritas en papel. Mientras todos mis amigos seguían con devoción las ociosas propuestas del cine, bajo todo pronóstico, yo me había rendido a la literatura, quizás tontamente enamorado de Marina a raíz de su petición:
• Si me quieres, léelo. Y cuando vuelva, me lo devuelves y me dices a ver qué te ha parecido.
Hubiera hecho cualquier cosa que me pidiera. Antes de aquellos, de nada sirvieron los imperativos de la escuela ni de mis padres. Era un caso perdido en clase de lengua. Hasta que Marina me hizo creer que encontraría un mensaje secreto e íntimo escrito en esas páginas.
Era mediodía y a las seis de la tarde llegaría Marina. Esta vez su familia había alquilado un chalet más alejado de la playa. Tendría que sacar la bicicleta del garaje y pedalear ocho kilómetros, pero no me importaba lo más mínimo. Deseaba con todo mi corazón volver a verla y explicarle cómo había reconocido nuestra propia historia en la de los dos protagonistas del libro. Y que deseaba llegar al final de esa historia con ella, si es que el verano nos lo permitía.
El libro de Marina, convertido en mi Santo Grial, en un codiciado objeto, lo escondí con devoción en el fondo de una pequeña maleta con combinación que tenía en mi habitación. Sin embargo, en mitad del invierno nos mudamos al otro lado del pueblo porque mis padres encontraron un chollo; una casa más grande donde acomodarnos y con espacio para una oficina para mi padre y con otra oficina para mi madre. Realmente, dos habitaciones independientes donde poder desarrollar sus videoreuniones sin molestarse.
¿Dónde habría quedado mi maleta?