Cuando la vida nos obliga a mirar al cielo, el corazón nos enseña a llorar de menos.
Todos tenemos una herida entre el corazón y la coraza que habla del amor. Del amor de siempre, ese con el que nacemos, ese de las primeras voces que escuchamos, las primeras manos que agarramos, los primeros ojos que nos miran, las primeras lágrimas que provocamos, y las primeras personas que nos admiran. Creo que lo llaman familia. Todos tenemos una espinita. Esa daga atravesada que nos obliga a mirar hacia arriba. Como si buscásemos respuestas en la luz que más brilla poniendo en ella nuestros miedos y nuestras esperanzas. Nuestros miedos, nuestros secretos, nuestra alma. Hablando al silencio como quien espera la respuesta de una voz que ya no consigue recordar. Sonriendo mientras le cuentas tu último desamor, una buena noticia o el abrazo que necesitas, pero desde que se fue nadie te sabe dar. Con una lágrima mojando una sonrisa, entre el sentimiento de echar de menos, y la bonita sensación de recordar. Como quien dice "te quiero" al cielo para volver a flotar. Mirando alrededor y encontrando el vacío, llenando el hueco con el mar. Todos tenemos una luz en el cielo, una especial. Puedes llamarla hermano o hermana, abuelo o abuela, mamá o papá, hijo, hija, primo, prima, sobrino, sobrina. Puedes llamarla amigo, amiga o cariño, porque también son familia en realidad.
Y hoy puedes llamarle como quieras, porque te hacen falta, porque no están.
Pero esa estrella es tu estrella.
Y será que hoy le echas de menos,
pero esta noche brilla más que las demás.
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