Gracias, Dios mío, porque me quieres a mí y a cada uno más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos; no te asustas ante nuestras torpezas y miserias, y nos acoges con un cariño infinitamente mayor que el que tenía Tarzán a Chita. El problema es que cuando yo voy descubriendo lo feo que soy (mis limitaciones, fallos, miserias, etc.) puedo «medio asustarme», y pensar que no me es posible ser santo, que no puedo estar cerca de ti; entonces puedo desanimarme, olvidarme de que tú me quieres como soy, y alejarme de ti. Que no me pase esto, Señor. Si alguna vez me alejo de ti, volveré corriendo a tu lado contándote lo que me pasa.