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Cristo, el Hijo eterno hecho carne, se nos presenta en las Escrituras como el único absolutamente digno de todo lo que el corazón humano puede y debe rendir. A Él le corresponde el temor santo; asombro reverente y sumisión sin reservas - ante Aquel que “tiene las llaves de la muerte y del Hades” (Ap. 1:18); a él debemos toda reverencia, porque en Él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad (Col. 2:9); a él hemos de entregar toda nuestra confianza, ya que “el que no escatimó ni a su propio Hijo” jamás nos fallará en sus promesas (Ro. 8:32); solo a él debemos todo sometimiento, porque Dios lo exaltó hasta lo sumo y “toda rodilla se doblará” delante de su señorío (Fil. 2:9–11); y él ha de ser el objeto de nuestro aprecio, pues Él es el tesoro escondido por el cual vale la pena perderlo todo y, en realidad, no perder nada (Mt. 13:44). “Cristo no es valorado hasta que es valorado sobre todo”. Por eso, nuestra devoción no se reparte ni se negocia; se rinde, se postra y descansa únicamente en Él, el Cordero que fue inmolado y que vive para siempre, digno de temor, reverencia, confianza, sometimiento y amor sin reservas.
By samuel hernández clementeCristo, el Hijo eterno hecho carne, se nos presenta en las Escrituras como el único absolutamente digno de todo lo que el corazón humano puede y debe rendir. A Él le corresponde el temor santo; asombro reverente y sumisión sin reservas - ante Aquel que “tiene las llaves de la muerte y del Hades” (Ap. 1:18); a él debemos toda reverencia, porque en Él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad (Col. 2:9); a él hemos de entregar toda nuestra confianza, ya que “el que no escatimó ni a su propio Hijo” jamás nos fallará en sus promesas (Ro. 8:32); solo a él debemos todo sometimiento, porque Dios lo exaltó hasta lo sumo y “toda rodilla se doblará” delante de su señorío (Fil. 2:9–11); y él ha de ser el objeto de nuestro aprecio, pues Él es el tesoro escondido por el cual vale la pena perderlo todo y, en realidad, no perder nada (Mt. 13:44). “Cristo no es valorado hasta que es valorado sobre todo”. Por eso, nuestra devoción no se reparte ni se negocia; se rinde, se postra y descansa únicamente en Él, el Cordero que fue inmolado y que vive para siempre, digno de temor, reverencia, confianza, sometimiento y amor sin reservas.