Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil pensaba en la velocidad. El Presidente electo viaja por la República, impone delegados en los estados, sube a los estrados, baja de los estrados, se enoja, se pone feliz, nombra funcionarios a tambor batiente en las plazas públicas, asiste a bodas (bueno a una, pero que vale por tres).
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