Muchos creyentes aman la Palabra de Dios, pero también experimentan una realidad dolorosa, el deseo de leer la Biblia y, al mismo tiempo, la frustración de no comprenderla, de abandonar los planes de lectura o de convertir ese tiempo en una rutina sin vida. Sin embargo, la dificultad no reside en que Dios haya hablado de manera inaccesible, sino en la forma en que muchas veces nos acercamos a Su Palabra.
La Biblia no fue dada simplemente para aumentar nuestro conocimiento, sino para conducirnos a una relación más profunda con Dios. No es un objeto decorativo ni una carga religiosa; es pan para el alma, luz para el camino y alimento para el creyente. La meta no es terminar una lectura, sino encontrarse con el Señor cada día.
En Cristo encontramos el mayor ejemplo de una vida sometida a la Palabra del Padre. Por ello, leer las Escrituras no es una actividad secundaria, sino una invitación a caminar con Él y ser transformados a Su imagen.