La noche del 23 de diciembre de 1888 no fue silenciosa en Arlés. El viento mistral soplaba con furia, como si quisiera entrar en las casas y desordenarlo todo. En la Casa Amarilla, ese pequeño laboratorio de sueños donde Vincent van Gogh había imaginado una hermandad de artistas, algo se quebró para siempre. Afuera era invierno; adentro, la tensión llevaba días acumulándose.