Pastor Eduardo Díaz

Ven y ve


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En la reflexión anterior meditábamos sobre cuán limitados nos dejan nuestros prejuicios a la hora de interactuar con el mundo a nuestro alrededor. Vuelva a leer el pasaje. ¿Qué respondió Felipe al comentario de Natanael? ¿Cuál es el valor de esta respuesta? ¿De qué manera lo recibió Jesús? ¿Por qué respondió Natanael de esa manera?

Las personas con prejuicios establecidos normalmente son bastante reacias a modificarlos. Reciben con escepticismo cualquier comentario contrario a lo que creen. En este sentido, la respuesta de Felipe fue sumamente sabia. Evitó entrar en discusiones inútiles, las mismas que Pablo animó a Timoteo que evitara (1 Timoteo 6:3–5 “Si alguno enseña otra cosa, y no se conforma a las sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo, y a la doctrina que es conforme a la piedad, está envanecido, nada sabe, y delira acerca de cuestiones y contiendas de palabras, de las cuales nacen envidias, pleitos, blasfemias, malas sospechas, disputas necias de hombres corruptos de entendimiento y privados de la verdad, que toman la piedad como fuente de ganancia; apártate de los tales.”; 2 Timoteo 2:24–25 “Porque el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad”

Más bien estas personas cambian de opinión cuando por su propia experiencia descubren que sus opiniones estaban erradas. Una persona con dinero puede sostener la creencia de que todos los pobres son vagos hasta que se da la oportunidad de moverse entre ellos. Entonces descubre que muchos de ellos son sumamente trabajadores. Un graduado de seminario puede creer que todo pastor sin estudios difícilmente podrá realizar la tarea ministerial que se le ha encomendado hasta que se cruza con algunos verdaderos siervos de Dios que demuestran lo contrario.

Las afirmaciónes categóricas siempre son peligrosas y debemos evitarlas. Felipe invitó a Natanael a que viera por sí mismo al Cristo.

Su reacción ante las palabras de Jesús resulta un tanto cómica. El Señor apenas dio una mínima señal de su autoridad espiritual compartiendo con él una característica de su persona. No obstante, ante tan pequeña demostración Natanael cambió dramáticamente su postura y declaró: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel». Semejante declaración no refleja, de ninguna manera, que Natanael entendía quién era Jesús. Más bien es la efusiva expresión de quien se encuentra, repentinamente, frente a alguien que lo deslumbra. Que Jesús fuera el Hijo de Dios y el Rey de Israel no se refería a nada de lo que Natanael tenía en mente.

Como hemos afirmado en este pasaje, aun con un conocimiento muy rudimentario de la persona de Jesús igualmente está abierto el acceso para llegar a él e iniciar la aventura de andar por sus caminos.

Pareciera que a Jesús también le sorprendió que tan pequeño detalle haya impactado a este varón. No dudó en afirmar que «cosas mayores que estas verás». Quedaban por delante los dramáticos milagros, las confrontaciones a los fariseos, la resucitación de Lázaro y —el más extraordinario evento de todos— la muerte del Mesías en una cruz. Es interesante, sin embargo, que Jesús no mencionó ninguno de estos sucesos. Más bien dijo que vería «el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del Hombre».

Si tuviéramos que hacer una lista de las más increíbles señales que los evangelios registran, pienso que a pocos se les ocurriría mencionar este suceso. No obstante, esa apertura del cielo y una relación fluida entre el Padre y el Hijo son los componentes del más grande milagro de todos: la posibilidad para los hombres de entrar en comunión con el Creador de los cielos y la tierra. ¡Quién de nosotros puede comprender semejante privilegio!

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Pastor Eduardo DíazBy Eduardo Díaz