El corazón humano es una fábrica de ídolos. Tomamos cosas buenas —trabajo, familia, éxito, seguridad, amor, dinero— y las elevamos al nivel de lo supremo, esperando que nos den lo que solo Dios puede dar: satisfacción, seguridad y significado.
El mensaje nos invita a identificar los “buenos” que hemos convertido en “dioses”, a reconocerlos, arrepentirnos y volver al único Dios verdadero, quien da vida, propósito y plenitud.