La vida no es un concepto.
Es un jardín que se recorre despacio,
con la conciencia despierta y el alma sin prisa.
Entre fuentes que susurran lo que callamos,
entre flores que duran menos que una promesa
y torres antiguas que, sin embargo, resisten al tiempo
como si custodiaran una verdad que aún no sabemos nombrar.
En este capítulo, la pregunta no se responde:
se contempla.
¿Qué es la vida?
¿Un tránsito hacia lo invisible?
¿Una herida que brilla porque no termina de cerrarse?
¿Una lealtad secreta a lo que somos cuando nadie nos observa?
Hay jardines exteriores y hay jardines interiores.
En estos últimos, el agua también refleja el cielo —
incluso cuando el cielo arde.
Este episodio es una pausa deliberada.
Un banco de piedra al final del día.
Una respiración honda en mitad del ruido.
Un instante que no busca ser explicado,
sino habitado.
Porque tal vez la vida no sea una respuesta,
sino una forma de estar.
Un temblor consciente entre la luz y la sombra.
Un resplandor breve, sí,
pero suficiente para justificar el silencio que lo rodea.
Y mientras el agua continúa su curso,
indiferente y fiel,
la pregunta permanece.
No como inquietud,
sino como compañía.