El Comentario del Día

Viernes IV Pascua - 15.05


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VIERNES VI DE PASCUA. SAN ISIDRO LABRADOR

san Juan 16, 20-23a

Transmitir la fe


“La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre. También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada”. Jesús usa ejemplos bien conocidos. El parto siempre ha sido doloroso, y más en esa época en que no existía ni ginecólogo, ni epidural, ni ejercicios respiratorios pre-parto … con una buena comadrona te bastaba.

Fijamos nuestra mirada en la responsabilidad de transmitir la fe. Cuando el Señor mandó a sus apóstoles que fueran al mundo entero a proclamar el Evangelio no les prometió que sería una tarea fácil. Esa misma dificultad sigue existiendo hoy. Anunciar el Evangelio nos pone en situaciones embarazosas, complicadas y nos pueden conducir a cierta sensación de tristeza o de fracaso.

Contrasta el comienzo de la Pascua cuando escuchábamos tantas veces el “alegraos,” con estas palabras de estos días: “Os aseguro que lloraréis y os lamentaréis vosotros, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes”. Vemos que la Palabra de Dios no cunde, que hay personas que la rechazan, y nos llena de tristeza no por nosotros … por ellos.

También podemos pensar (eso es consecuencia del orgullo), que no estamos dando los frutos que Dios quiere, que lo hacemos mal. Dios no nos pide una cuenta de resultados, pide que hagamos lo que él quiere: “No temas, sigue hablando y no te calles, que yo estoy contigo.” Y Pablo siguió hablando y predicando, aunque al final se abalancen en masa contra él.

Nuestra responsabilidad es predicar, con nuestras palabras y nuestra vida. El fruto se lo dejamos al Espíritu Santo. Pensemos cuántos santos han muerto sin ver ningún fruto de su vida, cuántos fundadores han visto como en vida se hundía la obra que habían comenzado. Pensarían que habían tenido un aborto, que no era eso lo que Dios quería. Pero la Iglesia los reconoce como santos pues siempre hicieron lo que Dios les estaba pidiendo, aunque a veces no lo entendieran del todo.

El hombre más feliz de la tierra no conoce sino una pequeña sombra de la alegría a la que estamos llamados. Cuando veamos a Cristo cara a cara, a la Virgen y a los santos, entonces se alegrará realmente nuestro corazón y no preguntaremos nada, pues lo entenderemos todo.

En la Virgen encontraremos descanso en el corazón.

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