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La geopolítica actual de Medio Oriente ha transitado de las alineaciones ideológicas y la bipolaridad hacia una dinámica de geometría variable y minilateralismo, donde los estados no forman bloques rígidos, sino acuerdos pragmáticos, superpuestos y acotados a temas específicos (seguridad, tecnología, energía) según sus intereses del momento. Los Acuerdos de Abraham demostraron que la cooperación estratégica puede avanzar sin resolver conflictos de fondo como el palestino-israelí, mientras que el reciente Acuerdo de La Meca entre Arabia Saudita, Turquía y Pakistán introduce un mecanismo de defensa colectiva con peso financiero, militar y nuclear, pero aún en proceso de institucionalización y lejos de constituir una estructura integrada tipo OTAN.
En este escenario, actores clave como Arabia Saudita operan como estados bisagra —diversificando relaciones entre Estados Unidos, China, Irán e Israel— para garantizar la estabilidad requerida por sus planes de desarrollo interno. Junto con potencias con amplia autonomía estratégica (Irán, Turquía, Israel) y actores pequeños con alto impacto mediador o financiero (Catar, EAU), la región se redefine no por alianzas permanentes, sino por esquemas flexibles capaces de administrar la competencia y adaptarse a la próxima crisis.
El crecimiento de Alternativa para Alemania, AfD, dejó de ser un fenómeno circunstancial de protesta. Su resultado cercano al 44% en Sajonia-Anhalt muestra una transformación política mucho más profunda, especialmente en Alemania oriental. Pero quizás lo más interesante no sea observar este fenómeno únicamente desde la política doméstica, sino preguntarnos por qué ocurre precisamente ahora. Alemania atraviesa una transformación estratégica. Está fortaleciendo la Bundeswehr, aumentando sus capacidades de defensa y recuperando una industria militar acorde con las nuevas necesidades europeas. Al mismo tiempo, la guerra en Ucrania, la amenaza rusa y las dudas sobre el compromiso estadounidense obligan a Europa a asumir una responsabilidad mucho mayor sobre su propia seguridad. Alemania, por tamaño económico, capacidad industrial y posición geográfica, inevitablemente ocupará un lugar privilegiado dentro de esa transformación.
Aquí aparece una combinación interesante: mientras Alemania recupera instrumentos de poder que permanecieron limitados durante buena parte de la posguerra, una corriente nacionalista y euroescéptica adquiere un peso electoral que habría resultado impensable hace apenas algunos años. Esto no significa que AfD sea una reproducción del Partido Nazi ni que Alemania se encuentre ante un nuevo 1933. Tampoco existe actualmente dentro de AfD un equivalente al Lebensraum nacionalsocialista, entendido como conquista territorial, colonización de Europa oriental y expansión racial del Estado alemán. Hacer esa equivalencia impediría comprender las diferencias fundamentales entre ambos momentos históricos. Sin embargo, el poder del siglo XXI tampoco necesita necesariamente conquistar territorios.
Robert Keohane y Joseph Nye explicaron mediante el concepto de interdependencia que los Estados pueden estar profundamente conectados sin depender unos de otros en la misma proporción. Cuando romper una relación resulta considerablemente más costoso para una parte que para la otra aparece lo que podemos denominar interdependencia asimétrica. Esa diferencia puede convertirse en una fuente de poder. Aplicado a Europa, Alemania no necesita controlar políticamente a sus vecinos para aumentar su capacidad de influencia. Puede hacerlo convirtiéndose progresivamente en un actor difícil de sustituir en industria, tecnología, cadenas de suministro, infraestructura, financiación y, eventualmente, defensa. Aquí surge lo que podríamos llamar provocativamente un Lebensraum 2.0, siempre guardando las enormes distancias históricas con el concepto original. No sería un espacio vital construido mediante conquista territorial. Sería un espacio de influencia sustentado en la dependencia. Alemania no necesitaría ampliar sus fronteras si determinados Estados europeos descubrieran que tomar decisiones económicas, industriales o estratégicas sin Berlín resulta progresivamente más costoso.
Esto plantea además una paradoja para AfD. Aunque mantiene posiciones euroescépticas, un eventual gobierno nacionalista alemán podría descubrir que destruir la integración europea sería contrario a los propios intereses de Alemania. Una Alemania aislada tendría menos capacidad de influencia que una Alemania situada en el centro de un mercado continental y de las estructuras industriales y estratégicas europeas. El euroescepticismo podría entonces transformarse. No necesariamente abandonar Europa, sino intentar construir una Europa menos supranacional, formada por Estados formalmente soberanos, pero donde Alemania conserve una posición económica y estratégica privilegiada.
Nada demuestra actualmente que AfD posea semejante estrategia. Estamos ante un ejercicio prospectivo, no ante la descripción de un programa partidario. Pero existe una cuestión que Europa debería considerar: las capacidades construidas por un gobierno pueden terminar siendo utilizadas por gobiernos posteriores con objetivos completamente diferentes. La respuesta tampoco consiste en desplazarse hacia el extremo ideológico contrario. El crecimiento de una derecha nacionalista radical no convierte automáticamente a las expresiones de extrema izquierda en una alternativa democrática. Alemania conoce, desde experiencias históricas diferentes, los riesgos de subordinar el pluralismo y las libertades a proyectos políticos que consideran sus objetivos superiores a los límites institucionales.
El desafío está también en los partidos tradicionales. El Brandmauer, el cordón sanitario contra AfD, puede mantenerla fuera de determinados gobiernos, pero no explica ni elimina las razones por las cuales millones de alemanes están votando por ella. Inmigración, seguridad, crecimiento económico, energía, identidad y cohesión social seguirán alimentando alternativas radicales mientras las fuerzas tradicionales sean incapaces de ofrecer respuestas convincentes. Quizás esa sea la verdadera cuestión alemana que comienza a aparecer nuevamente en Europa. No debemos imaginar necesariamente tanques alemanes atravesando fronteras ni repetir mecánicamente las categorías de los años treinta. El escenario contemporáneo puede ser mucho más sutil.
Alemania no necesita una Europa más pequeña para aumentar su poder. Podría descubrir que una Europa que la necesita resulta mucho más útil.
Las particiones de Irlanda, India y Palestina muestran los límites de utilizar fronteras para resolver conflictos entre comunidades que reclaman soberanía sobre un mismo territorio. Irlanda terminó dividida entre un Estado independiente y un norte unionista vinculado al Reino Unido; India fue separada principalmente por criterios político-religiosos, dando origen a Pakistán; y Palestina fue objeto de una propuesta de partición que solo produjo uno de los dos Estados previstos.
Los resultados fueron distintos: Irlanda representa una partición posteriormente administrada, India y Pakistán una partición consolidada pero conflictiva, e Israel y Palestina una partición inconclusa. El caso irlandés resulta especialmente relevante porque el Acuerdo de Viernes Santo mostró que la estabilidad llegó no eliminando identidades rivales, sino creando instituciones capaces de hacerlas coexistir. Esa memoria histórica también explica parte de la actual identificación de sectores nacionalistas irlandeses con Palestina, mientras algunos sectores unionistas muestran mayor simpatía hacia Israel. La comparación revela que trazar una frontera puede dividir territorios, pero difícilmente elimina las identidades y disputas que hicieron necesaria esa frontera.
Nuestro colaborador desde Costa Rica nos habla del uso de la información como arma de disuasión y propaganda.
En la guerra moderna, las declaraciones públicas de los líderes políticos no son meros informes de rendición de cuentas, funcionan como armas en el dominio cognitivo. Las palabras del ministro de Defensa israelí, Israel Katz, sobre la demolición de barrios en Gaza y aldeas en el sur del Líbano, ilustran cómo un mismo discurso se utiliza para tres fines opuestos:
Reconfiguración política en Israel: continuidad estratégica con posible cambio de liderazgo. Las elecciones israelíes del 27 de octubre de 2026 podrían marcar una de las mayores reconfiguraciones políticas desde 2021. Más que un cambio ideológico, el proceso refleja un debate sobre el liderazgo posterior al 7 de octubre de 2023 y sobre la forma de gestionar la seguridad, las instituciones y la cohesión interna. El desgaste de Benjamin Netanyahu no se traduce necesariamente en un fortalecimiento de la izquierda. Las encuestas apuntan a un crecimiento de Gadi Eisenkot, respaldado por figuras de centro y centroderecha como Naftali Bennett y Avigdor Lieberman, lo que sugiere que una parte importante del electorado busca renovar el liderazgo sin modificar los principios fundamentales de la política de seguridad israelí.
Eisenkot representa la tradición de altos mandos militares que ingresan a la política. Su propuesta mantiene prioridades estratégicas como la superioridad militar, la alianza con Estados Unidos y la contención de Irán, aunque plantea una gestión más pragmática, menos polarizada y con mayor énfasis en la planificación institucional que la desarrollada durante la era Netanyahu. Una eventual coalición con Bennett y Lieberman combinaría legitimidad en materia de seguridad, experiencia administrativa y capacidad para negociar acuerdos parlamentarios. Al mismo tiempo, podría reducir la influencia gubernamental de los sectores más ideológicos encabezados por Bezalel Smotrich e Itamar Ben Gvir, quienes probablemente conservarían una base electoral relevante, pero desde la oposición. El papel de los partidos ultraortodoxos seguirá siendo determinante, especialmente por el debate sobre el servicio militar obligatorio para estudiantes de yeshivá, mientras que la izquierda sionista, representada por Yair Golan, podría recuperar una presencia parlamentaria limitada, aunque sin capacidad para liderar el próximo gobierno.
En política exterior y seguridad, es poco probable que un nuevo gobierno altere los objetivos estratégicos de Israel. Tanto en Gaza como frente a Irán se anticipa una continuidad en las líneas generales, con posibles cambios en los métodos de gestión, mayor coordinación internacional y una planificación más estructurada para el escenario posterior a la guerra. El escenario más probable no apunta a una transformación ideológica del sistema político israelí, sino a una reconfiguración del bloque sionista, donde el liderazgo podría desplazarse desde una figura dominante hacia una conducción más colegiada y pragmática, manteniendo el consenso nacional en materia de seguridad mientras se intenta reducir la polarización interna.
Durante décadas, Israel evitó reconocer oficialmente el Genocidio Armenio por razones estratégicas. La prioridad era preservar la relación con Turquía y evitar afectar los vínculos con Azerbaiyán, un socio clave en energía, defensa e inteligencia. En 2026 ese cálculo cambió, pero no porque Israel decidiera sustituir a Bakú por Ereván, sino porque la relación con Ankara ya se encontraba profundamente deteriorada. El reconocimiento constituye principalmente un mensaje político hacia Turquía. Para Ankara, la narrativa sobre 1915 forma parte de la identidad del Estado moderno, por lo que la decisión israelí representa una ruptura con una de las principales líneas de contención diplomática que Jerusalén había mantenido durante décadas.
Sin embargo, el acercamiento a Armenia no implica un alejamiento de Azerbaiyán. Bakú continúa siendo un socio estratégico por su papel en el suministro energético, la cooperación en inteligencia, la industria de defensa y su posición geográfica frente a Irán. La inversión de SOCAR en el campo Tamar demuestra que los intereses económicos y estratégicos siguen vigentes para ambas partes. Más que cambiar de aliados, Israel parece estar diversificando su arquitectura regional. Grecia, Chipre y Emiratos Árabes Unidos consolidan la dimensión mediterránea y económica de esa estrategia, mientras Armenia aporta una nueva dimensión política en el Cáucaso sin reemplazar el papel que desempeña Azerbaiyán.
El principal cambio es que Jerusalén ya no condiciona toda su política regional a preservar una relación con Turquía que considera cada vez menos viable. Desde la óptica israelí, el deterioro bilateral responde principalmente a la evolución de la política exterior de Ankara y no al reconocimiento del Genocidio Armenio. La apuesta consiste en fortalecer nuevas alianzas sin romper con Bakú, trasladando el costo político de la ruptura hacia Turquía. Si esa estrategia se mantiene, el reconocimiento de Armenia podría recordarse menos como un cambio de posición sobre el Cáucaso y más como el reflejo de una nueva etapa en la política exterior israelí.
El memorando de entendimiento entre Estados Unidos e Irán parece marcar un giro importante en la estrategia de Washington hacia Teherán. Más que buscar un cambio de régimen, la administración Trump estaría apostando por modificar el comportamiento iraní mediante incentivos económicos y límites al programa nuclear. Uno de los principales cuestionamientos al acuerdo es que, aunque los fondos prometidos no lleguen directamente al IRGC o a grupos aliados, una economía iraní más fuerte podría terminar fortaleciendo indirectamente la proyección regional de la República Islámica. Más ingresos fiscales, mayor estabilidad financiera y una menor presión presupuestaria podrían liberar recursos internos que eventualmente beneficien a actores como Hezbolá o a otras organizaciones alineadas con Teherán. Este mismo debate ya se produjo durante el acuerdo nuclear de 2015 impulsado por Obama.
La aparente contradicción de Trump puede interpretarse de dos maneras. La primera es que nunca tuvo como prioridad derrocar al régimen iraní, sino contener su programa nuclear, garantizar la estabilidad regional y evitar otra guerra en Oriente Medio. La segunda es que Washington mantuvo simultáneamente opciones contradictorias — apoyar discursivamente a sectores opositores mientras negociaba con Teherán— sin una estrategia completamente definida. En cualquier caso, el acuerdo parece responder a una lógica de realismo político: Estados Unidos no necesitaría que desaparezca la República Islámica, sino que deje de representar una amenaza inmediata para sus intereses y aliados. El problema es que toda la estrategia descansa sobre una premisa discutible: que una mayor integración económica llevará a Irán a priorizar la estabilidad y la prosperidad por encima de algunos aspectos de su identidad revolucionaria. La historia iraní ofrece ejemplos que respaldan ambas posiciones, por lo que la validez de esa apuesta sigue siendo incierta.
La dimensión regional añade más complejidad, especialmente en Líbano. Reducir la situación a un enfrentamiento entre Israel y Hezbolá ignora la existencia del estado libanés, las Fuerzas Armadas Libanesas, las distintas comunidades religiosas y una profunda crisis económica e institucional. Cualquier intento de reconfigurar el equilibrio interno afecta a múltiples actores simultáneamente. Además, la idea de que Siria pueda desempeñar un papel decisivo contra Hezbolá enfrenta limitaciones importantes. El gobierno de Ahmed al-Sharaa todavía no controla plenamente el territorio sirio ni parece dispuesto a asumir el costo político y militar de intervenir en el escenario libanés, donde persiste el recuerdo de décadas de influencia siria. También conviene recordar que Hezbolá no es simplemente una extensión mecánica de Irán. Aunque depende significativamente del apoyo iraní, posee intereses políticos, sociales y estratégicos propios dentro del Líbano. Un acuerdo entre Washington y Teherán podría moderar temporalmente algunas dinámicas regionales, pero no necesariamente resolver el problema de fondo ni desarmar al movimiento.
Otro elemento crítico es que Israel no parece estar formalmente comprometido con el marco del acuerdo. Mientras Irán podría interpretar el entendimiento como una reducción general de las hostilidades, el gobierno de Netanyahu mantiene libertad de acción para actuar contra Hezbolá si considera que existen amenazas a la seguridad israelí. A esto se suma el papel de Arabia Saudita, Qatar y Emiratos Árabes Unidos. Si el acuerdo incorpora mecanismos de inversión o reconstrucción regional, estos países podrían convertirse en actores fundamentales de la estabilización, aunque probablemente exigirían a cambio una mayor contención de la influencia iraní.
El gran interrogante es si este acuerdo resolverá problemas estructurales o simplemente congelará temporalmente las tensiones. Incluso si funciona, Hezbolá seguirá existiendo, la influencia iraní continuará presente, Israel mantendrá sus preocupaciones de seguridad y Líbano seguirá enfrentando una profunda fragilidad institucional. Por eso la discusión ya no gira únicamente en torno al programa nuclear. La verdadera pregunta es si la integración económica puede transformar el comportamiento estratégico de Irán o si Occidente terminará financiando indirectamente la recuperación de un rival regional sin alterar de manera significativa las causas profundas del conflicto. Esa respuesta todavía está por demostrarse.
El concepto del Gran Israel suele debatirse entre dos extremos: quienes lo consideran una teoría conspirativa sin fundamento y quienes lo utilizan para explicar toda la política israelí. La realidad se encuentra en un punto intermedio. La idea tiene raíces históricas y religiosas vinculadas a la Eretz Israel (Tierra de Israel) y a ciertas corrientes del sionismo. Sin embargo, el movimiento sionista nunca fue homogéneo y desde sus orígenes coexistieron visiones pragmáticas y maximalistas sobre las fronteras de un eventual Estado judío.
El gran punto de inflexión fue la Guerra de los Seis Días de 1967, cuando Israel pasó a controlar Cisjordania, Jerusalén Oriental, Gaza, el Sinaí y los Altos del Golán. A partir de entonces surgieron dos dinámicas paralelas: una de carácter estratégico y otra de carácter ideológico. Los primeros asentamientos israelíes posteriores a 1967 estuvieron fuertemente influidos por consideraciones de seguridad. La estrechez territorial de Israel antes de la guerra llevó a sectores militares y políticos a buscar profundidad estratégica, especialmente mediante propuestas como el Plan Allon, orientado a controlar zonas defensivas clave sin incorporar grandes poblaciones palestinas.
Durante los años setenta comenzó a fortalecerse una dimensión distinta. Movimientos como Gush Emunim promovieron el asentamiento en Judea y Samaria por razones históricas, nacionales y religiosas, considerando esos territorios como parte inseparable de la patria judía. Desde entonces, los asentamientos dejaron de ser únicamente una herramienta de seguridad para convertirse también en una expresión ideológica. Con el paso de las décadas, el crecimiento demográfico de los asentamientos, las Intifadas, el fracaso de procesos de paz, la retirada de Gaza y el ascenso de partidos nacionalistas y religiosos modificaron el equilibrio interno. Actualmente, algunos asentamientos pueden justificarse desde la lógica estratégica, pero otros responden principalmente a motivaciones ideológicas. Por ello, el movimiento de asentamientos y los debates sobre anexión constituyen el ámbito donde la idea del Gran Israel posee mayor capacidad explicativa.
No obstante, Israel es una sociedad políticamente plural donde conviven nacionalistas, conservadores, liberales, socialdemócratas, religiosos, laicos y partidos árabes. Esto dificulta sostener que exista una estrategia nacional unificada orientada a construir un Gran Israel. En otros escenarios, la utilidad explicativa del concepto disminuye. Jerusalén involucra factores históricos, nacionales y religiosos que van más allá del expansionismo. Los Altos del Golán responden en gran medida a consideraciones geoestratégicas relacionadas con la defensa del norte israelí. En el caso del Líbano, las acciones israelíes han estado asociadas principalmente a seguridad, disuasión y contención de Hezbolá, no a proyectos de anexión. Respecto a Irán, la rivalidad gira alrededor de la cuestión nuclear, el equilibrio regional y la competencia geopolítica, sin reivindicaciones territoriales israelíes.
La versión más extrema de la teoría, según la cual Israel buscaría expandirse desde el Nilo hasta el Éufrates, carece de respaldo empírico sólido. La devolución completa del Sinaí a Egipto tras los acuerdos de paz constituye uno de los principales argumentos contra la idea de una expansión territorial ilimitada. La principal conclusión es que el Gran Israel existe como corriente ideológica real dentro de determinados sectores del nacionalismo y del sionismo religioso israelí, especialmente en relación con Cisjordania y los asentamientos. Sin embargo, convertirlo en la explicación única de toda la política exterior, militar y estratégica israelí conduce a simplificaciones que no resisten un análisis riguroso. Su capacidad explicativa es relevante en ciertos temas territoriales, pero limitada cuando se intenta aplicar a la totalidad de los conflictos y decisiones de Israel en Oriente Medio
Fuente: Radio Sefarad
A continuación, un resumen ejecutivo y estructurado del análisis sobre el panorama geopolítico entre Arabia Saudita e Irán en 2026:
Núcleo del Análisis: ¿Qué se busca?
No se plantea una alianza ideológica ni una paz histórica basada en la confianza, sino un intento pragmático de administrar la rivalidad. Inspirándose en los Acuerdos de Helsinki de 1975 (Guerra Fría), ambas potencias evalúan un pacto de no agresión para establecer reglas mínimas de coexistencia y evitar una destrucción económica mutua.
Los Motores del Cambio
1. El giro pragmático de Arabia Saudita
Riad lidera esta iniciativa debido a un cambio en su doctrina de seguridad, motivado por tres factores:
2. La postura de Irán
Bajo intensa presión económica y desgaste interno, Teherán ve con buenos ojos reducir la tensión, pero con un límite claro: no renunciará a su red de proxies (Hezbolá, hutíes, milicias), ya que los considera su principal cinturón de seguridad y herramienta de disuasión asimétrica frente a EE. UU. e Israel.
Las Tres “Cestas” de Limitación (El rol de China)
Un eventual acuerdo requeriría sostenerse sobre tres pilares donde China opera como facilitador diplomático neutral (interesado en proteger sus rutas del petróleo y expandir la Franja y la Ruta), aunque Pekín aún carece de la capacidad militar para ser el garante final:
Los Grandes Obstáculos para un “Helsinki” Real
Escenario más Probable: Coexistencia Fría
Las probabilidades de una arquitectura de seguridad integral son bajas. Lo más factible es una tregua táctica o coexistencia fría administrada, caracterizada por:
Fuente: Radio Sefarad
Costa Rica y Panamá podrían convertirse en mucho más que simples aliados regionales: su ubicación estratégica, estabilidad y vínculos crecientes con Israel, Emiratos Árabes Unidos e incluso Marruecos los posicionan como una posible “Bisagra de Abraham” en América Latina. En este episodio analizamos cómo ambos países podrían servir como puente entre Medio Oriente y América Latina en áreas como comercio exterior, tecnología, logística, seguridad, innovación y diplomacia económica. También exploramos el concepto de los Acuerdos de Isaac y la posibilidad de una nueva arquitectura hemisférica de cooperación impulsada por intereses geopolíticos compartidos, conectividad global y alianzas estratégicas en un mundo cada vez más multipolar. ¿Estamos viendo el nacimiento de un nuevo eje transatlántico entre Jerusalén, Abu Dabi, Rabat y Centroamérica?
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