Imagina una galaxia cuya historia no avanza, sino que gira. No progresa, sino que se desangra. No se construye, sino que se consume a sí misma en un ritual incesante de violencia, fe ciega y desesperanza. Allí, en los confines del tiempo y el espacio, el Adeptus Astartes —los Ángeles de la Muerte— descienden como meteoritos sobre mundos olvidados, sus corazones mecánicos latiendo al ritmo de himnos olvidados. Allí, el Dios-Emperador de la Humanidad yace momificado en un trono de oro y dolor, vigilia perpetua de una civilización que ha convertido la superstición en ley y la guerra en liturgia. Allí, en el año 40.000, nada tiene sentido... excepto la guerra.