El Reino Unido no buscaba un líder carismático ni un rostro nuevo para la esperanza. Buscaba a alguien que supiera resistir. Europa era un tablero oscuro, Londres seguía herida por los bombardeos y la guerra había dejado de ser una amenaza para convertirse en rutina. En ese contexto, el 26 de diciembre de 1941, Winston Churchill asumía una de las tareas más difíciles del mundo: conducir a su país en plena Segunda Guerra Mundial.