Cuando aquel hombre regordete y con cara de bonachón le ofreció su sofá para pasar la noche, Timothy no se lo pensó dos veces. Aún quedaban varias horas para coger el autobús a Michigan y la noche era heladora en Chicago. Pero a la mañana siguiente, mientras el joven de dieciséis años preparaba el desayuno, John le asestó varias puñaladas. Tras el forcejeo y al ver cómo la sangre emanaba del cuerpo del muchacho, el asesino tuvo un orgasmo. Matar le excitaba sobremanera.