Audiorelato... Luego de vivir una relación violenta y tortuosa, quedé maltrecha, como un animalito herido y asustado que juró que nadie más le volvería a hacer daño, y en vez de buscar una forma de soltar y sanar, decidí alimentar mi rencor, como si el veneno de mis sentimientos lo fuera a beber él, pero al final me lo bebía yo.
Sin saberlo le seguía dando poder, cada vez que lo proyectaba en los rostros de otros hombres, cuando el miedo me llevaba a reaccionar de manera agresiva, cuando hacía daño con alevosía porque era mejor dar el zarpazo primero antes que el otro lo hiciera. Yo habitaba una mansión embrujada y lo tenía a él como fantasma, era mi propia verduga y carcelera.
En mi siguiente relación me vestí de verde para hacerle homenaje al monstruo de los celos, aunque sonreía de labios para afuera, no me sentía digna de ser amada, creía que el tipo era demasiado especial para estar conmigo, lo idealicé y opinaba que su posición social y éxito profesional lo hacían superior a mí, tenía miedo de perderlo, miedo de que encontrara a otra mujer mejor que yo, así que lo vigilaba y revisaba sus cosas, porque mi mente delirante insistía en que los hombres no eran fieles y había que vigilarlos.
Aunque yo no fui una pera en dulce, él tampoco fue un santo. Como si oliera mis inseguridades decía cosas en el momento justo, como si tuviera el don de la telepatía y leyera en voz alta mis pensamientos más terribles que reafirmaban mi escaso autoconcepto.
Me sentía apagada y poquita cosa, pero cuando caía en cuenta de su terrorismo psicológico me transformaba en huracán y respondía con palabras que herían como cuchillos, lo manipulaba, lastimaba su ego y su hombría, coqueteaba con otros para que él se diera cuenta que también podía ser valorada por ojos y cuerpos ajenos. Yo era una víctima que por momentos se disfrazaba de villana.