En 1126, tras la muerte de su madre Urraca I, los magnates castellano-leoneses reconocieron a Alfonso VII como rey, consolidando su autoridad en el reino. Este reconocimiento fue fundamental para el inicio de su reinado efectivo. Los señores gallegos también aceptaron su soberanía, entre ellos Teresa de Portugal, quien aceptó el nombramiento en Ricobayo en Zamora. Además, se sometieron a su autoridad los tenientes de las fortalezas más allá del río Duero, incluido el conde castellano Pedro de Lara.El reinado de Alfonso VII, iniciado en 1126 tras la muerte de su madre Urraca I, marcó la consolidación del poder monárquico en León y Castilla. Su ascenso fue legitimado por el reconocimiento de magnates y señores, incluyendo a Teresa de Portugal, lo que facilitó una unificación territorial temporal y la pacificación de conflictos internos. Esto permitió a Alfonso VII concentrarse en la Reconquista y, eventualmente, autodenominarse "Emperador de toda Hispania". Para reforzar su autoridad, implementó reformas administrativas clave, como la organización de la cancillería real y la creación de los merinos, oficiales reales con funciones judiciales, fiscales y de gobierno, cuya movilidad y revocabilidad evitaban la consolidación de poderes locales autónomos. Estas medidas, junto con una centralización de la recaudación de impuestos y el fortalecimiento de los concejos, sentaron las bases para un modelo feudal más evolucionado y un reino fuerte y centralizado en el siglo XII.