Para nosotros, el pecado es como esos restos de comida: diariamente nos rodeamos de él pero a veces no somos conscientes de que entra a nuestra vida, y sin darnos cuenta, nos llenamos más y más de esto, hasta que caemos al vacío (la infección) de la culpabilidad y el despropósito. Pero, ¡tenemos a nuestra salvación! Dios es como aquel pluvial que se ofrece a limpiar nuestros pecados y también a removerlos por completo de nuestra vida, para que así no vivamos una vida de infección, sino de libertad en Jesús.