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Es el barrio residencial de la localidad donde vives. Casi todos son iguales: se trata de zonas destinadas a vivir, llenas de casas unifamiliares, muchas de las que están adosadas, formando líneas idénticas y calles que te dan acceso a cada una de sus puertas. En cambio, hay otras casas más grandes y lujosas, que ocupan toda una manzana debido a la piscina y el jardín que poseen.
La Gran Avenida, que cuenta con tres carriles, llega hasta la casa que nos preocupa. Esta se halla franqueada por toda una hilera de viviendas adosadas que cuentan con un pequeño patio delantero de unos 10 metros cuadrados. Dicho patio está rodeado por un muro bajo en el que hay una bonita verja forjada que le otorga a la propiedad un aspecto muy señorial.
En el patio del 303, juega con su pelota de goma un niño de unos ocho años, quien la lanza hacia el suelo, haciendo que rebote contra la pared. A causa de este lanzamiento, la pelota crea una parábola hacia el cielo azul y, después, vuelve a la mano del pequeño, quien responde cada vez con una bonita y contagiosa risita. El niño hace esto cada mañana antes de irse al colegio desde el momento en que, misteriosamente, encontró la mencionada pelota justo en el centro del patio donde juega habitualmente. Cada mañana, se coloca justo ahí y la lanza sin descanso durante el tiempo que tiene que esperar para ir al colegio. De vez en cuando, al recuperar la bola, el niño suelta algún número: «¡el ocho, el ocho, el ocho!».
Mientras tanto, un gran furgón entra en la avenida. Todos los días, el repartidor que lo conduce sigue la misma ruta de reparto: sale desde los grandes almacenes, situados en las afueras de la ciudad, cargado con los productos que han pedido las familias del barrio residencial. Cabe destacar que sale bien temprano para llegar lo antes posible al barrio. En esa zona, no suele haber mucho tráfico, pero a él le gusta entregar los pedidos en mano, puesto que, de esta forma, le cae alguna propinilla. El repartidor va por la avenida a una velocidad de unos 8 km. por encima de lo permitido. Ya faltan pocos metros para pasar por delante de la casa situada en el número 303.
Por los tres metros de acera en los que se encuentran los adosados, se acerca una joven de unos 16 años que lleva un carrito repleto de periódicos. Cuando pasa por delante de una vivienda, lanza uno intentando que caiga en el felpudo de la puerta. La chica quiere hacer el reparto perfecto, dejando todos los periódicos correctamente colocados. Hoy, no lo ha conseguido en todas las puertas por las que ha pasado. Solo lleva ocho casas justo cuando tiene que lanzar un periódico en la del 303.
El niño recoge la pelota y la joven lanza su periódico mientras la furgoneta llega al número 303: el destino ha decidido que converjan los tres en el espacio tiempo. Justo en el mismo momento, un gran estornudo viene a la boca del pequeño, mientras la joven ve al canijo y, como ya no ha hecho un reparto de récord, le lanza el periódico que lleva en la mano a la cabeza. Asimismo, el conductor se pone a revisar su siguiente parada en el iPad.
La bola sale despedida de la mano del pequeño con gran fuerza, quien se lleva la otra a la cabeza. La chica se detiene por el ataque de risa que le ha dado. Esta vez la parábola es muy amplia, tanto que la bola pasa por encima de la verja y llega a la calzada. El conductor, sorprendido y asustado, da un volantazo. En consecuencia, golpea a la joven y la arrastra hacia adelante. El muro de la casa situada en el número 303 aguanta el embiste del furgón y provoca que este se levante por el lado derecho hasta que vuelca, quedándose de lado. Debido a la inercia del vehículo, este se para bastantes metros más adelante.
Por entre los huecos de la verja de entrada, con pequeños botecitos, entra en el patio del 303 la bola de goma. Una pequeña mano la recoge mientras aún se rasca la cabeza y mira cómo la purpurina de su interior parece brillar con más fuerza. Sin darle más importancia, el niño se coloca de nuevo en el lugar donde jugaba y vuelve a lanzar la pelota, gritando: «¡nueve!».
A través de una llamada que recibís por el canal de urgencia de la Ordo Veritatis, os dan la ubicación del lugar del accidente para vayáis allí a efectuar una entrevista informativa.
El Sr. Verdad os ha facilitado un nombre y una dirección. Además, os comenta que alrededor del lugar de los hechos hay un aura de muerte y destrucción, aunque esto no se ha podido demostrar. Por ello, necesita un equipo de seguimiento que descubra cómo actúa dicha aura y, así saber a qué tenemos que atenernos todos.
Vive en una casa unifamiliar, donde no hay nada fuera de lo común, exceptuando, quizá, el fuerte impacto que ha sufrido el muro del patio de la entrada. Parece que el accidente de coche ha desencajado la verja y, en consecuencia, esta no cierra bien. No es muy difícil que lleguéis a la puerta sin llamar la atención, pero será necesario obtener una buena tirada de Infiltración para que la puerta se abra rápidamente.
En su interior hay cajas por todos lados. El propietario parece que usa su casa más como un almacén que como un hogar. Todas las cajas llevan el mismo código, E03, y, al abrir una de ellas, podéis ver que están llenas de botellas de plástico con dosificador.
La mesa del salón está repleta de papeles desordenados. Gracias a vuestra Contabilidad, constatáis que se trata de las cuentas de un vendedor ambulante, de esos que van vendiendo artículos puerta por puerta.
Al abrirse, la verja de la entrada emite un fuerte chirrido. Véis cómo llega a casa una persona y un niño pequeño, quien se queda en el patio para jugar con una pelota. La otra persona, que parece estar cansada, entra en casa, se deja caer en el sofá y empieza a juguetear con un dosificador. Este solo expulsa aire, dado que está vacío.
Lo quita de la botella sobre la que estaba colocado y, sacándose una petaca del bolsillo, empieza a rellenar esa misma botella con un dedo de líquido transparente.
Hacéis una tirada de Sigilo para seguir escondidos. No obstante, algo sobresalta a quien descansa en el sofá, pero el grito del niño que hay fuera, diciendo «¡Diez!», hace que vuelva a calmarse. Sin embargo, se se levanta y, cogiendo una caja, sale por la parte trasera de la casa y entra en su coche. Arranca y se va. Os da tiempo de ver la matrícula, lo que resulta muy útil, pues vuestros contactos en la policía os pueden decir a dónde se dirige el vehículo.
Dicha información os llega al instante debido a los puntos que gastáis y. gracias a ello, podéis seguir al coche. Tenéis su localización marcada en el GPS: está a 200 metros. El vehículo se ha parado ahí. Cuando llegáis hasta ese lugar, veis el coche y cómo la persona que lo conducía sale de él, entra en una iglesia católica, se santigua y, de forma poco disimulada, llena su botella de agua bendita.
El párroco ha visto la mala acción que ha cometido ese misterioso individuo y le llama al orden. No obstante, recibe por respuesta unas sonoras carcajadas y una buena rociada con el dosificador de agua. La gente que estaba rezando en voz baja se gira y le increpa. Él los mira a todos y se pone a disparar agua a todo aquel que le dice algo. Después, comienza a caminar por toda la iglesia, mojando las paredes, los bancos, las imágenes…, pero nadie se atreve a detenerlo.
A los pocos segundos, se forma una nube oscura en el interior de la parroquia, de la que emanan gritos, gemidos, gruñidos… De repente, la nube se agranda y va descendiendo, las puertas se cierran y ya nadie puede salir. La congregación, atemorizada, se agacha e intenta esquivar la nube sin éxito, pues esta ha invadido todo el interior de la iglesia. En ese momento, sonidos espantosos de lucha, rotura de huesos, gritos de dolor y muerte empiezan a rebotar de forma musical por las paredes del santo lugar.
A los pocos minutos, se abre la puerta de la iglesia y, de su interior, sale esa misteriosa persona, dosificador en mano y con una gran sonrisa que le cruza la cara. No hay rastro de la nube ni de los parroquianos. Nada ha pasado allí dentro, donde solo queda un ligero olor a colonia White Musk.
By Shadowlands edicionesEs el barrio residencial de la localidad donde vives. Casi todos son iguales: se trata de zonas destinadas a vivir, llenas de casas unifamiliares, muchas de las que están adosadas, formando líneas idénticas y calles que te dan acceso a cada una de sus puertas. En cambio, hay otras casas más grandes y lujosas, que ocupan toda una manzana debido a la piscina y el jardín que poseen.
La Gran Avenida, que cuenta con tres carriles, llega hasta la casa que nos preocupa. Esta se halla franqueada por toda una hilera de viviendas adosadas que cuentan con un pequeño patio delantero de unos 10 metros cuadrados. Dicho patio está rodeado por un muro bajo en el que hay una bonita verja forjada que le otorga a la propiedad un aspecto muy señorial.
En el patio del 303, juega con su pelota de goma un niño de unos ocho años, quien la lanza hacia el suelo, haciendo que rebote contra la pared. A causa de este lanzamiento, la pelota crea una parábola hacia el cielo azul y, después, vuelve a la mano del pequeño, quien responde cada vez con una bonita y contagiosa risita. El niño hace esto cada mañana antes de irse al colegio desde el momento en que, misteriosamente, encontró la mencionada pelota justo en el centro del patio donde juega habitualmente. Cada mañana, se coloca justo ahí y la lanza sin descanso durante el tiempo que tiene que esperar para ir al colegio. De vez en cuando, al recuperar la bola, el niño suelta algún número: «¡el ocho, el ocho, el ocho!».
Mientras tanto, un gran furgón entra en la avenida. Todos los días, el repartidor que lo conduce sigue la misma ruta de reparto: sale desde los grandes almacenes, situados en las afueras de la ciudad, cargado con los productos que han pedido las familias del barrio residencial. Cabe destacar que sale bien temprano para llegar lo antes posible al barrio. En esa zona, no suele haber mucho tráfico, pero a él le gusta entregar los pedidos en mano, puesto que, de esta forma, le cae alguna propinilla. El repartidor va por la avenida a una velocidad de unos 8 km. por encima de lo permitido. Ya faltan pocos metros para pasar por delante de la casa situada en el número 303.
Por los tres metros de acera en los que se encuentran los adosados, se acerca una joven de unos 16 años que lleva un carrito repleto de periódicos. Cuando pasa por delante de una vivienda, lanza uno intentando que caiga en el felpudo de la puerta. La chica quiere hacer el reparto perfecto, dejando todos los periódicos correctamente colocados. Hoy, no lo ha conseguido en todas las puertas por las que ha pasado. Solo lleva ocho casas justo cuando tiene que lanzar un periódico en la del 303.
El niño recoge la pelota y la joven lanza su periódico mientras la furgoneta llega al número 303: el destino ha decidido que converjan los tres en el espacio tiempo. Justo en el mismo momento, un gran estornudo viene a la boca del pequeño, mientras la joven ve al canijo y, como ya no ha hecho un reparto de récord, le lanza el periódico que lleva en la mano a la cabeza. Asimismo, el conductor se pone a revisar su siguiente parada en el iPad.
La bola sale despedida de la mano del pequeño con gran fuerza, quien se lleva la otra a la cabeza. La chica se detiene por el ataque de risa que le ha dado. Esta vez la parábola es muy amplia, tanto que la bola pasa por encima de la verja y llega a la calzada. El conductor, sorprendido y asustado, da un volantazo. En consecuencia, golpea a la joven y la arrastra hacia adelante. El muro de la casa situada en el número 303 aguanta el embiste del furgón y provoca que este se levante por el lado derecho hasta que vuelca, quedándose de lado. Debido a la inercia del vehículo, este se para bastantes metros más adelante.
Por entre los huecos de la verja de entrada, con pequeños botecitos, entra en el patio del 303 la bola de goma. Una pequeña mano la recoge mientras aún se rasca la cabeza y mira cómo la purpurina de su interior parece brillar con más fuerza. Sin darle más importancia, el niño se coloca de nuevo en el lugar donde jugaba y vuelve a lanzar la pelota, gritando: «¡nueve!».
A través de una llamada que recibís por el canal de urgencia de la Ordo Veritatis, os dan la ubicación del lugar del accidente para vayáis allí a efectuar una entrevista informativa.
El Sr. Verdad os ha facilitado un nombre y una dirección. Además, os comenta que alrededor del lugar de los hechos hay un aura de muerte y destrucción, aunque esto no se ha podido demostrar. Por ello, necesita un equipo de seguimiento que descubra cómo actúa dicha aura y, así saber a qué tenemos que atenernos todos.
Vive en una casa unifamiliar, donde no hay nada fuera de lo común, exceptuando, quizá, el fuerte impacto que ha sufrido el muro del patio de la entrada. Parece que el accidente de coche ha desencajado la verja y, en consecuencia, esta no cierra bien. No es muy difícil que lleguéis a la puerta sin llamar la atención, pero será necesario obtener una buena tirada de Infiltración para que la puerta se abra rápidamente.
En su interior hay cajas por todos lados. El propietario parece que usa su casa más como un almacén que como un hogar. Todas las cajas llevan el mismo código, E03, y, al abrir una de ellas, podéis ver que están llenas de botellas de plástico con dosificador.
La mesa del salón está repleta de papeles desordenados. Gracias a vuestra Contabilidad, constatáis que se trata de las cuentas de un vendedor ambulante, de esos que van vendiendo artículos puerta por puerta.
Al abrirse, la verja de la entrada emite un fuerte chirrido. Véis cómo llega a casa una persona y un niño pequeño, quien se queda en el patio para jugar con una pelota. La otra persona, que parece estar cansada, entra en casa, se deja caer en el sofá y empieza a juguetear con un dosificador. Este solo expulsa aire, dado que está vacío.
Lo quita de la botella sobre la que estaba colocado y, sacándose una petaca del bolsillo, empieza a rellenar esa misma botella con un dedo de líquido transparente.
Hacéis una tirada de Sigilo para seguir escondidos. No obstante, algo sobresalta a quien descansa en el sofá, pero el grito del niño que hay fuera, diciendo «¡Diez!», hace que vuelva a calmarse. Sin embargo, se se levanta y, cogiendo una caja, sale por la parte trasera de la casa y entra en su coche. Arranca y se va. Os da tiempo de ver la matrícula, lo que resulta muy útil, pues vuestros contactos en la policía os pueden decir a dónde se dirige el vehículo.
Dicha información os llega al instante debido a los puntos que gastáis y. gracias a ello, podéis seguir al coche. Tenéis su localización marcada en el GPS: está a 200 metros. El vehículo se ha parado ahí. Cuando llegáis hasta ese lugar, veis el coche y cómo la persona que lo conducía sale de él, entra en una iglesia católica, se santigua y, de forma poco disimulada, llena su botella de agua bendita.
El párroco ha visto la mala acción que ha cometido ese misterioso individuo y le llama al orden. No obstante, recibe por respuesta unas sonoras carcajadas y una buena rociada con el dosificador de agua. La gente que estaba rezando en voz baja se gira y le increpa. Él los mira a todos y se pone a disparar agua a todo aquel que le dice algo. Después, comienza a caminar por toda la iglesia, mojando las paredes, los bancos, las imágenes…, pero nadie se atreve a detenerlo.
A los pocos segundos, se forma una nube oscura en el interior de la parroquia, de la que emanan gritos, gemidos, gruñidos… De repente, la nube se agranda y va descendiendo, las puertas se cierran y ya nadie puede salir. La congregación, atemorizada, se agacha e intenta esquivar la nube sin éxito, pues esta ha invadido todo el interior de la iglesia. En ese momento, sonidos espantosos de lucha, rotura de huesos, gritos de dolor y muerte empiezan a rebotar de forma musical por las paredes del santo lugar.
A los pocos minutos, se abre la puerta de la iglesia y, de su interior, sale esa misteriosa persona, dosificador en mano y con una gran sonrisa que le cruza la cara. No hay rastro de la nube ni de los parroquianos. Nada ha pasado allí dentro, donde solo queda un ligero olor a colonia White Musk.

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