Elias Vance no era el tipo de joven que alguien recordaría después de cruzárselo en la calle. A sus veintidós años, poseía una mandíbula angulosa, ojos de un azul pálido casi translúcido y una sonrisa tímida que solía generar una confianza inmediata en los demás. Vivía en un pequeño apartamento en las afueras de la ciudad, un espacio pulcro, casi clínico, donde cada libro de su estantería estaba alineado con una precisión obsesiva. Para sus vecinos, Elias era el chico que estudiaba botánica y trabajaba a tiempo parcial en una biblioteca; un joven solitario, sí, pero profundamente educado.