Vivimos en una cultura que celebra estar ocupados.
Mientras más hacemos, más importantes parecemos.
Las agendas están llenas.
Los teléfonos no dejan de sonar.
Las responsabilidades se acumulan.
Y poco a poco, sin darnos cuenta, comenzamos a vivir cansados.
Cansados físicamente.
Cansados emocionalmente.
Cansados espiritualmente.
Por eso resulta tan interesante que Dios, desde el principio, pensara en nuestro descanso antes incluso de que nosotros sintiéramos agotamiento.