La reconciliación con el prójimo exige vencer el orgullo, dejar el pecado y no vivir de suposiciones. Se construye con humildad, cambio de vida y comunicación clara y sincera.
La oración nace de sabernos hijos amados de Dios y confiar en su amor de Padre. Orar no es pedir según nuestros caprichos, sino confiar en que Él nos dará siempre lo mejor.