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Nos limitamos no porque debamos sino porque creemos que debemos hacerlo, porque nos han enseñado a vivir y soñar en pequeño, conteniendo nuestra grandeza y nuestras posibilidades.
Ya sabemos que la ignorancia es la mayor fuente de sufrimiento, pero tal vez no hemos reflexionado acerca de la agresividad que generan (dentro y fuera) los juicios contra los que consideramos más ignorantes que nosotros...
Nos hacemos daño de muchas maneras, pero la mayor forma de agresión que ejercemos contra nosotros es la de resistirnos a lo que la vida nos regala para que podamos evolucionar. El intento de control desde nuestro ego es una fuente de sufrimiento para nuestro corazón.
Para saber recibir necesitamos mucha humildad, para atrevernos a gozar todo lo que la vida nos ofrece necesitamos trascender nuestro pudor y nuestra necesidad egoica de pertenecer al clan de los sufrientes...
¿Eres capaz de entregarte a la vida? ¿Te atreves a soltar todas tus resistencias y no limitar desde la necesidad de tus garantías de tu ego? ¿Eres capaz de abrirte hasta cuando no comprendes lo que estás viviendo?...
En toda relación existe un amante y un amado. Comprender que la valía del Amor que puede sentir el amante, recordar que ese sentimiento le pertenece a él independientemente de en quién lo quiera depositar, puede resultar muy clarificador y por ende sanador.
Lo que puede hacer que nos ahoguemos, más que el agua, es nuestro miedo a ahogarnos. Bastaría con tener el valor de entregarnos sin temor, para experimentar la fluidez, para no robarnos la oportunidad de “aprender a nadar”.
Un mendigo puede recibir sobras de personas que, a menudo, no se detienen a mirarlo. Cada vez que una parte de nosotros se disfraza, en alguna parcela de nuestra vida, de mendigo, estamos cerrando las puertas de la abundancia y de la dignidad.
Para mantener nuestra salud deberíamos llegar a manifestar el mismo equilibrio que mantiene nuestro corazón físico...
Una sencilla pregunta que te puede ayudar a descubrir cosas que desconocías de ti y te puede servir para recordar que somos más similares a nuestros semejantes de lo que a nuestro ego le gustaría.
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