Cualquier cosa en este mundo que creas que es buena o valiosa, o por la que vale la pena luchar, te puede hacer daño y lo hará.
No porque tenga el poder de hacerlo, sino únicamente porque al negar que no es más que una ilusión, le otorgas realidad. Y así, es real para ti, y no algo que no es nada. Y al haberse percibido como real se le abrieron las puertas al mundo de las ilusiones enfermizas. Toda creencia en el pecado, en el poder del ataque, en herir y hacer daño, en el sacrificio y en la muerte ha llegado a ti de esa manera. Nadie puede otorgarle realidad sólo a una sola ilusión y escaparse del resto.
Pues ¿quién podría elegir quedarse sólo con aquellas ilusiones que prefiere y, al mismo tiempo, encontrar la seguridad que sólo la verdad puede conferir? ¿Quién podría creer que todas las ilusiones son iguales y, al mismo tiempo, sostener que una de ellas es mejor que las demás?