Una noche de octubre de 2002, en una mansión de clase alta en São Paulo, una chica de 18 años llamó a la policía. Sus padres estaban muertos. Habían sido atacados con barras de hierro mientras dormían.
La hija, Suzane, era rubia, de ojos claros y estudiaba Derecho en una de las mejores universidades de Brasil. La prensa la mostró como la víctima sobreviviente de un brutal robo. Durante horas, fue tratada como tal.
Pero cuando los investigadores empezaron a hacer preguntas, algo no encajaba. La casa no tenía señales de entrada forzada. La alarma había sido desactivada desde adentro. Y la hija, que aseguraba haber estado en la planta baja, no parecía afectada por la muerte de sus padres.
El novio de Suzane, Daniel Cravinhos, era de una familia humilde. Sus padres no lo aceptaban. Ella quería vivir con él, sin reglas, sin control. Y según la Fiscalía, esa fue su motivación: la libertad para estar con su novio y la herencia de sus padres.
La noche del crimen, Suzane abrió la puerta de su propia casa para que Daniel y su hermano entraran a matar a sus padres con barras de hierro.
Y mientras sus padres morían a golpes, ella esperó abajo. Según su propio testimonio, escuchó los gritos de agonía y se tapó los oídos para no oírlos.
La Fiscalía la acusó de planear y ejecutar el asesinato de sus propios padres para quedarse con la herencia y vivir libre. La defensa alegó que era una adolescente manipulada por su novio. Y el país entero se preguntó: ¿una víctima de control familiar o una asesina fría y calculadora?