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Albert Fish: el monstruo detrás del rostro amable
Albert Fish caminaba por las calles de Nueva York como un anciano frágil, casi inofensivo. Pero detrás de esa apariencia se ocultaba uno de los criminales más perturbadores del siglo XX. La historia lo recuerda como “El Vampiro de Brooklyn”, “El Hombre Lobo de Wysteria” y “El Ogro Gris”.
Nacido en 1870, Fish creció entre el abandono, la violencia y el dolor físico. Desde joven desarrolló impulsos extremos: autolesiones, obsesiones religiosas retorcidas y una atracción enfermiza por el sufrimiento. Para él, el dolor no era castigo… era ritual.
Durante años secuestró, torturó y asesinó niños. Algunos crímenes jamás pudieron comprobarse del todo, otros quedaron escritos por su propia mano en cartas macabras enviadas a las familias de las víctimas. En ellas no pedía perdón: describía con frialdad lo ocurrido, como si narrara un experimento.
La ciencia intentó explicarlo: trastornos mentales severos, sadismo extremo, delirios místicos. Pero incluso los psiquiatras de la época admitieron que Fish desafiaba toda clasificación. ¿Era un enfermo? ¿Un producto del trauma? ¿O el ejemplo más oscuro de hasta dónde puede llegar la mente humana?
En 1936 fue ejecutado en la silla eléctrica. Dicen que sus últimas palabras fueron una mueca de dolor… irónicamente, aquello que tanto buscó en vida.
Albert Fish nos deja una pregunta incómoda:
¿El mal nace… o se construye?
Porque a veces, los verdaderos monstruos no viven en leyendas,
sino caminan entre nosotros,
con una sonrisa tranquila
y un secreto imposible de nombrar
By Rix/Capi/KeyAlbert Fish: el monstruo detrás del rostro amable
Albert Fish caminaba por las calles de Nueva York como un anciano frágil, casi inofensivo. Pero detrás de esa apariencia se ocultaba uno de los criminales más perturbadores del siglo XX. La historia lo recuerda como “El Vampiro de Brooklyn”, “El Hombre Lobo de Wysteria” y “El Ogro Gris”.
Nacido en 1870, Fish creció entre el abandono, la violencia y el dolor físico. Desde joven desarrolló impulsos extremos: autolesiones, obsesiones religiosas retorcidas y una atracción enfermiza por el sufrimiento. Para él, el dolor no era castigo… era ritual.
Durante años secuestró, torturó y asesinó niños. Algunos crímenes jamás pudieron comprobarse del todo, otros quedaron escritos por su propia mano en cartas macabras enviadas a las familias de las víctimas. En ellas no pedía perdón: describía con frialdad lo ocurrido, como si narrara un experimento.
La ciencia intentó explicarlo: trastornos mentales severos, sadismo extremo, delirios místicos. Pero incluso los psiquiatras de la época admitieron que Fish desafiaba toda clasificación. ¿Era un enfermo? ¿Un producto del trauma? ¿O el ejemplo más oscuro de hasta dónde puede llegar la mente humana?
En 1936 fue ejecutado en la silla eléctrica. Dicen que sus últimas palabras fueron una mueca de dolor… irónicamente, aquello que tanto buscó en vida.
Albert Fish nos deja una pregunta incómoda:
¿El mal nace… o se construye?
Porque a veces, los verdaderos monstruos no viven en leyendas,
sino caminan entre nosotros,
con una sonrisa tranquila
y un secreto imposible de nombrar

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