Su primer asesinato, en 1944, había salido exactamente como lo había planeado: el cuerpo se había disuelto en ácido y estaba seguro de que nadie descubriría nunca lo que había hecho. Así que, con eso en mente, John George Haigh se dispuso a repetir el proceso una y otra vez, siempre en busca del siguiente gran golpe.
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