Una señora bastante preocupada entró en su cuarto a la hora del crepúsculo; fue directamente a su escritorio y empezó a escribir, página tras
página, y cuando ya había pasado largo rato en este trabajo se sintió sola, tan sola que la soledad llegó a serle
opresiva.
Dejó su trabajo, y al mirar a su alrededor, se sorprendió grandemente al ver a su más íntima amiga reclinada en el sofá.
_¡Qué gozo siento al verte, estaba tan preocupada que ni siquiera me di cuenta cuando entraste! ¿Por qué no
me saludaste? y hubiera dejado mi trabajo luego.
-Porque estabas tan concentrada que no me oíste cuando entré, y no quise distraerte.
Así, es con el Espíritu Santo, El está con nosotros todo el tiempo, pero estamos tan ocupados que no le hacemos caso, y a veces, ni aún reconocemos Su presencia.
Así como cuando nos sentimos
solos en nuestro trabajo o en nuestras casas, la presencia de un amigo íntimo puede disipar nuestra soledad,
el Santo Espíritu puede disipar la soledad de nuestros corazones. Y cuando nos damos tiempo de mirar a nuestro alrededor, o más bien dentro de nosotros mismos, allí se encuentra Él, listo
para saludarnos, y acompañarnos.