Buceando el Evangelio

Buceando el Evangelio

By Jesús Rodrigo RodrigoReligion & Spirituality
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Buceando el Evangelio episodes

  • V Domingo Pascua: Sarmientos podados desde el cariño de Dios.
    En la parábola de la vid, Jesús no dice: “Vosotros sois la vid”, sino: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos” (Jn 15, 5). Y esto significa: “Así como los sarmientos están unidos a la vid, de igual modo vosotros me pertenecéis. Pero, perteneciendo a mí, pertenecéis también unos a otros”. Y este pertenecerse uno a otro y a Él, no entraña un tipo cualquiera de relación teórica, imaginaria, simbólica, sino –casi me atrevería a decir– un pertenecer a Jesucristo en sentido biológico, plenamente vital. La Iglesia es esa comunidad de vida con Jesucristo y de uno para con el otro, que está fundada en el Bautismo y se profundiza cada vez más en la Eucaristía. “Yo soy la verdadera vid”; pero esto significa en realidad: “Yo soy vosotros y vosotros sois yo”; una identificación inaudita del Señor con nosotros, con su Iglesia.
    Cristo mismo en aquella ocasión preguntó a Saulo, el perseguidor de la Iglesia, cerca de Damasco: “¿Por qué me persigues?” (Hch 9, 4). De ese modo, el Señor señala el destino común que se deriva de la íntima comunión de vida de su Iglesia con Él, el Resucitado. En este mundo, Él continúa viviendo en su Iglesia. Él está con nosotros, y nosotros estamos con Él. “¿Por qué me persigues?”. En definitiva, es a Jesús a quien los perseguidores de la Iglesia quieren atacar. Y, al mismo tiempo, esto significa que no estamos solos cuando nos oprimen a causa de nuestra fe. Jesucristo está en nosotros y con nosotros.
    En la parábola, el Señor Jesús dice una vez más: “Yo soy la vid verdadera, y el Padre es el labrador” (Jn 15, 1), y explica que el viñador toma la podadera, corta los sarmientos secos y poda aquellos que dan fruto para que den más fruto. Usando la imagen del profeta Ezequiel, como hemos escuchado en la primera lectura, Dios quiere arrancar de nuestro pecho el corazón muerto, de piedra, y darnos un corazón vivo, de carne (cf. Ez 36, 26). Quiere darnos vida nueva y llena de fuerza, un corazón de amor, de bondad y de paz. Cristo ha venido a llamar a los pecadores. Son ellos los que necesitan el médico, y no los sanos (cf. Lc 5, 31s). Y así, como dice el Concilio Vaticano II, la Iglesia es el “sacramento universal de salvación” (Lumen gentium 48) que existe para los pecadores, para nosotros, para abrirnos el camino de la conversión, de la curación y de la vida. Ésta es la constante y gran misión de la Iglesia, que le ha sido confiada por Cristo.
    Algunos miran a la Iglesia, quedándose en su apariencia exterior. De este modo, la Iglesia aparece únicamente como una organización más en una sociedad democrática, a tenor de cuyas normas y leyes se juzga y se trata una figura tan difícil de comprender como es la “Iglesia”. Si a esto se añade también la experiencia dolorosa de que en la Iglesia hay peces buenos y malos, trigo y cizaña, y si la mirada se fija sólo en las cosas negativas, entonces ya no se revela el misterio grande y bello de la Iglesia.
    Por tanto, ya no brota alegría alguna por el hecho de pertenecer a esta vid que es la “Iglesia”. La insatisfacción y el desencanto se difunden si no se realizan las propias ideas superficiales y erróneas acerca de la “Iglesia” y los “ideales sobre la Iglesia” que cada uno tiene. Entonces, cesa también el alegre canto: “Doy gracias al Señor, porque inmerecidamente me ha llamado a su Iglesia”, que generaciones de católicos han cantado con convicción.
    Pero volvamos al Evangelio. El Señor prosigue: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí… porque sin mí -separados de mí, podría traducirse también- no podéis hacer nada” (Jn 15, 4. 5b).
    Cada uno de nosotros ha de afrontar una decisión a este respecto. El Señor nos dice de nuevo en su parábola lo seria que ésta es: “Al que no permanece en mí lo tiran fuera como el sarmiento, y se seca; luego recogen los sarmientos desechados, los echan al fuego y allí se queman” (cf. Jn 15, 6). Sobre esto, comenta san Agustín: “El sarmiento ha de estar en uno de esos dos lugares: o en la vid o en el fuego; si no está en la vid estará en el fuego. Permaneced, pues, en la vid para libraros del fuego” (In Ioan. Ev. Tract., 81, 3 [PL 35, 1842]).
    La opción que se plantea nos hace comprender de forma insistente el significado fundamental de nuestra decisión de vida. Al mismo tiempo, la imagen de la vid es un signo de esperanza y confianza. Encarnándose, Cristo mismo ha venido a este mundo para ser nuestro fundamento. En cualquier necesidad y aridez, Él es la fuente de agua viva, que nos nutre y fortalece. Él en persona carga sobre sí el pecado, el miedo y el sufrimiento y, en definitiva, nos purifica y transforma misteriosamente en sarmientos buenos que dan vino bueno. En esos momentos de necesidad nos sentimos a veces aplastados bajo una prensa, como los racimos de uvas que son exprimidos completamente. Pero sabemos que, unidos a Cristo, nos convertimos en vino de solera. Dios sabe transformar en amor incluso las cosas difíciles y agobiantes de nuestra vida. Lo importante es que “permanezcamos” en la vid, en Cristo. En este breve pasaje, el evangelista usa la palabra “permanecer” una docena de veces. Este “permanecer-en-Cristo” caracteriza todo el discurso. En nuestro tiempo de inquietudes e indiferencia, en el que tanta gente pierde el rumbo y el fundamento; en el que la fidelidad del amor en el matrimonio y en la amistad se ha vuelto tan frágil y efímera; en el que desearíamos gritar, en medio de nuestras necesidades, como los discípulos de Emaús: “Señor, quédate con nosotros, porque anochece (cf. Lc 24, 29), sí, las tinieblas nos rodean”; el Señor resucitado nos ofrece en este tiempo un refugio, un lugar de luz, de esperanza y confianza, de paz y seguridad. Donde la aridez y la muerte amenazan a los sarmientos, allí en Cristo hay futuro, vida y alegría, allí hay siempre perdón y nuevo comienzo, transformación entrando en su amor.
    Permanecer en Cristo significa, como ya hemos visto, permanecer también en la Iglesia. Toda la comunidad de los creyentes está firmemente unida en Cristo, la vid. En Cristo, todos nosotros estamos unidos. En esta comunidad, Él nos sostiene y, al mismo tiempo, todos los miembros se sostienen recíprocamente. Juntos resistimos a las tempestades y ofrecemos protección unos a otros. Nosotros no creemos solos, creemos con toda la Iglesia de todo lugar y de todo tiempo, con la Iglesia que está en el cielo y en la tierra.
    La Iglesia como mensajera de la Palabra de Dios y dispensadora de los sacramentos nos une a Cristo, la verdadera vid. La Iglesia, en cuanto “plenitud y el complemento del Redentor” – como la llamaba Pío XII – (Mystici corporis, AAS 35 [1943] p. 230: “plenitudo et complementum Redemptoris”) es para nosotros prenda de la vida divina y mediadora de los frutos de los que habla la parábola de la vid. Así, la Iglesia es el don más bello de Dios. Por eso san Agustín podía decir: “Cada uno posee el Espíritu Santo en la medida en que uno ama a la Iglesia” (In Ioan. Ev. Tract. 32, 8 [PL 35, 1646]). Con la Iglesia y en la Iglesia podemos anunciar a todos los hombres que Cristo es la fuente de la vida, que Él está presente, que Él es la gran realidad que buscamos y anhelamos. Él se entrega a sí mismo y así nos da a Dios, la felicidad, el amor. Quien cree en Cristo, tiene futuro. Porque Dios no quiere lo que es árido, muerto, artificial, lo que al final es desechado, sino que quiere lo que es fecundo y vivo, la vida en abundancia, y Él nos da la vida en abundancia.
    Queridos hermanos y hermanas, deseo que todos vosotros y todos nosotros descubramos cada vez más profundamente la alegría de estar unidos a Cristo en la Iglesia –con todos sus afanes y sus oscuridades–, que encontréis en vuestras necesidades consuelo y redención y que todos lleguemos a ser el vino delicioso de la alegría y del amor de Cristo para este mundo. Amén.
    11 min
  • IV Domingo Pascua: Las tres características del Buen Pastor
    Cuando Pedro subió a Jerusalén, los fieles le reprocharon (cf. Hch 11, 1-8). Le reprocharon que había entrado en casa de los incircuncisos y comido con ellos, con los gentiles: eso no se podía hacer, era un pecado. La pureza de la ley no lo permitía. Pedro lo había hecho porque el Espíritu lo había llevado allí. Hay siempre en la Iglesia —y en la Iglesia primitiva mucho, porque el asunto no estaba claro— este espíritu de “nosotros somos los justos, los otros los pecadores”. Este “nosotros y los otros”, “nosotros y los otros”, las divisiones: “Nosotros tenemos la posición correcta ante Dios”. En cambio están “los otros”, también se dice que son los “condenados” ya. Y esta es una enfermedad de la Iglesia, una enfermedad que surge de las ideologías o de los partidos religiosos... Pensemos que en la época de Jesús había por lo menos cuatro partidos religiosos: el partido de los fariseos, el partido de los saduceos, el partido de los zelotes y el partido de los esenios, y cada uno interpretaba la ley según “la idea” que tenía. Y esta idea es una escuela “fuera de la ley” cuando es una forma de pensar, de sentir mundano que se hace intérprete de la ley. También le reprocharon a Jesús que entrara en casa de los publicanos —que eran pecadores, según ellos— y que comiera con ellos, con los pecadores, porque la pureza de la ley no lo permitía (cf. Mt 9,10-11); y que no se lavara las manos antes del almuerzo (cf. Mt 15, 2.20). Siempre ese reproche que crea la división: esto es lo importante, que quisiera subrayar.
    Hay ideas, posiciones que crean división, hasta el punto de que la división es más importante que la unidad. Mi idea es más importante que el Espíritu Santo que nos guía. Hay un cardenal “emérito” que vive aquí en el Vaticano, un buen pastor, que les decía a sus fieles: “La Iglesia es como un río, ¿saben? Algunos están más de este lado, otros del otro, pero lo importante es que todos están dentro del río”. Esa es la unidad de la Iglesia. Nadie fuera, todos dentro. Luego, con las peculiaridades: esto no es dividir, no es ideología, es lícito. ¿Pero por qué la Iglesia tiene este ancho de río? Es porque el Señor lo quiere así.
    El Señor, en el Evangelio, nos dice: «También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas debo conducir: escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, bajo un solo pastor» (Jn 10,16). El Señor dice: “Tengo ovejas por todas partes y soy el pastor de todos”. Este todos es muy importante en Jesús. Pensemos en la parábola del banquete nupcial (cf. Mt 22,1-10), cuando los invitados no querían ir: uno porque había comprado un campo, otro porque se había casado... todos dieron sus motivos para no ir. Y el rey se enfadó y dijo: «Id, pues, a los cruces de los caminos e invitad a la boda a todos los que encontréis» (v. 9). Todos. Grandes y pequeños, ricos y pobres, buenos y malos. Todos. Este “todos” es un poco la visión del Señor que vino por todos y murió por todos. “¿También murió por ese miserable que me hizo la vida imposible?” También murió por él. “¿Y por ese bandido?”: murió por él. Por todos. Y también por las personas que no creen en él o son de otras religiones. Murió por todos. Eso no significa que hay que hacer proselitismo, no. Pero murió por todos, justificó a todos.
    Aquí en Roma había una señora, una mujer buena, una profesora, la profesora [Maria Grazia] Mara, que cuando surgían dificultades por tantas cosas y había divisiones, decía: “Cristo murió por todos: ¡sigamos adelante!”. Esa capacidad constructiva. Tenemos un solo Redentor, una sola unidad: Cristo murió por todos. En cambio la tentación... Pablo también la sufrió: “Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de este, yo del otro...” (cf. 1Cor 3,1-9). Pensemos en nosotros, hace cincuenta años, en el postconcilio: las divisiones que sufrió la Iglesia. “Yo estoy de este lado, yo pienso así, tú así...”. Sí, es legítimo pensar así, pero en la unidad de la Iglesia, bajo el Pastor Jesús.
    Dos cosas. El reproche de los apóstoles a Pedro por haber entrado en casa de los paganos. Y Jesús que dice: “Yo soy el pastor de todos”. Soy el pastor de todos, y que dice: “Tengo otras ovejas, que no son de este redil. También a esas debo conducir. Escucharán mi voz y habrá un solo rebaño” (cf. Jn 10,16). Es la oración por la unidad de todos los hombres, porque todos, hombres y mujeres, todos tenemos un solo Pastor: Jesús.
    Que el Señor nos libere de esa psicología de la división, del dividir, y nos ayude a ver esto de Jesús, esta gran cosa de Jesús, que en Él todos somos hermanos y Él es el Pastor de todos. Que hoy esta palabra: todos, todos, nos acompañe durante todo el día.
    Papa Francisco
    13 min
  • III Domingo Pascua: Mostremos a Jesús nuestras manos y pies traspasados.
    Hoy, el Evangelio todavía nos sitúa en el domingo de la resurrección, cuando los dos de Emaús regresan a Jerusalén y, allí, mientras unos y otros cuentan que el Señor se les ha aparecido, el mismo Resucitado se les presenta. Pero su presencia es desconcertante. Por un lado provoca espanto, hasta el punto de que ellos «creían ver un espíritu» (Lc 24,37) y, por otro, su cuerpo traspasado por los clavos y la lanzada es un testimonio elocuente de que se trata del mismo Jesús, el crucificado: «Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo» (Lc 24,39).
    «Haz brillar sobre nosotros la luz de tu rostro, Señor», canta el salmo de la liturgia de hoy. Efectivamente, Jesús «abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras» (Lc 24,45). Es del todo urgente. Es necesario que los discípulos tengan una precisa y profunda comprensión de las Escrituras, ya que, en frase de san Jerónimo, «ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo».
    Pero esta compresión de la palabra de Dios no es un hecho que uno pueda gestionar privadamente, o con su congregación de amigos y conocidos. El Señor desveló el sentido de las Escrituras a la Iglesia en aquella comunidad pascual, presidida por Pedro y los otros Apóstoles, los cuales recibieron el encargo del Maestro de que «se predicara en su nombre (...) a todas las naciones» (Lc 24,47).
    Para ser testigos, por tanto, del auténtico Cristo, es urgente que los discípulos aprendan -en primer lugar- a reconocer su Cuerpo marcado por la pasión. Precisamente, un autor antiguo nos hace la siguiente recomendación: «Todo aquel que sabe que la Pascua ha sido sacrificada para él, ha de entender que su vida comienza cuando Cristo ha muerto para salvarnos». Además, el apóstol tiene que comprender inteligentemente las Escrituras, leídas a la luz del Espíritu de la verdad derramado sobre la Iglesia.
    13 min
  • II Domingo de Pascua: La "Shalom" transformadora de Jesús
    El domingo pasado celebramos la resurrección del Maestro, y hoy asistimos a la resurrección del discípulo. Había transcurrido una semana, una semana que los discípulos, aun habiendo visto al Resucitado, vivieron con temor, con «las puertas cerradas» (Jn 20,26), y ni siquiera lograron convencer de la resurrección a Tomás, el único ausente. ¿Qué hizo Jesús ante esa incredulidad temerosa? Regresó, se puso en el mismo lugar, «en medio» de los discípulos, y repitió el mismo saludo: «Paz a vosotros» (Jn 20,19.26). Volvió a empezar desde el principio. La resurrección del discípulo comenzó en ese momento, en esa misericordia fiel y paciente, en ese descubrimiento de que Dios no se cansa de tendernos la mano para levantarnos de nuestras caídas. Él quiere que lo veamos así, no como un patrón con quien tenemos que ajustar cuentas, sino como nuestro Papá, que nos levanta siempre. En la vida avanzamos a tientas, como un niño que empieza a caminar, pero se cae; da pocos pasos y vuelve a caerse; cae y se cae una y otra vez, y el papá lo levanta de nuevo. La mano que siempre nos levanta es la misericordia. Dios sabe que sin misericordia nos quedamos tirados en el suelo, que para caminar necesitamos que vuelvan a ponernos en pie.
    Y tú puedes objetar: “¡Pero yo sigo siempre cayendo!”. El Señor lo sabe y siempre está dispuesto a levantarnos. Él no quiere que pensemos continuamente en nuestras caídas, sino que lo miremos a Él, que en nuestras caídas ve a hijos a los que tiene que levantar y en nuestras miserias ve a hijos a los que tiene que amar con misericordia. Hoy, en esta iglesia que se ha convertido en santuario de la misericordia en Roma, en el Domingo que veinte años atrás san Juan Pablo II dedicó a la Divina Misericordia, acojamos con confianza este mensaje. Jesús le dijo a santa Faustina: «Yo soy el amor y la misericordia misma; no existe miseria que pueda medirse con mi misericordia» (Diario, 14 septiembre 1937). En otra ocasión, la santa le dijo a Jesús, con satisfacción, que le había ofrecido toda su vida, todo lo que tenía. Pero la respuesta de Jesús la desconcertó: «Hija mía, no me has ofrecido lo que es realmente tuyo». ¿Qué cosa había retenido para sí aquella santa religiosa? Jesús le dijo amablemente: «Hija, dame tu miseria» (10 octubre 1937). También nosotros podemos preguntarnos: “¿Le he entregado mi miseria al Señor? ¿Le he mostrado mis caídas para que me levante?”. ¿O hay algo que todavía me guardo dentro? Un pecado, un remordimiento del pasado, una herida en mi interior, un rencor hacia alguien, una idea sobre una persona determinada... El Señor espera que le presentemos nuestras miserias, para hacernos descubrir su misericordia.
    Volvamos a los discípulos. Habían abandonado al Señor durante la Pasión y se sentían culpables. Pero Jesús, cuando fue a encontrarse con ellos, no les dio largos sermones. Sabía que estaban heridos por dentro, y les mostró sus propias llagas. Tomás pudo tocarlas y descubrió lo que Jesús había sufrido por él, que lo había abandonado. En esas heridas tocó con sus propias manos la cercanía amorosa de Dios. Tomás, que había llegado tarde, cuando abrazó la misericordia superó a los otros discípulos; no creyó sólo en su resurrección, sino también en el amor infinito de Dios. E hizo la confesión de fe más sencilla y hermosa: «¡Señor mío y Dios mío!» (v. 28). Así se realiza la resurrección del discípulo, cuando su humanidad frágil y herida entra en la de Jesús. Allí se disipan las dudas, allí Dios se convierte en mi Dios, allí volvemos a aceptarnos a nosotros mismos y a amar la propia vida.
    Queridos hermanos y hermanas: En la prueba que estamos atravesando, también nosotros, como Tomás, con nuestros temores y nuestras dudas, nos reconocemos frágiles. Necesitamos al Señor, que ve en nosotros, más allá de nuestra fragilidad, una belleza perdurable. Con Él descubrimos que somos valiosos en nuestra debilidad, nos damos cuenta de que somos como cristales hermosísimos, frágiles y preciosos al mismo tiempo. Y si, como el cristal, somos transparentes ante Él, su luz, la luz de la misericordia brilla en nosotros y, por medio nuestro, en el mundo. Ese es el motivo para alegrarse, como nos dijo la Carta de Pedro, «alegraos de ello, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas» (1 P 1,6).
    En esta fiesta de la Divina Misericordia el anuncio más hermoso se da a través del discípulo que llegó más tarde. Sólo él faltaba, Tomás, pero el Señor lo esperó. La misericordia no abandona a quien se queda atrás. Ahora, mientras pensamos en una lenta y ardua recuperación de la pandemia, se insinúa justamente este peligro: olvidar al que se quedó atrás. El riesgo es que nos golpee un virus todavía peor, el del egoísmo indiferente, que se transmite al pensar que la vida mejora si me va mejor a mí, que todo irá bien si me va bien a mí. Se parte de esa idea y se sigue hasta llegar a seleccionar a las personas, descartar a los pobres e inmolar en el altar del progreso al que se queda atrás. Pero esta pandemia nos recuerda que no hay diferencias ni fronteras entre los que sufren: todos somos frágiles, iguales y valiosos. Que lo que está pasando nos sacuda por dentro. Es tiempo de eliminar las desigualdades, de reparar la injusticia que mina de raíz la salud de toda la humanidad. Aprendamos de la primera comunidad cristiana, que se describe en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Había recibido misericordia y vivía con misericordia: «Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2,44-45). No es ideología, es cristianismo.
    En esa comunidad, después de la resurrección de Jesús, sólo uno se había quedado atrás y los otros lo esperaron. Actualmente parece lo contrario: una pequeña parte de la humanidad avanzó, mientras la mayoría se quedó atrás. Y cada uno podría decir: “Son problemas complejos, no me toca a mí ocuparme de los necesitados, son otros los que tienen que hacerse cargo”. Santa Faustina, después de haberse encontrado con Jesús, escribió: «En un alma que sufre debemos ver a Jesús crucificado y no un parásito y una carga… [Señor], nos ofreces la oportunidad de ejercitarnos en las obras de misericordia y nosotros nos ejercitamos en los juicios» (Diario, 6 septiembre 1937). Pero un día, ella misma le presentó sus quejas a Jesús, porque: ser misericordiosos implica pasar por ingenuos. Le dijo: «Señor, a menudo abusan de mi bondad», y Jesús le respondió: «No importa, hija mía, no te fijes en eso, tú sé siempre misericordiosa con todos» (24 diciembre 1937). Con todos, no pensemos sólo en nuestros intereses, en intereses particulares. Aprovechemos esta prueba como una oportunidad para preparar el mañana de todos, sin descartar a ninguno: de todos. Porque sin una visión de conjunto nadie tendrá futuro.
    Hoy, el amor desarmado y desarmante de Jesús resucita el corazón del discípulo. Que también nosotros, como el apóstol Tomás, acojamos la misericordia, salvación del mundo, y seamos misericordiosos con el que es más débil. Sólo así reconstruiremos un mundo nuevo.
    Papa Francisco
    13 min
  • Vigilia Pascual: Ha resucitado para sacarnos de nuestros sepulcros.
    Hoy resuena en todo el mundo el anuncio de la Iglesia: “¡Jesucristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!”.
    Esta Buena Noticia se ha encendido como una llama nueva en la noche, en la noche de un mundo que enfrentaba ya desafíos cruciales y que ahora se encuentra abrumado por la pandemia, que somete a nuestra gran familia humana a una dura prueba. En esta noche resuena la voz de la Iglesia: «¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!» (Secuencia pascual).
    Es otro “contagio”, que se transmite de corazón a corazón, porque todo corazón humano espera esta Buena Noticia. Es el contagio de la esperanza: «¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!». No se trata de una fórmula mágica que hace desaparecer los problemas. No, no es eso la resurrección de Cristo, sino la victoria del amor sobre la raíz del mal, una victoria que no “pasa por encima” del sufrimiento y la muerte, sino que los traspasa, abriendo un camino en el abismo, transformando el mal en bien, signo distintivo del poder de Dios.
    El Resucitado no es otro que el Crucificado. Lleva en su cuerpo glorioso las llagas indelebles, heridas que se convierten en lumbreras de esperanza. A Él dirigimos nuestra mirada para que sane las heridas de la humanidad desolada.
    Hoy pienso sobre todo en los que han sido afectados directamente por el coronavirus: los enfermos, los que han fallecido y las familias que lloran por la muerte de sus seres queridos, y que en algunos casos ni siquiera han podido darles el último adiós. Que el Señor de la vida acoja consigo en su reino a los difuntos, y dé consuelo y esperanza a quienes aún están atravesando la prueba, especialmente a los ancianos y a las personas que están solas. Que conceda su consolación y las gracias necesarias a quienes se encuentran en condiciones de particular vulnerabilidad, como también a quienes trabajan en los centros de salud, o viven en los cuarteles y en las cárceles. Para muchos es una Pascua de soledad, vivida en medio de los numerosos lutos y dificultades que está provocando la pandemia, desde los sufrimientos físicos hasta los problemas económicos.
    Esta enfermedad no sólo nos está privando de los afectos, sino también de la posibilidad de recurrir en persona al consuelo que brota de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía y la Reconciliación. En muchos países no ha sido posible acercarse a ellos, pero el Señor no nos dejó solos. Permaneciendo unidos en la oración, estamos seguros de que Él nos cubre con su mano (cf. Sal 138,5), repitiéndonos con fuerza: No temas, «he resucitado y aún estoy contigo» (Antífona de ingreso de la Misa del día de Pascua, Misal Romano).
    Que Jesús, nuestra Pascua, conceda fortaleza y esperanza a los médicos y a los enfermeros, que en todas partes ofrecen un testimonio de cuidado y amor al prójimo hasta la extenuación de sus fuerzas y, no pocas veces, hasta el sacrificio de su propia salud. A ellos, como también a quienes trabajan asiduamente para garantizar los servicios esenciales necesarios para la convivencia civil, a las fuerzas del orden y a los militares, que en muchos países han contribuido a mitigar las dificultades y sufrimientos de la población, se dirige nuestro recuerdo afectuoso y nuestra gratitud.
    En estas semanas, la vida de millones de personas cambió repentinamente. Para muchos, permanecer en casa ha sido una ocasión para reflexionar, para detener el frenético ritmo de vida, para estar con los seres queridos y disfrutar de su compañía. Pero también es para muchos un tiempo de preocupación por el futuro que se presenta incierto, por el trabajo que corre el riesgo de perderse y por las demás consecuencias que la crisis actual trae consigo. Animo a quienes tienen responsabilidades políticas a trabajar activamente en favor del bien común de los ciudadanos, proporcionando los medios e instrumentos necesarios para permitir que todos puedan tener una vida digna y favorecer, cuando las circunstancias lo permitan, la reanudación de las habituales actividades cotidianas.
    Este no es el tiempo de la indiferencia, porque el mundo entero está sufriendo y tiene que estar unido para afrontar la pandemia. Que Jesús resucitado conceda esperanza a todos los pobres, a quienes viven en las periferias, a los prófugos y a los que no tienen un hogar. Que estos hermanos y hermanas más débiles, que habitan en las ciudades y periferias de cada rincón del mundo, no se sientan solos. Procuremos que no les falten los bienes de primera necesidad, más difíciles de conseguir ahora cuando muchos negocios están cerrados, como tampoco los medicamentos y, sobre todo, la posibilidad de una adecuada asistencia sanitaria. Considerando las circunstancias, se relajen además las sanciones internacionales de los países afectados, que les impiden ofrecer a los propios ciudadanos una ayuda adecuada, y se afronten —por parte de todos los Países— las grandes necesidades del momento, reduciendo, o incluso condonando, la deuda que pesa en los presupuestos de aquellos más pobres.
    Este no es el tiempo del egoísmo, porque el desafío que enfrentamos nos une a todos y no hace acepción de personas. Entre las numerosas zonas afectadas por el coronavirus, pienso especialmente en Europa. Después de la Segunda Guerra Mundial, este continente pudo resurgir gracias a un auténtico espíritu de solidaridad que le permitió superar las rivalidades del pasado. Es muy urgente, sobre todo en las circunstancias actuales, que esas rivalidades no recobren fuerza, sino que todos se reconozcan parte de una única familia y se sostengan mutuamente. Hoy, la Unión Europea se encuentra frente a un desafío histórico, del que dependerá no sólo su futuro, sino el del mundo entero. Que no pierda la ocasión para demostrar, una vez más, la solidaridad, incluso recurriendo a soluciones innovadoras. Es la única alternativa al egoísmo de los intereses particulares y a la tentación de volver al pasado, con el riesgo de poner a dura prueba la convivencia pacífica y el desarrollo de las próximas generaciones.
    Este no es tiempo de la división. Que Cristo, nuestra paz, ilumine a quienes tienen responsabilidades en los conflictos, para que tengan la valentía de adherir al llamamiento por un alto el fuego global e inmediato en todos los rincones del mundo. No es este el momento para seguir fabricando y vendiendo armas, gastando elevadas sumas de dinero que podrían usarse para cuidar personas y salvar vidas. Que sea en cambio el tiempo para poner fin a la larga guerra que ha ensangrentado a la amada Siria, al conflicto en Yemen y a las tensiones en Irak, como también en el Líbano. Que este sea el tiempo en el que los israelíes y los palestinos reanuden el diálogo, y que encuentren una solución estable y duradera que les permita a ambos vivir en paz. Que acaben los sufrimientos de la población que vive en las regiones orientales de Ucrania. Que se terminen los ataques terroristas perpetrados contra tantas personas inocentes en varios países de África.
    Este no es tiempo del olvido. Que la crisis que estamos afrontando no nos haga dejar de lado a tantas otras situaciones de emergencia que llevan consigo el sufrimiento de muchas personas. Que el Señor de la vida se muestre cercano a las poblaciones de Asia y África que están atravesando graves crisis humanitarias, como en la Región de Cabo Delgado, en el norte de Mozambique. Que reconforte el corazón de tantas personas refugiadas y desplazadas a causa de guerras, sequías y carestías. Que proteja a los numerosos migrantes y refugiados —muchos de ellos son niños—, que viven en condiciones insoportables, especialmente en Libia y en la frontera entre Grecia y Turquía. Y no quiero olvidar la isla de Lesbos. Que permita alcanzar soluciones prácticas e inmediatas en Venezuela, orientadas a facilitar la ayuda internacional a la población que sufre a causa de la grave coyuntura política, socioeconómica y sanitaria.
    Queridos hermanos y hermanas:
    Las palabras que realmente queremos escuchar en este tiempo no son indiferencia, egoísmo, división y olvido. ¡Queremos suprimirlas para siempre! Esas palabras pareciera que prevalecen cuando en nosotros triunfa el miedo y la muerte; es decir, cuando no dejamos que sea el Señor Jesús quien triunfe en nuestro corazón y en nuestra vida. Que Él, que ya venció la muerte abriéndonos el camino de la salvación eterna, disipe las tinieblas de nuestra pobre humanidad y nos introduzca en su día glorioso que no conoce ocaso.
    Con estas reflexiones, os deseo a todos una feliz Pascua.
    Papa Francisco
    14 min
  • Viernes Santo: Los dos Bar Abba en juicio.
    La Cruz […]es el cumplimiento definitivo de la revelación y de la historia de la Salvación. El peso de tu cruz, Señor, nos libera de todos nuestros pesos.
    De tu obediencia a la voluntad del Padre, nosotros podemos darnos cuenta de nuestra rebelión y desobediencia.
    En ti vendido, traicionado, puesto en el crucifijo por tu gente y tus seres queridos, nosotros vemos nuestras cotidianas traiciones y nuestras frecuentes infidelidades.
    De tu inocencia y tu corazón inmaculado, nosotros vemos nuestra culpabilidad.
    En tu rostro golpeado, escupido, desfigurado, nosotros vemos la brutalidad de nuestros pecados.
    En la crueldad de la Pasión, nosotros vemos la crueldad de nuestro corazón y de nuestras acciones.
    En tu sentimiento de abandono, nosotros vemos a todos los abandonados por la familia, la sociedad, a los que sufren la falta de atención y solidaridad.
    En tu cuerpo sacrificado, vilipendiado, martirizado, nosotros vemos los cuerpos de nuestros hermanos abandonados en las calles, desfigurados por nuestra negligencia.
    En tu sed Señor, nosotros vemos la sed de tu Padre misericordioso que en ti ha querido abrazar, perdonar y salvar a toda la humanidad.
    En tu divino amor, vemos a nuestros hermanos perseguidos, decapitados y crucificados por su fe, muchas veces bajos nuestra mirada y silencio cómplice.
    Señor, cubre nuestros corazones de sentimientos de fe, de esperanza, de caridad, de dolor por nuestros pecados y llévanos a arrepentirnos de los pecados que te han llevado a la crucifixión.
    Llévanos a trasformar nuestra conversión hecha de palabras en conversiones de vida y de obras.
    Llévanos a custodiar en nosotros un recuerdo vivo de tu rostro desfigurado para no olvidarnos jamás del incalculable precio que has pagado para liberarnos.
    Jesús crucificado, refuerza en nosotros la fe, que no se derrumbe de frente a las tentaciones. Revive en nosotros la esperanza, que no se pierda siguiendo las seducciones del mundo.
    Defiende en nosotros la caridad, que no se deje engañar de la corrupción y la mundanidad.
    Enséñanos que la Cruz es el camino de la redención, qué el Viernes Santo es el camino hacía la luz.
    Enséñanos que Dios no olvida jamás a ninguno de sus hijos y no se cansa jamás de perdonarnos y de abrazarnos con su infinita misericordia.
    Enséñanos también a no cansarnos nunca de pedir perdón y de creer en la misericordia sin límites del Padre.
    Alma de Cristo santifícanos, Cuerpo de Cristo sálvanos, Sangre de Cristo embriáganos, Agua del costado de Cristo báñanos, Pasión de Cristo confórtanos, Oh querido bondadoso Jesús escúchanos.
    Dentro de tus plagas escóndenos, no permitas que nos separemos de ti, del enemigo maligno defiéndenos.
    En la hora de nuestra muerte llámanos y ordena que nosotros vengamos a ti hasta que te alabemos junto a los santos por los siglos de los siglos. Amén.
    Papa Francisco
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  • Jueves Santo: Jesús lava los pies cansados de la humanidad
    Esto es conmovedor. Jesús que lava a los pies a sus discípulos. Pedro no comprende nada, lo rechaza. Pero Jesús se lo ha explicado. Jesús –Dios– ha hecho esto. Y Él mismo lo explica a los discípulos: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis» (Jn 13,12-15). Es el ejemplo del Señor: Él es el más importante y lava los pies porque, entre nosotros, el que está más en alto debe estar al servicio de los otros. Y esto es un símbolo, es un signo, ¿no? Lavar los pies es: «yo estoy a tu servicio». Y también nosotros, entre nosotros, no es que debamos lavarnos los pies todos los días los unos a los otros, pero entonces, ¿qué significa? Que debemos ayudarnos, los unos a los otros. A veces estoy enfadado con uno, o con una... pero... olvídalo, olvídalo, y si te pide un favor, hazlo. Ayudarse unos a otros: esto es lo que Jesús nos enseña y esto es lo que yo hago, y lo hago de corazón, porque es mi deber. Como sacerdote y como obispo debo estar a vuestro servicio. Pero es un deber que viene del corazón: lo amo. Amo esto y amo hacerlo porque el Señor así me lo ha enseñando. Pero también vosotros, ayudadnos: ayudadnos siempre. Los unos a los otros. Y así, ayudándonos, nos haremos bien. Ahora haremos esta ceremonia de lavarnos los pies y pensemos: que cada uno de nosotros piense: «¿Estoy verdaderamente dispuesta o dispuesto a servir, a ayudar al otro?». Pensemos esto, solamente. Y pensemos que este signo es una caricia de Jesús, que Él hace, porque Jesús ha venido precisamente para esto, para servir, para ayudarnos.
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  • Domingo de Ramos: Del Hosanna al Crucifícalo
    Jesús entra en Jerusalén. La muchedumbre de los discípulos lo acompaña festivamente; se extienden los mantos ante él, se habla de los prodigios que ha realizado, se eleva un grito de alabanza: «¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas» (Lc 19, 38).
    Gentío, fiesta, alabanza, bendición, paz: se respira un clima de alegría. Jesús ha despertado en el corazón muchas esperanzas, sobre todo entre la gente humilde, sencilla, pobre, olvidada, la que no cuenta a los ojos del mundo. Él ha sabido comprender las miserias humanas, ha mostrado el rostro de misericordia de Dios y se ha inclinado a curar el cuerpo y el alma.
    Este es Jesús. Este es su corazón, atento a todos nosotros, que ve nuestras enfermedades, nuestros pecados. Es grande el amor de Jesús. Y así, entra en Jerusalén con este amor, y nos mira a todos. Es una escena hermosa, llena de luz –la luz del amor de Jesús, de su corazón–, de alegría, de fiesta.
    Al inicio de la misa, nosotros también la hemos repetido. Hemos agitado nuestras palmas. Nosotros también hemos acogido al Señor; nosotros también hemos expresado la alegría de acompañarlo, de saber que está cerca, presente en nosotros y en medio de nosotros como un amigo, como un hermano, también como rey, es decir, como faro luminoso de nuestra vida. Jesús es Dios, pero se abajó a caminar con nosotros. Es nuestro amigo, nuestro hermano. Aquí nos alumbra en el camino. Y así lo hemos acogido hoy.
    Y esta es la primera palabra que quisiera deciros: ¡alegría! No seáis nunca hombres y mujeres tristes: ¡un cristiano jamás puede serlo! ¡Nunca os dejéis vencer por el desaliento! Nuestra alegría no nace de poseer muchas cosas, sino de habernos encontrado a una persona: a Jesús, que está entre nosotros; nace de saber que, con él, nunca estamos solos, ni siquiera en los momentos difíciles, aun cuando el camino de la vida tropieza con problemas y obstáculos que parecen insuperables, ¡y hay tantos! Y en ese momento viene el enemigo, viene el diablo –tantas veces disfrazado de ángel–, e insidiosamente nos dice su palabra. ¡No lo escuchéis! ¡Sigamos a Jesús! Nosotros acompañamos, seguimos a Jesús, pero sobre todo sabemos que él nos acompaña y nos lleva sobre sus hombros: en esto consiste nuestra alegría, la esperanza que debemos llevar a este mundo nuestro. Y, por favor, ¡no os dejéis robar la esperanza! ¡No os dejéis robar la esperanza, la que nos da Jesús!
    2 Segunda palabra: ¿Por qué Jesús entra en Jerusalén? O, tal vez mejor: ¿Cómo entra Jesús en Jerusalén? La multitud lo aclama como rey. Y él no se opone, no la hace callar (cf. Lc 19, 39-40). Pero ¿qué tipo de rey es Jesús? Mirémoslo: montado en un pollino, no tiene una corte que lo siga, no está rodeado por un ejército, símbolo de fuerza. Quienes lo acogen son gentes humildes, sencillas, que tienen la sensación de ver en Jesús algo más; tienen esa sensación de fe que dice: «Este es el Salvador». Jesús no entra en la Ciudad Santa para recibir los honores reservados a los reyes de la tierra, a quienes tienen poder, a quienes dominan; entra para ser azotado, insultado y ultrajado, como anuncia Isaías en la Primera Lectura (cf. Is 50, 6); entra para recibir una corona de espinas, una caña, un manto de púrpura: su realeza será objeto de burla; entra para subir al Calvario cargando un madero. Y esta es, pues, la segunda palabra: cruz. Jesús entra en Jerusalén para morir en la cruz. Y es precisamente ahí donde resplandece su ser rey según Dios: ¡su trono real es el madero de la cruz! Pienso en lo que decía Benedicto XVI a los cardenales: «Vosotros sois príncipes, pero de un rey crucificado». Ese es el trono de Jesús. Jesús toma sobre sí… ¿Por qué la cruz? Porque Jesús toma sobre sí el mal, la suciedad, el pecado del mundo –también el nuestro, el de todos nosotros–, y lo lava, lo lava con su sangre, con la misericordia, con el amor de Dios. Miremos a nuestro alrededor: ¡Cuántas heridas inflige el mal a la humanidad! Guerras, violencias, conflictos económicos que se abaten sobre los más débiles; la sed de dinero, de un dinero que al final nadie puede llevarse consigo, sino que lo debe dejar. Mi abuela nos decía cuando éramos niños: «El sudario no tiene bolsillos».
    ¡Amor al dinero, al poder; corrupción, divisiones, crímenes contra la vida humana y contra la creación! Y también –cada uno de nosotros lo sabe y lo conoce– nuestros pecados personales: las faltas de amor y de respeto a Dios, al prójimo y a toda la creación. Y Jesús en la cruz siente todo el peso del mal, y con la fuerza del amor de Dios lo vence, lo derrota en su resurrección. Este es el bien que Jesús nos hace a todos en el trono de la cruz. La cruz de Cristo, abrazada con amor, nunca conduce a la tristeza, sino a la alegría, a la alegría de ser salvados y de hacer un poquito lo que hizo él aquel día de su muerte.
    3 Hoy hay en esta plaza muchos jóvenes: ¡desde hace 28 años, el Domingo de Ramos es la Jornada de la Juventud! Y esta es la tercera palabra: ¡jóvenes! Queridos jóvenes: Os he visto en la procesión, cuando entrabais; os imagino de fiesta alrededor de Jesús, agitando las ramas de olivo; ¡os imagino mientras aclamáis su nombre y expresáis vuestra alegría de estar con él! ¡Vosotros desempeñáis un papel importante en la celebración de la fe! Nos traéis la alegría de la fe y nos decís que tenemos que vivir la fe con un corazón joven, siempre: ¡un corazón joven incluso a los setenta, a los ochenta años! ¡Corazón joven! ¡Con Cristo el corazón nunca envejece! Pero todos sabemos –y vosotros lo sabéis muy bien– que el Rey a quien seguimos y nos acompaña es muy especial: es un Rey que ama hasta la cruz y que nos enseña a servir, a amar. ¡Y vosotros no os avergonzáis de su cruz! Al contrario, la abrazáis porque habéis comprendido que la verdadera alegría está en la entrega de uno mismo, en la entrega de sí, en salir de uno mismo, y que él venció al mal con el amor de Dios. ¡Vosotros lleváis la cruz peregrina a través de todos los continentes, por los caminos del mundo! La lleváis respondiendo a la invitación de Jesús: «Id y haced discípulos de todos los pueblos» (cf. Mt 28, 19), que es el tema de la Jornada Mundial de la Juventud de este año.
    La lleváis para decir a todos que, en la cruz, Jesús derribó el muro de la enemistad, que separa a los hombres y a los pueblos, y trajo la reconciliación y la paz. Queridos amigos: Yo también me pongo en camino con vosotros, desde hoy, siguiendo las huellas del Beato Juan Pablo II y de Benedicto XVI. Ya estamos cerca de la próxima etapa de esta gran peregrinación de la cruz. ¡Aguardo con alegría el próximo mes de julio en Río de Janeiro! ¡Os doy cita en esa gran ciudad de Brasil! Preparaos bien, sobre todo espiritualmente en vuestras comunidades, para que ese encuentro sea un signo de fe para el mundo entero. Los jóvenes deben decir al mundo: Es bueno seguir a Jesús; es bueno ir con Jesús; es bueno el mensaje de Jesús; ¡es bueno salir de uno mismo, a las periferias del mundo y de la existencia, para llevar a Jesús! Tres palabras, pues: alegría, cruz, jóvenes.
    Pidamos la intercesión de la Virgen María. Ella nos enseña el gozo del encuentro con Cristo, el amor con que debemos contemplarlo al pie de la cruz, el entusiasmo del corazón joven con que debemos seguirlo en esta Semana Santa y durante toda nuestra vida. Que así sea.
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  • V Domingo Cuaresma: Morir para dar vida
    Nos puede ayudar a entenderlo lo que dice Jesús precisamente después de haber entrado en Jerusalén: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Juan 12, 24). Intentemos pensar en un grano o en una pequeña semilla, que cae en el terreno. Si permanece cerrado en sí mismo, no sucede nada; si en cambio se rompe, se abre, entonces da vida a una espiga, a un brote, después a una planta y la planta dará fruto.
    Jesús ha llevado al mundo una esperanza nueva y lo ha hecho como la semilla: se ha hecho pequeño pequeño, como un grano de trigo; ha dejado su gloria celeste para venir entre nosotros: ha “caído en la tierra”. Pero todavía no era suficiente. Para dar fruto Jesús ha vivido el amor hasta el fondo, dejándose romper por la muerte como una semilla se deja romper bajo tierra. Precisamente allí, en el punto extremo de su abajamiento —que es también el punto más alto del amor— ha germinado la esperanza. Si alguno de vosotros pregunta: “¿Cómo nace la esperanza?”. “De la cruz. Mira la cruz, mira al Cristo Crucificado y de allí te llegará la esperanza que ya no desaparece, esa que dura hasta la vida eterna”. Y esta esperanza ha germinado precisamente por la fuerza del amor: porque es el amor que «todo lo espera. Todo lo soporta» (1 Corintios 13, 7), el amor que es la vida de Dios ha renovado todo lo que ha alcanzado. Así, en Pascua, Jesús ha transformado, tomándolo sobre sí, nuestro pecado en perdón. Pero escuchad bien cómo es la transformación que hace la Pascua: Jesús ha transformado nuestro pecado en perdón, nuestra muerte en resurrección, nuestro miedo en confianza. Es por esto porque allí, en la cruz, ha nacido y renace siempre nuestra esperanza; es por esto que con Jesús cada oscuridad nuestra puede ser transformada en luz, toda derrota en victoria, toda desilusión en esperanza. Toda: sí, toda. La esperanza supera todo, porque nace del amor de Jesús que se ha hecho como el grano de trigo en la tierra y ha muerto para dar vida y de esa vida plena de amor viene la esperanza.
    Cuando elegimos la esperanza de Jesús, poco a poco descubrimos que la forma de vivir vencedora es la de la semilla, la del amor humilde. No hay otro camino para vencer el mal y dar esperanza al mundo. Pero vosotros podéis decirme: “¡No, es una lógica perdedora!”. Parecería así, que sea una lógica perdedora, porque quien ama pierde poder. ¿Habéis pensando en esto? Quien ama pierde poder, quien dona, se despoja de algo y amar es un don. En realidad la lógica de la semilla que muere, del amor humilde, es el camino de Dios, y solo esta da fruto. Lo vemos también en nosotros: poseer empuja siempre a querer otra cosa. He obtenido una cosa para mí y enseguida quiero una más grande, y así sucesivamente, y no estoy nunca satisfecho. ¡Esa es una sed fea! Cuando más tienes, más quieres. Quien es voraz no está nunca saciado. Y Jesús lo dice de forma clara: «El que ama su vida, la pierde» (Juan 12, 25). Tú eres voraz, buscas tener muchas cosas pero... perderás todo, también tu vida, es decir: quien ama lo propio y vive por sus intereses se hincha solo de sí mismo y pierde. Quien acepta, sin embargo, está disponible y sirve, vive a la forma de Dios: entonces es vencedor, se salva a sí mismo y a los otros: se convierte en semilla de esperanza para el mundo. Pero es bonito ayudar a los otros, servir a los otros... ¡Quizá nos cansaremos! Pero la vida es así y el corazón se llena de alegría y de esperanza. Esto es amor y esperanza juntos: servir y dar.
    Cierto, este amor verdadero pasa a través de la cruz, el sacrificio, como para Jesús. La cruz es el pasaje obligado, pero no es la meta, es un pasaje: la meta es la gloria, como nos muestra la Pascua. Y aquí nos ayuda otra imagen bellísima, que Jesús ha dejado a los discípulos durante la Última Cena. Dice: «La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora, pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto, por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo» (Juan 16, 21). Así es: donar la vida, no poseerla. Y esto es lo que hacen las madres: dan otra vida, sufren, pero después están alegres, felices porque han dado a luz otra vida. Da alegría; el amor da a luz la vida y da incluso sentido al dolor. El amor es el motor que hace ir adelante nuestra esperanza. Lo repito: el amor es el motor que hace ir adelante nuestra esperanza. Y cada uno de nosotros puede preguntarse: “¿Amo? ¿He aprendido a amar? ¿Aprendo todos los días a amar más?”, porque el amor es el motor que hace ir adelante nuestra esperanza.
    Queridos hermanos y hermanas, en estos días, días de amor, dejémonos envolver por el misterio de Jesús que, como grano de trigo, muriendo nos dona la vida. Es Él la semilla de nuestra esperanza. Contemplamos el Crucifijo, fuente de esperanza. Poco a poco entenderemos que esperar con Jesús es aprender a ver ya desde ahora la planta en la semilla, la Pascua en la cruz, la vida en la muerte. Quisiera ahora daros una tarea para hacer en casa. A todos nos hará bien deteneros delante del Crucifijo —todos vosotros tenéis uno en casa— mirarlo y decirle: “Contigo nada está perdido. Contigo puede siempre esperar. Tú eres mi esperanza”. Imaginamos ahora el Crucifijo y todos juntos decimos tres veces a Jesús Crucificado: “Tú eres mi esperanza”. Todos: “Tú eres mi esperanza”. ¡Más fuerte! “Tú eres mi esperanza”.
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  • IV Domingo Cuaresma: La elevación descendiente salvífica de Jesús
    El Evangelio de hoy nos vuelve a proponer las palabras que Jesús dirigió a Nicodemo: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito» (Jn 3, 16). Al escuchar estas palabras, dirijamos la mirada de nuestro corazón a Jesús Crucificado y sintamos dentro de nosotros que Dio nos ama, nos ama de verdad, y nos ama en gran medida. Esta es la expresión más sencilla que resume todo el Evangelio, toda la fe, toda la teología: Dios nos ama con amor gratuito y sin medida.
    Así nos ama Dios y este amor Dios lo demuestra ante todo en la creación, como proclama la liturgia, en la Plegaria eucarística IV: «A imagen tuya creaste al hombre y le encomendaste el universo entero, para que, sirviéndote sólo a ti, su Creador, dominara todo lo creado». En el origen del mundo está sólo el amor libre y gratuito del Padre. San Ireneo un santo de los primeros siglos escribe: «Dios no creó a Adán porque tenía necesidad del hombre, sino para tener a alguien a quien donar sus beneficios» (Adversus haereses, IV, 14, 1). Es así, el amor de Dios es así.
    Continúa así la Plegaria eucarística IV: «Y cuando por desobediencia perdió tu amistad, no lo abandonaste al poder de la muerte, sino que, compadecido, tendiste la mano a todos». Vino con su misericordia. Como en la creación, también en las etapas sucesivas de la historia de la salvación destaca la gratuidad del amor de Dios: el Señor elige a su pueblo no porque se lo merezca, sino porque es el más pequeño entre todos los pueblos, como dice Él. Y cuando llega «la plenitud de los tiempos», a pesar de que los hombres en más de una ocasión quebrantaron la alianza, Dios, en lugar de abandonarlos, estrechó con ellos un vínculo nuevo, en la sangre de Jesús —el vínculo de la nueva y eterna alianza—, un vínculo que jamás nada lo podrá romper.
    San Pablo nos recuerda: «Dios, rico en misericordia, —nunca olvidarlo, es rico en misericordia— por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo» (Ef 2, 4-5). La Cruz de Cristo es la prueba suprema de la misericordia y del amor de Dios por nosotros: Jesús nos amó «hasta el extremo» (Jn 13, 1), es decir, no sólo hasta el último instante de su vida terrena, sino hasta el límite extremo del amor. Si en la creación el Padre nos dio la prueba de su inmenso amor dándonos la vida, en la pasión y en la muerte de su Hijo nos dio la prueba de las pruebas: vino a sufrir y morir por nosotros. Así de grande es la misericordia de Dios: Él nos ama, nos perdona; Dios perdona todo y Dios perdona siempre.
    Que María, que es Madre de misericordia, nos ponga en el corazón la certeza de que somos amados por Dios; nos sea cercana en los momentos de dificultad y nos done los sentimientos de su Hijo, para que nuestro itinerario cuaresmal sea experiencia de perdón, acogida y caridad.
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