Buceando el Evangelio

Buceando el Evangelio

By Jesús Rodrigo RodrigoReligion & Spirituality
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Buceando el Evangelio episodes

  • III Domingo Cuaresma: Dos templos y dos ofrendas
    El Evangelio de hoy (Jn 2, 13-25) nos presenta el episodio de la expulsión de los vendedores del templo. Jesús «hizo un látigo con cuerdas, los echó a todos del Templo, con ovejas y bueyes» (v. 15), el dinero, todo. Tal gesto suscitó una fuerte impresión en la gente y en los discípulos. Aparece claramente como un gesto profético, tanto que algunos de los presentes le preguntaron a Jesús: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?» (v. 18), ¿quién eres para hacer estas cosas? Muéstranos una señal de que tienes realmente autoridad para hacerlas. Buscaban una señal divina, prodigiosa, que acreditara a Jesús como enviado de Dios. Y Él les respondió: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré» (v. 19). Le replicaron: «Cuarenta y seis años se ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?» (v. 20). No habían comprendido que el Señor se refería al templo vivo de su cuerpo, que sería destruido con la muerte en la cruz, pero que resucitaría al tercer día. Por eso, «en tres días». «Cuando resucitó de entre los muertos —comenta el evangelista—, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y creyeron a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús» (v. 22).
    En efecto, este gesto de Jesús y su mensaje profético se comprenden plenamente a la luz de su Pascua. Según el evangelista Juan, este es el primer anuncio de la muerte y resurrección de Cristo: su cuerpo, destruido en la cruz por la violencia del pecado, se convertirá con la Resurrección en lugar de la cita universal entre Dios y los hombres. Cristo resucitado es precisamente el lugar de la cita universal —de todos— entre Dios y los hombres. Por eso su humanidad es el verdadero templo en el que Dios se revela, habla, se lo puede encontrar; y los verdaderos adoradores de Dios no son los custodios del templo material, los detentadores del poder o del saber religioso, sino los que adoran a Dios «en espíritu y verdad» (Jn 4, 23).
    En este tiempo de Cuaresma nos estamos preparando para la celebración de la Pascua, en la que renovaremos las promesas de nuestro bautismo. Caminemos en el mundo como Jesús y hagamos de toda nuestra existencia un signo de su amor para nuestros hermanos, especialmente para los más débiles y los más pobres, construyamos para Dios un templo en nuestra vida. Y así lo hacemos «encontrable» para muchas personas que encontramos en nuestro camino. Si somos testigos de este Cristo vivo, mucha gente encontrará a Jesús en nosotros, en nuestro testimonio. Pero —nos preguntamos, y cada uno de nosotros puede preguntarse—, ¿se siente el Señor verdaderamente como en su casa en mi vida? ¿Le permitimos que haga «limpieza» en nuestro corazón y expulse a los ídolos, es decir, las actitudes de codicia, celos, mundanidad, envidia, odio, la costumbre de murmurar y «despellejar» a los demás? ¿Le permito que haga limpieza de todos los comportamientos contra Dios, contra el prójimo y contra nosotros mismos, como hemos escuchado hoy en la primera lectura? Cada uno puede responder a sí mismo, en silencio, en su corazón. «¿Permito que Jesús haga un poco de limpieza en mi corazón?». «Oh padre, tengo miedo de que me reprenda». Pero Jesús no reprende jamás. Jesús hará limpieza con ternura, con misericordia, con amor. La misericordia es su modo de hacer limpieza. Dejemos —cada uno de nosotros—, dejemos que el Señor entre con su misericordia —no con el látigo, no, sino con su misericordia— para hacer limpieza en nuestros corazones. El látigo de Jesús para nosotros es su misericordia. Abrámosle la puerta, para que haga un poco de limpieza.
    Cada Eucaristía que celebramos con fe nos hace crecer como templo vivo del Señor, gracias a la comunión con su Cuerpo crucificado y resucitado. Jesús conoce lo que hay en cada uno de nosotros, y también conoce nuestro deseo más ardiente: el de ser habitados por Él, sólo por Él. Dejémoslo entrar en nuestra vida, en nuestra familia, en nuestro corazón. Que María santísima, morada privilegiada del Hijo de Dios, nos acompañe y nos sostenga en el itinerario cuaresmal, para que redescubramos la belleza del encuentro con Cristo, que nos libera y nos salva.
    14 min
  • II Domingo Cuaresma: El "spoiler " de Jesús en el Monte Tabor
    En este domingo, la liturgia celebra la fiesta de la Transfiguración del Señor. La página evangélica de hoy cuenta que los apóstoles Pedro, Santiago y Juan fueron testigos de este suceso extraordinario. Jesús les tomó consigo «y los lleva aparte, a un monte alto» (Mateo 17, 1) y, mientras rezaba, su rostro cambió de aspecto, brillando como el sol, y sus ropas se convirtieron en cándidas como la luz. Aparecieron entonces Moisés y Elías, y empezaron a hablar con Él. En ese momento, Pedro dijo a Jesús: «Señor, bueno es que estemos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías» (v. 4). Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió.
    El evento de la Transfiguración del Señor nos ofrece un mensaje de esperanza —así seremos nosotros, con Él—: nos invita a encontrar a Jesús, para estar al servicio de los hermanos.
    La ascensión de los discípulos al monte Tabor nos induce a reflexionar sobre la importancia de separarse de las cosas mundanas, para cumplir un camino hacia lo alto y contemplar a Jesús. Se trata de ponernos a la escucha atenta y orante del Cristo, el Hijo amado del Padre, buscando momentos de oración que permiten la acogida dócil y alegre de la Palabra de Dios. En esta ascensión espiritual, en esta separación de las cosas mundanas, estamos llamados a redescubrir el silencio pacificador y regenerador de la meditación del Evangelio, de la lectura de la Biblia, que conduce hacia una meta rica de belleza, de esplendor y de alegría. Y cuando nosotros nos ponemos así, con la Biblia en la mano, en silencio, comenzamos a escuchar esta belleza interior, esta alegría que genera la Palabra de Dios en nosotros. En esta perspectiva, el tiempo estivo es momento providencial para acrecentar nuestro esfuerzo de búsqueda y de encuentro con el Señor. En este periodo, los estudiantes están libres de compromisos escolares y muchas familias se van de vacaciones; es importante que en el periodo de descanso y desconexión de las ocupaciones cotidianas, se puedan restaurar las fuerzas del cuerpo y del espíritu, profundizando el camino espiritual.
    Al finalizar la experiencia maravillosa de la Transfiguración, los discípulos bajaron del monte (cf v. 9) con ojos y corazón transfigurados por el encuentro con el Señor. Es el recorrido que podemos hacer también nosotros. El redescubrimiento cada vez más vivo de Jesús no es fin en sí mismo, pero nos lleva a «bajar del monte», cargados con la fuerza del Espíritu divino, para decidir nuevos pasos de conversión y para testimoniar constantemente la caridad, como ley de vida cotidiana. Transformados por la presencia de Cristo y del ardor de su palabra, seremos signo concreto del amor vivificante de Dios para todos nuestros hermanos, especialmente para quien sufre, para los que se encuentran en soledad y abandono, para los enfermos y para la multitud de hombres y de mujeres que, en distintas partes del mundo, son humillados por la injusticia, la prepotencia y la violencia. En la Transfiguración se oye la voz del Padre celeste que dice: «Este es mi hijo amado, ¡escuchadle!» (v. 5). Miremos a María, la Virgen de la escucha, siempre preparada a acoger y custodiar en el corazón cada palabra del Hijo divino (cf. Lucas 1, 51). Quiera nuestra Madre y Madre de Dios ayudarnos a entrar en sintonía con la Palabra de Dios, para que Cristo se convierta en luz y guía de toda nuestra vida. A Ella encomendamos las vacaciones de todos, para que sean serenas y provechosas, pero sobre todo el verano de los que no pueden tener vacaciones porque se lo impide la edad, por motivos de salud o de trabajo, las limitaciones económicas u otros problemas, para que aun así sea un tiempo de distensión, animado por las amistades y momentos felices.
    15 min
  • I Domingo Cuaresma: Convertíos y creed en el Evangelio
    Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
    El pasaje evangélico de este domingo (cf. Mc 1,14-20) nos muestra el “paso del testigo” —por así decir— de Juan el Bautista a Jesús. Juan ha sido su precursor, le ha preparado el terreno y le ha preparado el camino: ahora Jesús puede iniciar su misión y anunciar la salvación ya presente: Él es la salvación. Su predicación se sintetiza en estas palabras: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en el Evangelio» (v. 15). Simplemente. Jesús no usaba medias palabras. Es un mensaje que nos invita a reflexionar sobre dos temas esenciales: el tiempo y la conversión.
    En este texto del evangelista Marcos, hay que entender el tiempo como la duración de la historia de la salvación realizada por Dios; por tanto, el tiempo “cumplido” es aquel en el que esta acción salvífica llega a su culmen, a su plena actuación: es el momento histórico en el que Dios ha enviado al Hijo al mundo y su Reino se ha hecho más “cercano” que nunca. Se ha cumplido el tiempo de la salvación porque ha llegado Jesús.
    Sin embargo, la salvación no es automática; la salvación es un don de amor, y como tal, ofrecido a la libertad humana. Siempre, cuando se habla de amor, se habla de libertad. Un amor sin libertad no es amor. Puede ser interés, puede ser miedo, muchas cosas. Pero el amor siempre es libre. Y, siendo libre, requiere una respuesta libre: requiere nuestra conversión. Es decir, se trata de cambiar de mentalidad. Esta es la conversión: cambiar de mentalidad y cambiar de vida, no seguir más los modelos del mundo, sino el de Dios, que es Jesús, como hizo Jesús y como Él nos enseñó. Es un cambio decisivo de visión y de actitud. De hecho, el pecado —sobre todo el pecado de la mundanidad, que es como el aire, está por todas partes— trajo al mundo una mentalidad que tiende a la afirmación de uno mismo contra los demás, e incluso contra Dios. Esto es curioso: ¿cuál es tu identidad? Muchas veces sentimos que en el espíritu del mundo se expresa la propia identidad con términos “contra”. En el espíritu del mundo es difícil expresar la propia identidad con términos positivos y de salvación. Se hace contra los demás y contra Dios. Y a este fin, la mentalidad del mundo, la mentalidad del pecado, no duda en usar el engaño y la violencia. El engaño y la violencia. Vemos lo que sucede con el engaño y la violencia: codicia, deseo de poder y no de servicio, guerras, explotación de la gente… Esta es la mentalidad del engaño, que ciertamente tiene su origen en el padre del engaño, el gran mentiroso, el diablo. Él es el padre de la mentira, así lo define Jesús.
    A todo ello se opone el mensaje de Jesús, que nos invita a reconocernos necesitados de Dios y de su gracia; a mantener una actitud equilibrada frente a los bienes terrenos; a ser acogedores y humildes con todos; a conocernos y realizarnos a nosotros mismos mediante el encuentro y el servicio a los demás. Para cada uno de nosotros, el tiempo durante el que podemos acoger la redención es breve: es la duración de nuestra vida en este mundo. Es breve. Quizá parezca larga… Yo recuerdo que una vez fui a impartir los Sacramentos, la Unción de los enfermos, a un anciano muy bueno, muy bueno y él en ese momento, antes de recibir la Eucaristía y la Unción de los Enfermos, me dijo esta frase: “La vida se me ha pasado volando”; como diciendo: yo creía que era eterna, pero… “la vida se me ha pasado volando”. Así sentimos nosotros, los ancianos, la vida que se fue. Se va. Y la vida es un don del infinito amor de Dios, pero es también el tiempo de verificación de nuestro amor por Él. Por eso, cada momento, cada instante de nuestra existencia es un tiempo precioso para amar a Dios y para amar al prójimo, y así entrar en la vida eterna.
    La historia de nuestra vida tiene dos ritmos: uno, medible, hecho de horas, días, años; el otro, compuesto por las estaciones de nuestro desarrollo: nacimiento, infancia, adolescencia, madurez, vejez, muerte. Cada tiempo, cada fase, tiene un valor proprio y puede ser momento privilegiado de encuentro con el Señor. La fe nos ayuda a descubrir el significado espiritual de estos tiempos: cada uno de ellos contiene una llamada especial del Señor, a la que podemos dar una respuesta positiva o negativa. En el Evangelio vemos como respondieron Simón, Andrés, Santiago y Juan: eran hombres maduros, tenían su trabajo de pescadores, tenían la vida en familia… Y, sin embargo, cuando Jesús pasó y los llamó, «enseguida dejaron las redes y lo siguieron» (Mc 1,18).
    Queridos hermanos y hermanas, estemos atentos y no dejemos pasar a Jesús sin recibirlo. San Agustín decía: “Tengo miedo de Dios cuando pasa”. ¿Miedo de qué? De no reconocerlo, de no verlo de no acogerlo.
    Que la Virgen María nos ayude a vivir cada día, cada momento, como tiempo de salvación en el que el Señor pasa y nos llama a seguirlo, cada uno según su propia vida. Y nos ayude a convertirnos de la mentalidad del mundo, esa de las fantasías del mundo que son fuegos artificiales, a la del amor y del servicio.
    Papa Francisco
    12 min
  • Miércoles de Ceniza: Comienzo del Maratón personal hacia la Pascua
    Comenzamos la Cuaresma recibiendo las cenizas: “Recuerda que eres polvo y al polvo volverás” (cf. Gn 3,19). El polvo en la cabeza nos devuelve a la tierra, nos recuerda que procedemos de la tierra y que volveremos a la tierra. Es decir, somos débiles, frágiles, mortales. Respecto al correr de los siglos y los milenios, estamos de paso; ante la inmensidad de las galaxias y del espacio, somos diminutos. Somos polvo en el universo. Pero somos el polvo amado por Dios. Al Señor le complació recoger nuestro polvo en sus manos e infundirle su aliento de vida (cf. Gn 2,7). Así que somos polvo precioso, destinado a vivir para siempre. Somos la tierra sobre la que Dios ha vertido su cielo, el polvo que contiene sus sueños. Somos la esperanza de Dios, su tesoro, su gloria.
    La ceniza nos recuerda así el trayecto de nuestra existencia: del polvo a la vida. Somos polvo, tierra, arcilla, pero si nos dejamos moldear por las manos de Dios, nos convertimos en una maravilla. Y aún así, especialmente en las dificultades y la soledad, solamente vemos nuestro polvo. Pero el Señor nos anima: lo poco que somos tiene un valor infinito a sus ojos. Ánimo, nacimos para ser amados, nacimos para ser hijos de Dios.
    Queridos hermanos y hermanas: Al comienzo de la Cuaresma, necesitamos caer en la cuenta de esto. Porque la Cuaresma no es el tiempo para cargar con moralismos innecesarios a las personas, sino para reconocer que nuestras pobres cenizas son amadas por Dios. Es un tiempo de gracia, para acoger la mirada amorosa de Dios sobre nosotros y, sintiéndonos mirados así, cambiar de vida. Estamos en el mundo para caminar de las cenizas a la vida. Entonces, no pulvericemos la esperanza, no incineremos el sueño que Dios tiene sobre nosotros. No caigamos en la resignación. Y te preguntas: “¿Cómo puedo confiar? El mundo va mal, el miedo se extiende, hay mucha crueldad y la sociedad se está descristianizando...”. Pero, ¿no crees que Dios puede transformar nuestro polvo en gloria?
    La ceniza que nos imponen en nuestras cabezas sacude los pensamientos que tenemos en la mente. Nos recuerda que nosotros, hijos de Dios, no podemos vivir para ir tras el polvo que se desvanece. Una pregunta puede descender de nuestra cabeza al corazón: “Yo, ¿para qué vivo?”. Si vivo para las cosas del mundo que pasan, vuelvo al polvo, niego lo que Dios ha hecho en mí. Si vivo sólo para traer algo de dinero a casa y divertirme, para buscar algo de prestigio, para hacer un poco de carrera, vivo del polvo. Si juzgo mal la vida sólo porque no me toman suficientemente en consideración o no recibo de los demás lo que creo merecer, sigo mirando el polvo.
    No estamos en el mundo para esto. Valemos mucho más, vivimos para mucho más: para realizar el sueño de Dios, para amar. La ceniza se posa sobre nuestras cabezas para que el fuego del amor se encienda en los corazones. Porque somos ciudadanos del cielo y el amor a Dios y al prójimo es el pasaporte al cielo, es nuestro pasaporte. Los bienes terrenos que poseemos no nos servirán, son polvo que se desvanece, pero el amor que damos —en la familia, en el trabajo, en la Iglesia, en el mundo— nos salvará, permanecerá para siempre.
    La ceniza que recibimos nos recuerda un segundo camino, el opuesto, el que va de la vida al polvo. Miramos a nuestro alrededor y vemos polvo de muerte. Vidas reducidas a cenizas. Ruinas, destrucción, guerra. Vidas de niños inocentes no acogidos, vidas de pobres rechazados, vidas de ancianos descartados. Seguimos destruyéndonos, volviéndonos de nuevo al polvo. ¡Y cuánto polvo hay en nuestras relaciones! Miremos en nuestra casa, en nuestras familias: cuántos litigios, cuánta incapacidad para calmar los conflictos. ¡Qué difícil es disculparse, perdonar, comenzar de nuevo, mientras que reclamamos con tanta facilidad nuestros espacios y nuestros derechos! Hay tanto polvo que ensucia el amor y desfigura la vida. Incluso en la Iglesia, la casa de Dios, hemos dejado que se deposite tanto polvo, el polvo de la mundanidad.
    Y mirémonos dentro, en el corazón: ¡cuántas veces sofocamos el fuego de Dios con las cenizas de la hipocresía! La hipocresía es la inmundicia que hoy en el Evangelio Jesús nos pide que eliminemos. De hecho, el Señor no dice sólo hacer obras de caridad, orar y ayunar, sino cumplir todo esto sin simulación, sin doblez, sin hipocresía (cf. Mt 6,2.5.16). Sin embargo, cuántas veces hacemos algo sólo para ser estimados, para aparentar, para alimentar nuestro ego. Cuántas veces nos decimos cristianos y en nuestro corazón cedemos sin problemas a las pasiones que nos esclavizan. Cuántas veces predicamos una cosa y hacemos otra. Cuántas veces aparentamos ser buenos por fuera y guardamos rencores por dentro. Cuánta doblez tenemos en nuestro corazón... Es polvo que ensucia, ceniza que sofoca el fuego del amor.
    Necesitamos limpiar el polvo que se deposita en el corazón. ¿Cómo hacerlo? Nos ayuda la sincera llamada de san Pablo en la segunda lectura: “¡Dejaos reconciliar con Dios!”. Pablo no lo sugiere, lo pide: «En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20). Nosotros habríamos dicho: “¡Reconciliaos con Dios!”. Pero no, usa el pasivo: Dejaos reconciliar. Porque la santidad no es asunto nuestro, sino es gracia. Porque nosotros solos no somos capaces de eliminar el polvo que ensucia nuestros corazones. Porque sólo Jesús, que conoce y ama nuestro corazón, puede sanarlo. La Cuaresma es tiempo de curación.
    Entonces, ¿qué debemos hacer? En el camino hacia la Pascua podemos dar dos pasos: el primero, del polvo a la vida, de nuestra frágil humanidad a la humanidad de Jesús, que nos sana. Podemos ponernos delante del Crucifijo, quedarnos allí, mirar y repetir: “Jesús, tú me amas, transfórmame... Jesús, tú me amas, transfórmame...”. Y después de haber acogido su amor, después de haber llorado ante este amor, se da el segundo paso, para no volver a caer de la vida al polvo. Se va a recibir el perdón de Dios, en la confesión, porque allí el fuego del amor de Dios consume las cenizas de nuestro pecado. El abrazo del Padre en la confesión nos renueva por dentro, limpia nuestro corazón. Dejémonos reconciliar para vivir como hijos amados, como pecadores perdonados, como enfermos sanados, como caminantes acompañados. Dejémonos amar para amar. Dejémonos levantar para caminar hacia la meta, la Pascua. Tendremos la alegría de descubrir que Dios nos resucita de nuestras cenizas.
    17 min
  • VI Domingo T.O: Señor, si quieres puedes limpiarme.
    «Señor, si quieres, puedes limpiarme» (Lc 5, 12): la petición que hemos escuchado es la que un leproso dirige a Jesús. Este hombre no pide solamente ser curado, sino ser «purificado», es decir curado integralmente, en el cuerpo y en el corazón. En efecto, la lepra era considerada una forma de maldición de Dios, de impureza profunda. El leproso tenía que permanecer alejado de todos; no podía acceder al templo y a ningún servicio divino. Lejos de Dios y lejos de los hombres. Triste vida la de esta gente.
    No obstante esto, ese leproso no se resigna ni ante la enfermedad ni ante las disposiciones que hacen de él un excluido. Para llegar a Jesús, no teme quebrantar la ley y entra en la ciudad —algo que no debía hacer, le estaba prohibido—, y al encontrarlo «se echó rostro en tierra, y le rogó diciendo: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”» (v. 12). Todo aquello que hace y dice este hombre considerado impuro es la expresión de su fe. Reconoce el poder de Jesús: está seguro de que tiene el poder de curarlo y que todo depende de su voluntad. Esta fe es la fuerza que le permitió romper con las normas y buscar el encuentro con Jesús; y, postrándose ante Él, lo llama «Señor». La súplica del leproso muestra que cuando nos presentamos a Jesús no es necesario hacer largos discursos. Son suficiente pocas palabras, siempre que vayan acompañadas por la plena confianza en su omnipotencia y en su bondad. Confiar en la voluntad de Dios significa, en efecto, situarnos ante su infinita misericordia. También yo os haré una confesión personal. Por la noche, antes de ir a la cama, rezo esta breve oración: «Señor, si quieres, puedes limpiarme». Y rezo cinco «Padrenuestro», uno por cada llaga de Jesús, porque Jesús nos ha purificado con las llagas. Y si esto lo hago yo, lo podéis hacer también vosotros, en vuestra casa, y decir: «Señor, si quieres, puedes limpiarme» y pensar en las llagas de Jesús y decir un «Padrenuestro» por cada una de ellas. Jesús nos escucha siempre.
    Jesús siente profunda compasión por este hombre. El Evangelio de Marcos destaca que «compadecido de él, extendió su mano, le tocó y le dijo: “Quiero; queda limpio”» (1, 41). El gesto de Jesús acompaña sus palabras y hace que sea más explícita su enseñanza. Contra las disposiciones de la Ley de Moisés, que prohibía acercarse a un leproso (cf. Lv 13, 45-46), Jesús extiende la mano e incluso lo toca. ¡Cuántas veces nosotros encontramos a un pobre que se nos acerca! Podemos ser incluso generosos, podemos tener compasión, pero normalmente no lo tocamos. Le damos la moneda, la tiramos allí, pero evitamos tocar la mano. Y olvidamos que ese es el cuerpo de Cristo. Jesús nos enseña a no tener miedo de tocar al pobre y al excluido, porque Él está en ellos. Tocar al pobre puede purificarnos de la hipocresía e inquietarnos por su condición. Tocar a los excluidos. Hoy me acompañan aquí estos jóvenes. Muchos piensan que hubiese sido mejor permanecer en su tierra, pero allí sufrían mucho. Son nuestros refugiados, pero muchos los consideran excluidos. Por favor, ¡son nuestros hermanos! El cristiano no excluye a nadie, hace espacio a todos.
    Después de curar al leproso, Jesús le manda que no hable de ello con nadie, pero le dice: «Vete, muéstrate al sacerdote y haz la ofrenda por tu purificación como prescribió Moisés, para que les sirva de testimonio» (v. 14). Esta disposición de Jesús muestra al menos tres cosas. La primera: la gracia que obra en nosotros no busca el sensacionalismo. A menudo se mueve con discreción y sin clamor. Para curar nuestras heridas y guiarnos por la senda de la santidad ella trabaja modelando pacientemente nuestro corazón según el Corazón del Señor, de tal modo que asimilemos cada vez más sus pensamientos y sentimientos. La segunda: haciendo verificar oficialmente por los sacerdotes la curación realizada y celebrando un sacrificio expiatorio, el leproso es readmitido en la comunidad de los creyentes y en la vida social. Su reintegro completa la curación. Como él mismo lo había suplicado, ahora está completamente purificado. Por último, presentándose a los sacerdotes el leproso testimonia ante ellos acerca de Jesús y su autoridad mesiánica. La fuerza de la compasión con la cual Jesús curó al leproso condujo la fe de este hombre a abrirse a la misión. Era un excluido, ahora es uno de nosotros.
    Pensemos en nosotros, en nuestras miserias... Cada uno tiene las propias. Pensemos con sinceridad. Cuántas veces las tapamos con la hipocresía de las «buenas formas». Y precisamente entonces es necesario estar solos, ponerse de rodillas ante Dios y rezar: «Señor, si quieres, puedes limpiarme». Hacedlo, hacedlo antes de ir a la cama, todas la noches. Y ahora digamos juntos esta hermosa oración: «Señor, si quieres, puedes limpiarme».
    14 min
  • Domingo v T.O: Todo el mundo te busca
    Hoy el Evangelio nos muestra cómo Jesús va a la sinagoga de Nazaret, el pueblo donde se había criado. El sábado es el día dedicado al Señor y los judíos se reúnen para escuchar la Palabra de Dios. Jesús va cada sábado a la sinagoga y allí enseña, no como los escribas y fariseos, sino como quien tiene autoridad (cf. Mc 1,22).
    Dios nos habla también hoy mediante la Escritura. En la sinagoga se leen las Escrituras y, después, uno de los entendidos se ocupaba de comentarlas, mostrando su sentido y el mensaje que Dios quiere transmitir a través de ellas. Se atribuye a san Agustín la siguiente reflexión: «Así como en la oración nosotros hablamos con Dios, en la lectura es Dios quien nos habla».
    El hecho de que Jesús, Hijo de Dios, sea conocido entre sus conciudadanos por su trabajo, nos ofrece una perspectiva insospechada para nuestra vida ordinaria. El trabajo profesional de cada uno de nosotros es medio de encuentro con Dios y, por tanto, realidad santificable y santificadora. Con palabras de san Josemaría Escrivá: «Vuestra vocación humana es parte, y parte importante, de vuestra vocación divina. Ésta es la razón por la cual os tenéis que santificar, contribuyendo al mismo tiempo a la santificación de los demás, de vuestros iguales, precisamente santificando vuestro trabajo y vuestro ambiente: esa profesión u oficio que llena vuestros días, que da fisonomía peculiar a vuestra personalidad humana, que es vuestra manera de estar en el mundo; ese hogar, esa familia vuestra; y esa nación, en que habéis nacido y a la que amáis».
    Acaba el pasaje del Evangelio diciendo que Jesús «no podía hacer allí ningún milagro (...). Y se maravilló de su falta de fe» (Mc 6,5-6). También hoy el Señor nos pide más fe en Él para realizar cosas que superan nuestras posibilidades humanas. Los milagros manifiestan el poder de Dios y la necesidad que tenemos de Él en nuestra vida de cada día.
    13 min
  • IV Domingo T.O: Jesús enseñaba con autoridad
    «La doble vida de los pastores es una herida en la Iglesia»: pero si incluso han perdido la autoridad, que viene solo de la «cercanía a Dios y a la gente», no deben nunca perder la esperanza de encontrar «coherencia» y capacidad de «conmoverse». Celebrando la misa en Santa Marta, el martes 9 de enero, el Papa Francisco puso en guardia a los pastores sobre «celebrar los sacramentos mecánicamente, como un papagayo», y sobre abrir la puerta a la gente solo en horarios fijos. Porque perderían la autoridad, de hecho, incluso si predicaran la verdad no podrían entender los problemas de la gente ni llegarles al corazón.
    «En el pasaje del Evangelio que hemos escuchado dos veces se dice la palabra “autoridad”» hizo presente inmediatamente el Pontífice, refiriéndose al pasaje del evangelista Marcos (1, 21-28) propuesto por la liturgia. En la sinagoga de Cafarnaúm, de hecho, explicó repitiendo las palabras del Evangelio «la gente estaba conmocionada “por su enseñanza: él, de hecho, les enseñaba como uno que tiene autoridad y no como los escribas”».
    Es evidente, continuó Francisco, que estamos frente a «una enseñanza nueva, impartida con autoridad: “Manda incluso a los espíritus impuros ¡y le obedecen!”». Y «la novedad de Jesús es esta autoridad» afirmó el Papa. Porque «la gente estaba acostumbrada a los escribas, a los doctores de la ley: ellos hablaban y la gente pensaba en otra cosa, porque lo que decían no llegaba al corazón». Y así «hablaban de ideas, de doctrinas, también de la ley y decían la verdad: esto es cierto, hasta el punto de que Jesús dice a la gente: “escuchadles, haced lo que os dicen”».
    Por lo tanto, los doctores de la ley «decían la verdad, pero no llegaba al corazón, estaba todo calmado, tranquilo» remarcó el Papa, haciendo presente que «en cambio, la enseñanza de Jesús provoca estupor», el «movimiento en el corazón: “¿Pero qué sucede?”». Así, «la gente lo sigue, va detrás de Él porque entiende lo que dice aquel hombre y lo dice con autoridad».
    A este respecto, Francisco invitó a reflexionar bien sobre el concepto de autoridad. De hecho, precisó, «la autoridad no es: “yo mando, tú haces”. No, es otra cosa, es un don, es una coherencia». Y «Jesús recibió este don de la autoridad: dicen don, no sé si es justa la palabra, pero Él lo recibió». Así, «cuando, al final del Evangelio de Mateo, se lee el envío de los apóstoles en misión por el mundo, Él dice: se me ha dado cada autoridad, sobre el cielo y la tierra. Yo soy un hombre de autoridad. Id, pero con esta autoridad». Como diciendo: Id «con esta coherencia».
    «Es una autoridad divina, que viene de Dios» afirmó de nuevo el Papa. Por eso, «cuando los discípulos lo interrogan sobre la fecha del fin del mundo Él dice: “Ninguno lo sabe, ni siquiera el Hijo”. Es un tiempo que tiene el Padre en su autoridad». Y «esto es lo que Jesús tenía, como pastor y el pueblo hablaba de una “enseñanza nueva”, un modo de enseñar nuevo que asombraba, llegaba al corazón. No como los escribas». Jesús, repitió el Papa, «enseñaba con autoridad: era un pastor que enseñaba con autoridad».
    «¿Pero qué hacían los escribas?» se preguntó el Pontífice. «Ellos —respondió— enseñaban las cosas que habían aprendido: en la escuela rabínica, que era la Universidad de aquel tiempo, leyendo la Torá. Enseñaban la verdad. No enseñaban cosas malas: ¡absolutamente no! Enseñaban las cosas verdaderas de la ley»: pero no llegaban a la gente «porque ellos enseñaban precisamente desde la cátedra y no se interesaban por la gente». «Porque lo que da autoridad —una de las cosas que da la autoridad— es la cercanía y Jesús tenía autoridad porque se acercaba a la gente» subrayó Francisco. De este modo, «él “entendía” los problemas de la gente, entendía los dolores de la gente, entendía los pecados de la gente». Por ejemplo, explicó el Papa, Jesús «entendió bien que aquel paralítico en la piscina de Betsaida era un pecador» y «después de haberlo sanado, ¿qué le dijo? “No peques más”. Lo mismo dijo a la adúltera».
    El Señor podía decir estas palabras, continuó el Pontífice «porque era cercano, entendía, acogía, curaba y enseñaba con cercanía». Por lo tanto, «lo que a un pastor le da autoridad o despierta la autoridad que ha sido dada por el Padre es la cercanía: cercanía a Dios en la oración —un pastor que no reza, un pastor que no busca a Dios ha perdido parte— y la cercanía a la gente» Es un hecho, añadió, que «el pastor separado de la gente no llega a la gente con el mensaje».
    Por eso, insistió Francisco, es necesaria «cercanía, esta doble cercanía». Y «esta es la “unción” del pastor que se conmueve frente al don de Dios en la oración y se puede conmover frente a los pecados, el problema, las enfermedades de la gente: deja conmover al pastor».
    En cambio. «estos escribas, esta gente no se dejaba conmover: habían perdido esa capacidad, porque no eran cercanos y no eran cercanos ni a la gente ni a Dios» reafirmó el Papa. Y «cuando se pierde esta cercanía, ¿dónde termina el pastor? En la incoherencia de la vida». Jesús, señaló Francisco, «es claro en esto: “Haced lo que dicen” —dicen la verdad— “pero no lo que hacen”». Es la cuestión de la «doble vida».
    «Es feo ver pastores de doble vida: es una herida en la Iglesia», dijo el Papa. Es feo ver «a pastores enfermos, que han perdido la autoridad y avanzan en esta doble vida». Pero, añadió, «hay tantos modos de llevar adelante la doble vida y Jesús es muy fuerte con ellos: no solo dice a la gente que les escuchen, sino que no hagan lo que hacen. Pero a ellos, ¿qué les dice? “Vosotros sois sepulcros blanqueados”: hermosísimos en la doctrina, por fuera; pero dentro, putrefacción». Y precisamente «este es el final del pastor que no tiene cercanía con Dios en la oración y con la gente en la compasión».
    Tal vez, afirmó el Papa, algún pastor podría reconocer haber «perdido la cercanía» diciéndose a sí mismo: «no rezo; cuando celebro los sacramentos lo hago mecánicamente, como un papagayo; la gente me cansa; estoy disponible para la gente de tal hora a tal hora, pongo el cartel en la puerta; no soy cercano: ¿He perdido todo, padre?”».
    A este respecto, confió Francisco, «me viene al corazón una figura bíblica de un sacerdote que me produce ternura: pecador, pero da ternura». Es la historia «del viejo Elí, presentada en la lectura bíblica del primer libro de Samuel (1, 9-20). Elí «era un débil, había perdido la cercanía a Dios y a la gente y dejaba hacer», explicó Francisco, evidenciando que «los hijos maltrataban a la gente, eran sacerdotes, llevaban adelante las cosas y él les dejaba, pero estaba allí, siempre, no había dejado el templo». Un día, Elí vio a Ana rezar «y algo llamó la atención sobre aquella mujer y la miró», pensando que estuviera «ebria». De ahí, su invitación a ir a casa para pasar la embriaguez.
    Pero Ana, se lee en el pasaje del Antiguo testamento, reveló a Elí que no estaba bebida, sino sobre todo «amargada por esto, por esto, por esto». Responde, de hecho, Ana: «no consideres a tu esclava una mujer perversa, porque hasta ahora me ha hecho hablar del exceso de mi dolor y de mi angustia». Y precisamente «mientras ellas hablaba —señaló el Pontífice— él fue capaz de acercarse a aquel corazón: el fuego sacardotal salió de debajo de las cenizas de una vida mediocre, no buena, de pastor». Y entonces él respondió a la mujer: «Ve en paz y que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido».
    Por lo tanto, Elí, «que había perdido la cercanía con Dios y con la gente —continuó el Papa— por curiosidad se acercó a una mujer, pero después de escucharla se dio cuenta de que se había equivocado y salió de su corazón la bendición y la profecía». Y Francisco quiso reproponer la actualidad de la historia de Elí: «Yo diré a los pastores que han vivido la vida separados de Dios y del pueblo, de la gente: no perdáis la esperanza, siempre está la posibilidad». Tanto que a Elí «le fue suficiente mirar, acercarse a una mujer, escucharla y despertar la autoridad para bendecir y profetizar: esa profecía se hizo y el hijo vino a la mujer».
    «La autoridad —concluyó el Papa— es regalo de Dios, viene solo de Él y Jesús se la da a los suyos: autoridad al hablar que viene de la cercanía con Dios y con la gente, siempre ambas juntas; autoridad que es coherencia, no doble vida». Y «si un pastor pierde la autoridad, que al menos no pierda la esperanza, como Elí: hay siempre tiempo de acercarse y redespertar la autoridad y la profecía».
    13 min
  • III Domingo T.O: Os haré pescadores de hombres.
    El Evangelio de hoy (cf. Mateo 4, 12-23) narra el inicio de la predicación de Jesús en Galilea. Él deja Nazaret, una aldea de las montañas, y se establece en Cafarnaúm, un centro importante a orillas del lago, habitado en su mayor parte por paganos, punto de cruce entre el Mediterráneo y el interior mesopotámico. Esta elección indica que los destinatarios de su predicación no son sólo sus compatriotas, sino todos los que llegan a la cosmopolita «Galilea de los gentiles» (v 15; cf. Isaías 8, 23): así se llamaba. Vista desde la capital Jerusalén, aquella tierra es geográficamente periférica y religiosamente impura, porque estaba llena de paganos, por la mezcla con quienes no pertenecían a Israel. Ciertamente de Galilea no se esperaban grandes cosas para la historia de la salvación. Y sin embargo, justamente desde allí — justo desde allí— se difunde aquella “luz” sobre la cual hemos meditado los domingos pasados: la luz de Cristo. Se difunde precisamente desde la periferia. El mensaje de Jesús reproduce el del Bautista, proclamando el «Reino de los Cielos» (v. 17). Este Reino no conlleva la instauración de un nuevo poder político, sino el cumplimiento de la alianza entre Dios y su pueblo, que inaugurará un periodo de paz y de justicia. Para estrechar este pacto de alianza con Dios, cada uno está llamado a convertirse, transformando su propio modo de pensar y de vivir. Esto es importante: convertirse no solo es cambiar la manera de vivir, sino también el modo de pensar. Es una transformación del pensamiento. No se trata de cambiar la ropa, ¡sino las costumbres! Lo que diferencia a Jesús de Juan Bautista es el estilo y el método. Jesús elige ser un profeta itinerante. No se queda esperando a la gente, sino que se dirige a su encuentro. ¡Jesús está siempre en la calle! Sus primeras salidas misioneras tienen lugar alrededor del lago de Galilea, en contacto con la muchedumbre, en particular con los pescadores. Allí Jesús no sólo proclama la llegada del Reino de Dios, sino que busca compañeros que se asocien a su misión de salvación. En este mismo lugar encuentra dos parejas de hermanos: Simón y Andrés, Santiago y Juan; les llama diciendo: «Venid conmigo y los haré pescadores de hombres» (v. 19). La llamada les llega en plena actividad de cada día: el Señor se nos revela no de manera extraordinaria o asombrosa, sino en la cotidianidad de nuestra vida. Ahí debemos encontrar al Señor; y ahí Él se revela, hace sentir su amor a nuestro corazón; y ahí —con este diálogo con Él en la cotidianidad de nuestra vida— cambia nuestro corazón. La respuesta de los cuatro pescadores es rápida e inmediata: «al instante, dejando las redes, le siguieron» (v. 20). Sabemos efectivamente que habían sido discípulos del Bautista y que, gracias a su testimonio, ya habían empezado a creer en Jesús como el Mesías (cf. Juan 1, 35-42).
    Nosotros, cristianos de hoy en día, tenemos la alegría de proclamar y testimoniar nuestra fe, porque hubo ese primer anuncio, porque existieron esos hombres humildes y valientes que respondieron generosamente a la llamada de Jesús. A orillas del lago, en una tierra impensable, nació la primera comunidad de discípulos de Cristo. Que la conciencia de estos inicios suscite en nosotros el deseo de llevar la palabra, el amor y la ternura de Jesús a todo contexto, incluso a aquel más dificultoso y resistente. ¡Llevar la Palabra a todas las periferias! Todos los espacios del vivir humano son terreno al que arrojar las semillas del Evangelio, para que dé frutos de salvación.
    Que la Virgen María nos ayude con su maternal intercesión a responder con alegría a la llamada de Jesús, a ponernos al servicio del Reino de Dios.
    Papa Francisco
    12 min
  • II Domingo Tiempo Ordinario: Este es el Cordero de Dios.
    San Juan nos narra el encuentro de Jesús con varios discípulos de Juan el Bautista. Si la pregunta de Jesús es curiosa: “¿qué buscáis?”, más lo es la de los discípulos: “maestro, ¿dónde vives?”. Lo normal en tiempo de Jesús era que los discípulos buscasen a un maestro por su sabiduría, por su elocuencia, sus discursos, es decir, por lo que enseñaba. Se podría decir que importaba más la enseñanza que la vida del maestro.
    En este caso los discípulos no preguntan por la enseñanza de Jesús, no se cuestionan si era sabio o no, si decía bonitos discursos, no. La pregunta que le hacen es “¿dónde vives?”. Es decir, ¿cómo es tu vida? ¿es una vida atrayente o no? Por el evangelio de Mateo podemos decir que Jesús era un predicador itinerante, que no se ataba a ninguna ciudad, aunque tenía predilección por Cafarnaún.
    A estos discípulos les atrae Jesús por el dónde vive. Dice el evangelio que “vieron donde vivía y se quedaron con él aquel día”. La vida que Jesús les presenta es la que les atrae, les convence y les lleva a seguirle. Después los discípulos continuarán con El al conocer su mensaje, pero lo que les lleva a seguirle desde el principio es su vida.
    Igual que un estilo de vida atrae a personas, otro estilo de vida repele fácilmente. Hoy más que nunca en la transmisión del mensaje de Jesús cuenta mucho el estilo de vida de quienes transmitimos ese mensaje. Pensad si no en las críticas que suscitan el estilo de vida de algunas personas de iglesia. Puede suceder que el mensaje se vea obstaculizado por el estilo de vida que ofrecemos. Una vida sencilla, transparente, cercana a la realidad que viven muchas personas favorece la transmisión del mensaje de Jesús
    Vida y mensaje van unidos. A veces se comenta lo difícil que resulta hoy hablar de Jesús, de la fe en El, de cómo la gente no oye la voz dela Iglesia. Nospreguntamos ¿por qué? ¿No será porque nuestro estilo de vida no está de acuerdo con el mensaje que transmitimos? ¿No será que hablamos de doctrinas y de normas desde una postura de seguridad en lo material y en lo espiritual que poco tienen que ver con la manera de vivir de Jesús? ¿No estamos un poco anquilosados y no somos atrayentes como Jesús?
    Aún así hoy hay personas que convencen a otros más por su estilo de vida que por su mensaje. Enla Iglesiatambién las hay. Esas personas, posiblemente sin quererlo ellas, están diciéndonos que hay algo en nuestras vidas que tiene que cambiar si queremos que otros acepten y sigan a Jesús. Tenemos que convencernos que seguir a Jesús no es tanto conocer su doctrina cuanto tratar de imitarle en sus actitudes para con los demás. Actitudes de amor, de perdón, de paz, de justicia, de acogida. Eso fue lo que atrajo a los discípulos a quedarse con él aquel día. Eso seguirá siendo lo que atraiga a otros a seguir a Jesús, hoy. Un estilo de vida de menos palabras y más vida entregada.
    14 min
  • Bautismo del Señor: Llamados a ser testigos en el mundo
    El Evangelio nos presenta a Jesús, en las aguas del río Jordán, en el centro de una maravillosa revelación divina. Escribe san Lucas: «Cuando todo el pueblo era bautizado, también Jesús fue bautizado; y mientras oraba, se abrieron los cielos, bajó el Espíritu Santo sobre él con apariencia corporal semejante a una paloma y vino una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco”» (Lc 3, 21-22). De este modo Jesús es consagrado y manifestado por el Padre como el Mesías salvador y liberador. En este evento —testificado por los cuatro Evangelios— tuvo lugar el pasaje del bautismo de Juan Bautista, basado en el símbolo del agua, al Bautismo de Jesús «en el Espíritu Santo y fuego». De hecho, el Espíritu Santo en el Bautismo cristiano es el artífice principal: es Él quien quema y destruye el pecado original, restituyendo al bautizado la belleza de la gracia divina; es Él quien nos libera del dominio de las tinieblas, es decir, del pecado y nos traslada al reino de la luz, es decir, del amor, de la verdad y de la paz: este es el reino de la luz. ¡Pensemos a qué dignidad nos eleva el Bautismo! «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (1 Jn 3, 1), exclama el apóstol Juan. Tal estupenda realidad de ser hijos de Dios comporta la responsabilidad de seguir a Jesús, el Siervo obediente, y reproducir en nosotros mismos sus rasgos, es decir: es decir, mansedumbre, humildad y ternura. Sin embargo, esto no es fácil, especialmente si entorno a nosotros hay mucha intolerancia, soberbia, dureza. ¡Pero con la fuerza que nos llega del Espíritu Santo es posible! El Espíritu Santo, recibido por primera vez el día de nuestro Bautismo, nos abre el corazón a la Verdad, a toda la Verdad. El Espíritu empuja nuestra vida hacia el camino laborioso pero feliz de la caridad y de la solidaridad hacia nuestros hermanos. El Espíritu nos dona la ternura del perdón divino y nos impregna con la fuerza invencible de la misericordia del Padre. No olvidemos que el Espíritu Santo es una presencia viva y vivificante en quien lo acoge, reza con nosotros y nos llena de alegría espiritual.
    Hoy, fiesta del Bautismo de Jesús, pensemos en el día de nuestro Bautismo. Todos nosotros hemos sido bautizados, agradezcamos este don. Y os hago una pregunta: ¿Quién de vosotros conoce la fecha de su Bautismo? Seguramente no todos. Por eso, os invito a ir a buscar la fecha preguntando por ejemplo a vuestros padres, a vuestros abuelos, a vuestros padrinos, o yendo a la parroquia. Es muy importante conocerla porque es una fecha para festejar: es la fecha de nuestro renacimiento como hijos de Dios. Por eso, los deberes para esta semana: ir a buscar la fecha de mi Bautismo. Festejar este día significa reafirmar nuestra adhesión a Jesús, con el compromiso de vivir como cristianos, miembros de la Iglesia y de una humanidad nueva, en la cual todos somos hermanos. Que la Virgen María, primera discípula de su Hijo Jesús, nos ayude a vivir con alegría y fervor apostólico nuestro Bautismo, acogiendo cada día el don del Espíritu Santo, que nos hace hijos de Dios.
    13 min

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