El nacimiento de un niño es siempre sinónimo de alegría, dicha, felicidad. Es, también, mérito para quienes lo traen finalmente al mundo, y aquí cuidan de él; gente de bata blanca o verde; gente con rostros que no se olvidan, con nombres que se quedan para siempre.
Hace dos años, cuando mi Kaleb nació, durante 16 días me repetían una y otra vez la misma frase: “nada hay más importante que un niño”. Fue ese el único aliciente mientras mi pequeño evolucionaba de una sepsia en la sala de Neonatología, del Hospital Pediátrico Eduardo Agramonte Piña, de Camagüey.