De las anécdotas sobre mi abuelo, la que más se me ha quedado impregnada, es la de aquel niño que antes de 1959 vendía limones en las terminales para ayudar a la familia, pero cuando triunfó la Revolución, e hicieron falta jóvenes para alfabetizar, partió a las más remotas comunidades para enseñar a leer y a escribir. Aunque desde hace muchísimos años ya no lo tengo conmigo, el orgullo de saberlo allí, educando por convicción, me sigue llenando de orgullo.